Hombre clave de la burocracia nazi, desplegó una energía sin igual para ejecutar las operaciones de transporte de millones de personas a los campos de la muerte en Europa.

 16 mayo, 2015
Página Negra Adolf Eichman: El ángel exterminador
Página Negra Adolf Eichman: El ángel exterminador

A dos minutos del amanecer la portezuela bajo sus pies se abrió. Una fuerza lo jaló y lo suspendió en el vacío. ¡Hasta el diablo se asustó cuando lo vio llegar !

El cadáver desnudo se bamboleaba como el péndulo de un reloj sin cuerda. La cara blanca. Los ojos desorbitados. La lengua, colgada y con un poquito de sangre.

En su defensa alegó que no fue un monstruo, apenas era un oficial que obedeció órdenes superiores y organizó itinerarios de tren. Solo que cada vagón transportaba seres humanos a cientos de campos de concentración, para ser rociados con gas y exterminados como a una plaga bíblica.

Jamás mató a uno de ellos con sus manos, ni siquiera los conocía, eran apenas una estadística en el plan nazi para depurar al mundo –de una vez por todas– de cuanta criatura inferior infestaba el planeta.

Otto Adolf Eichman industrializó el genocidio. El proceso iniciaba con la captura de la víctima por la Gestapo; todos los datos personales de esta eran incorporados a una base informática con el viejo sistema de tarjetas perforadas; después se le asignaba un campo de destino según sus características, ya fuera para exterminarlo, usarlo para experimentos científicos o emplearlo como mano de obra esclava en reconocidas empresas alemanas.

El campo de concentración era una planta procesadora de personas donde cada prisionero estaba identificado por colores: amarillo, judío; marrón, gitano; violeta, Testigo de Jehová; Rosa, homosexual; verde, delincuente común; rojo, prisionero político; azul, emigrante; negro, asocial.

Adolf Eichmann fue sometido a juicio en Israel, en 1961, de acuerdo con la “Ley de enjuiciamiento de los nazis y sus colaboradores”. Declaró desde una cabina de cristal a prueba de balas. Fue condenado a muerte. Archivo
Adolf Eichmann fue sometido a juicio en Israel, en 1961, de acuerdo con la “Ley de enjuiciamiento de los nazis y sus colaboradores”. Declaró desde una cabina de cristal a prueba de balas. Fue condenado a muerte. Archivo

Esta última abarcaba muchos tipos: prostitutas, vagos, asesinos, ladrones, lesbianas, infractores de las leyes raciales y todo aquel que no calificaba en ninguna de las anteriores.

Cuando el ejército rojo liberó el campo de concentración de Auschwitz, en enero de 1945, descubrieron cientos de miles de trajes de hombre, más de 800 mil vestidos de mujer y unas 14 mil libras de cabello humano, listo para ser procesado y rellenar con ese “material” almohadas y colchones.

Antes de mostrar sus talentos al frente de la Solución Final –vasto proyecto nazi para matar a 30 millones de personas– Eichman era un pobre diablo, inculto, tonto, que fracasó en todo lo que emprendió, pero encontró en el nazismo un puesto para demostrar su perruna fidelidad y ejecutar con frialdad y precisión las órdenes de su dios: Adolfo Hitler.

Fue un burócrata al frente de la Oficina de Asuntos Judíos, dependiente de la Oficina IV de la Central de Seguridad del Reich, que se hizo famosa como la Gestapo, al mando de Heinrich Müller, que nunca rindió cuentas a la justicia.

La buena fortuna no favoreció a Eichman, ya que como solo actuaba si recibía órdenes, una vez rota la cadena de mando por la derrota alemana no sabía qué hacer y terminó en un campo de prisioneros.

Deber cumplido

De perlas quedó el refrán: Dios los cría y el diablo los junta, puesto que los dos Adolfos fueron compañeritos de pupitre en la secundaria de Linz. Eichman conoció a Hitler en el colegio, pero el primero siguió su formación técnica en mecánica y el otro andaba más preocupado por gastar la herencia paterna en paparruchadas.

La madre, María, murió cuando Adolf era un niño y el padre, Karl, se volvió a casar, pero faltó el cariño maternal para los cinco hermanos. En su juventud conoció a Salomón, un judío que lo acogió en su hogar donde le dieron afecto, unión y una vida familiar. Con ellos aprendió el yidish, una derivación de la lengua judaica que data de la Edad Media.

Como Eichman nació en Solingen –Alemania– en 1906 y se trasladó a Linz –en Austria– tenía el estatus de extranjero y le costó conseguir un empleo; fue gracias a los contactos del padre que logró una plaza en la filial del partido nazi en ese país.

Al cumplir 26 años se incorporó a las tropas de élite –las SS– y una vez que Hitler, su antiguo camarada de estudios, alcanzó el poder en Alemania ascendió con rapidez y llegó a ser teniente coronel.

Un par de años después se casó con Veronika Liebl y tuvo cinco hermosos hijos: Klaus, Horst, Dieter, Ricardo y Nicolás; este sería el causante de su desgracia, por bocón y presumido.

Su devoción por el cumplimiento del deber le granjeó la estima de Heinrich Himmler, quien le encargó la deportación y asesinato masivo de millones de personas, según los términos acordados en la Conferencia de Wansee, el 20 de enero de 1942, para solucionar el “Problema Judío”.

El campo de concentración de Buchenwald fue uno de los más grandes en territorio alemán. Eichman despachó cientos de miles de prisioneros judíos a este y otros campos. Archivo
El campo de concentración de Buchenwald fue uno de los más grandes en territorio alemán. Eichman despachó cientos de miles de prisioneros judíos a este y otros campos. Archivo

Aunque Eichman nunca aceptó ser un antisemita, los mismos nazis intentaron suavizar el celo con que cumplía las órdenes de exterminio; en los días finales de la Segunda Guerra el mismo Himmler quiso acabar con el genocidio, pero Adolf siguió con su labor para cumplir con las cuotas establecidas.

Integró un equipo de profesionales plenamente identificados con su trabajo, las metas a cumplir y el objetivo de las operaciones, todo dentro de los más elevados estándares de productividad, eficiencia, eficacia y al menor costo.

Su despacho llegó a determinar que era más rentable asfixiar con gas a las víctimas, que pegarles un tiro en la nuca, pues el verdugo podía fallar y había que gastar otra bala y eso disparaba el presupuesto. ¡ Y la Magdalena no estaba para tafetanes!

Esa actitud del acusado la sintetizó Hannah Arendt en la expresión “la banalidad del mal”, un comportamiento humano que no entraña un pozo de maldad, ni odio, ni nada, solo el deseo de cumplir las órdenes sin importar las consecuencias de esos actos.

Si bien ella nunca negó el Holocausto, como el historiador David Irving quien afirma que tales hechos fueron exagerados, es difícil de explicar por qué alguien envió –a campos de concentración– trenes y trenes repletos de prisioneros, como si fueran de vacaciones a Disneylandia.

La calle Garibaldi

Las tropas yanquis que capturaron a Eichman no sabían el pez gordo que tenían, así que lo enviaron a un campo de prisioneros y de ahí escapó con pasmosa facilidad.

El nazi se instaló en un pueblito de la zona de ocupación inglesa en Alemania, donde se dedicó a criar pollos y partir leña.

En 1950 llegó con las “completas” a Italia y ahí una red de apoyo a criminales de guerra le consiguió un pasaporte, con el nombre de Ricardo Klement, y zarpó a la Argentina; país que según los expertos acogió entre cinco y 20 mil exnazis.

La vida en Buenos Aires fue muy dura para el exdirigente del Reich; consiguió empleo en la Compañía Alemana para Recién Inmigrados, que era una fachada para proteger a los evadidos.

Eichman tenía cédula de residencia, trabajaba con antiguos amigos nazis y gozaba de la protección del gobierno, por lo que en 1952 trajo a su familia de Alemania y alquiló una casa. ¡No hay lugar como el hogar!

Pero, todo comenzó a salir mal. Montó una lavandería, abrió una tienda de ropa, intentó con una empresa de transportes, vendió jugos de frutas, crió conejos y fracasó. Solo halló consuelo en los hombros de sus amigotes: Josef Mengele, famoso por experimentar con niños gemelos; Otto Skorseny, héroe de guerra que rescató a Benito Mussolini, y Rudolf Mildner, jefe de Auschwitz y experto torturador.

Vida nueva, otra identidad, lo pasado pasado. Pero nadie escapa a sus demonios. Una tontería lo delató.

Con tal de ganarse una extra dictó sus memorias al holandés Willem Sassen, pero la editorial se negó a comprar el documento porque el autor no quería dar su nombre.

Así rodó de “camarón en camarón”. Mengele lo colocó en una fábrica de aire acondicionado y tiempo después encontró un puesto en la empresa Mercedes Benz, último trabajo reconocido antes de ser identificado y detenido por un comando de agentes del Mossad –la agencia de seguridad israelí– que le echó el guante y se lo llevó a Jerusalen donde lo juzgaron.

Vida nueva, otra identidad, lo pasado pasado. Pero nadie escapa a sus demonios. Una tontería lo delató. Su hijo Nicolás comentó a su novia que “habría sido bueno que los nazis hubiesen terminado su trabajo en Europa”.

La joven le dijo a su padre, un judío ciego; este lo denunció ante el Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Walter Eytan , quien se comunicó con Isser Harel –director del Mossad–.

Una célula de más de 30 agentes secretos se trasladó a Buenos Aires, identificó a Eichman, lo siguió y el 11 de mayo de 1960 lo detuvo a pocas cuadras de su casa en la calle Garibaldi.

Lo sacaron disfrazado como mecánico de una aerolínea; el juicio en Jerusalen atrajo la atención del mundo y fue transmitido por todos los medios de comunicación.

Tras ocho meses de debates, y en trece minutos, el 30 de mayo de 1960 el juez lo declaró culpable y lo condenó a la horca. Su cuerpo fue cremado y las cenizas lanzadas al Mar Rojo, el mismo que se abrió para que los judíos cruzaran a la Tierra Prometida.