Es uno de los 100 mejores futbolistas de Costa Rica de todos los tiempos; nunca dejó a nadie indiferente cuando jugó. Dice que todavía futbolista, pero que ahora aporta desde un set

Por: Arnoldo Rivera J. 14 noviembre, 2015
Melissa Fernández
Melissa Fernández

En el principio, fue el fútbol. Hablamos de un chiquillo de dos años que despedazaba un muro con una pelota, de tanto darle una y otra y otra vez. “Tenía un abuelo muy bueno, que me regala una bola todos los años”.

Aprendió a leer muy temprano y a los 6 años ya era devoto de la afamada revista El Gráfico de Argentina, una especie de biblia para los futboleros.

Entonces, llegó el fútbol. Este le enseñó que le podía dejar algo: en la Escuela República de Argentina pagaban a ¢3 el gol.

“Metía tres goles todos los sábados y esa plata la gastaba en copos y en ir al cine. Esa plata la repartía entre todos”, cuenta el hijo de Zulay.

Desde siempre, es el fútbol. Asegura que conserva a más del 50% de los amigos con los que mejengueaba. También, tiene la corbata que le dieron la primera vez que lo convocaron a la Sele (llegó con ella a la sesión de fotos).

En junio cumplió 63 años y el deporte que apasiona a millones de personas en el mundo le sigue moviendo las fibras.

Ya no lo juega porque nadie lo contrata –dice con esa sonrisa que se le sale a cada nada–, pero hace la jugada de pared: “El cerebro sigue intacto”.

Hace años, fue el fútbol. Ejecutaba sus pensamientos futboleros con una precisión y maestría tales que es considerado uno de los 100 mejores futbolistas de la historia en Costa Rica.

La mención la avala la Comisión de Historia y Estadística de la Unión de Clubes de Fútbol de la Primera División (Unafut).

Ahí está el fútbol. A los 63 años, José Manuel Rojas Ramírez continúa como aquel carajillo que pegaba la bola que le regaló el abuelo una y otra y vez contra la pared. Para Chinimba Rojas, no podía ser de otra manera.

Hoy es comentarista en Zona Técnica, programa que se transmite los domingos a las 10 a. m. por Teletica canal 7.

Pantalla chica. “El señor llegó a la tele con voz enérgica, de acento un poco grosero, casi prepotente, que fue cultivada a suerte de ruleta rusa, donde ahora se siente libre de toda pose”, escribió en este diario el crítico de televisión José Mairena, en noviembre del 2010, acerca del desempeño de Rojas, entonces en Deportivas del 13.

“Canal 13 me sacó del anonimato”, comentó Chinimba, quien también es profesor en la UNED, donde tiene a cargo alumnos con discapacidades físicas, sensoriales o mentales.

No obstante, la primera oportunidad en la televisión se la dio el desaparecido Esteban Gil Girón en un programa que tenía en canal 4, cuando este quedaba aún en San Francisco de Calle Blancos y no era parte de Repretel.

Salió del 13, porque la sonrisa –especialidad de la casa– le jugó una mala pasada.

“Berny (Ulloa, el exárbitro) hizo una crítica al presidente de la Federación, Eduardo Li, y a mí me dio risa. Yo soy risueño.

A renglón seguido, Rojas cuenta que del ente federativo –patrocinador del espacio– llamaron para quejarse...

Al domingo siguiente, Ulloa y el exvolante de Barrio México, Saprissa y Limón (en Costa Rica) y Galicia (Venezuela) no aparecieron más en el programa.

Chinimba no puede dejar de ser Chinimba y, de inmediato, sale jugando: “La verdad, ese programa lo ponían para vernos a Berny y a mí”.

Fue Víctor el Macho Acuña el que lo “marcó” para que siguiera en la televisión al incorporarlo a Zona Técnica.

“Él me dijo: ‘Venga, pero no se alinee’. El día que me digan qué tengo que decir algo ese es el último”, sentenció con ese tono de voz que reconoce dominante.

“Hay alzadas de voz, hay pasión. A mí me avisan el viernes del tema y vea a ver qué hace; no hay guion”, agregó.

Una de esas alzadas de voz sucedió en julio, cuando Everardo Herrera y Paulo César Wanchope –director técnico de la Selección por esos días– tuvieron un encontronazo.

“Everardo no supo hacer la pregunta. Le está diciendo que hace la de los políticos, diay lo trató de mentiroso. Hay que tener cuidado al preguntar y hay que ser muy claro para no agarrar un color de que ‘te tengo vigiado’”.

En juego. Se define como parlanchín y rajón. “Me gusta mucho: yo dije que era el mejor y todo el mundo”, asegura, con esa sonrisa que siempre aparece.

Lo supo y lo sabe: cuando era jugador, lo amaban o lo odiaban.

“Yo me di el lujo de llenar estadios, más cuando jugaba con Saprissa. Llegaban para joderme. Por eso yo tuve juegos perfectos: ni un solo pase malo, porque sabía que con uno solo que hiciera, me chiflaban. Entonces, solo lo podían hacer cuando entraba y cuando salía”.

Cuenta que cuando ve canas en quienes lo saludan, sabe que es porque lo vieron jugar. Hay otros que lo reconocen de ahora que está en la tele.

“Pasan cosas vacilonas. Una vez un muchacho me dijo: ‘Yo pensé que usted era chiquitillo, pero es un bichote: con razón es tan matón”.

Dice que es dominante, pero porque siempre tiene un sustento para su punto de vista; entonces, lo defiende.

Para ello, recuerda el consejo que le dijo Peluca, el recordado masajista de Barrio México, cada vez que emite una opinión: “El corazón e hígado hay que echárselos al gato. Las decisiones se toman con la cabeza”

Siente que hoy la gente aprecia su estilo al comentar.

“Me aceptan como soy; tal vez porque yo no me alineo por vara, la gente lo ve. Yo ando a pie, en bus, en taxi. Los chanceros son mi fuente de percepción; voy al parque Central a ‘chanearme’ los zapatos; voy a los mercados, porque el fútbol es de lo mercados”.

Se dice risueño y rajón; mas agrega que es de carácter fuerte. Solo él se pudo desmentir a sí mismo. O más bien, la vida

En 1988, la desaparecida revista Triunfo lo entrevistó cuando estaba preso en la cárcel La Reforma. Ahí, él se declaró una especie de muerto viviente, sin oportunidad alguna.

Casi 30 años después, la misma vida le dio un mentís. “No tengo ningún problema en hablar de ello, pero es una etapa superada, ya que tuvo un final feliz: recibí una absolutoria total, que nunca se publicitó”, dijo serio.

La sonrisa vuelve: “La vida me desmintió, en parte por mi carácter: a mí nadie me vuelca”.

Quiere hacer radio y dedicarse a escribir (“cuando esté quieto”). A los 63 años (“son muchos, ¿verdad’”), sabe perfectamente quién es él en este mundo: “Soy el hijo de Zulay”.