Es el diseñador de moda y todas mueren por lucir un par de sus creaciones; con más de 30 años de estar en la industria del calzado ha cimentado un nombre que se distingue por la clase, la calidad y la elegancia.

 5 julio, 2014
Imagen sin titulo - GN
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E s el heredero de un oficio milenario que, sin ser el más antiguo del mundo, es uno de los más nobles: la zapatería.

Un día de tantos, cuando no era quien hoy es, en su alma inquieta retumbó aquella frase de Apeles “Zapatero a tus zapatos” y, con muchas ganas, pero sin un dracma, levantó un negocio y forjó un nombre, que le calzó perfecto: Daniel del Barco.

¡Y este! ¿De dónde salió?, inquieren los más remisos. Aunque ya va para tres décadas de andar en la industria del calzado, es de un tiempo para acá que del Barco es sinónimo de clase, calidad y prestancia.

Como suele ocurrir con los predestinados, Daniel hizo todo lo que pudo para evadir su hado; quiso ser arquitecto, después ingeniero civil y quedó a un tris de ser abogado, para terminar en lo impensable: vendedor de zapatos femeninos.

Eran los años 80, había tenido una niñez y una adolescencia de manual, pero en su interior una larva luchaba para convertirse en crisálida.

Ciertas circunstancias familiares y su “chocolomanía” lo llevaron a ganarse la vida en un oficio que, para los más encumbrados, parecía discordante con el señorío de los bufetes y las togas.

De taller en taller, entre cueros, hormas, lijas, tachuelas, punteras, cuchillas y pegamentos captó la esencia de un objeto de culto, venerado por las mujeres, que además de cómodas las hace sentirse bien.

Las borrascas económicas lo revolcaron varias veces, pero como Dios protege al inocente, aunque trastabilló nunca cayó de bruces; comenzó sobre un planché forrado en latas y hoy es –aparte de industrial de la zapatería– el árbitro de la moda en ese sector.

Ayer fue el día de sembrar, hoy, de cosechar. Premiado por su industriosidad, en Costa Rica los zapatos del Barco dejan huella: medio centenar de empleados dan forma a los diseños que concibe Daniel, quien muy pronto lanzará su línea para hombres y no descarta incursionar en otros territorios comerciales.

Ya se acostumbró a perder el anonimato. “Un viernes en la tarde me chocaron, llegó el inspector del INS con cara de me quiero ir, me pidió la licencia y cuando leyó mi nombre le cambió el rostro y me dijo: ¿Daniel del Barco?, ¡Mi mujer lo ama!”.

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Si bien Daniel del Barco es una cara conocida en los eventos “chic” y sus creaciones las lucen y envidian unas y otras, aún conserva la ingenuidad del hombre bueno y las maneras sencillas de un artista.

Las cosas de la vida. Hace años Daniel se fue a Jaén, a la tierra de sus ancestros españoles, y rastreando su árbol genealógico descubrió que su bisabuelo paterno había sido… ¡zapatero!

¿Abogado o zapatero?

No me gustan las etiquetas ni los sellos; a la prensa le llamó la atención esa relación. Hay cierto morbo al ver un abogado metido a zapatero, es la contraposición entre el de arriba y el de abajo; el zapatero humillado, renegado, desterrado en los barrios del sur.

¿Usted era un niño bien?

No puedo quejarme; papá hizo milagros, maravillas, alquimias y para ser honesto llevé una adolescencia plena, abundante y próspera. Desde niño viajé fuera del país, tuve los mejores juguetes y vestidos. Nada me faltó.

¿Quién era su padre?

Daniel del Barco Moiso fue hijo de Wenceslao del Barco y Peramo, un español de Jaén que vino a Costa Rica a principios del siglo XX como parte de un grupo de maestros, aunque era contador. Papá fue un abogado bastante conocido; veterano de la Guerra Civil del 48 y amigo de importantes políticos costarricenses.

¿Cómo lo recuerda?

Tenía una gran facilidad para relacionarse con las personas. A la casa solían llegar figuras públicas para almorzar con papá; él era un sibarita, un bohemio, siempre vivió al día y era muy dadivoso. Con su ejemplo aprendí lo malo y lo bueno. Cariñoso, sensible al dolor ajeno, poseía el don de ser feliz.

¿Y su madre?

Doña Amalia. ¡Qué mujer tan extraordinaria! A sus 84 años está como un Toyota, pero nadie se imagina las que pasó. De jovencita quedó huerfanita y tuvo que criar a una marimba de cinco hermanos. A los 17 años se fue a Estados Unidos; ahí trabajó en la tienda Neiman Marcus – la preferida de la aristocracia gringa– y llegó a ser la jefa del departamento de monogramas. Por esos días los ricos grababan sus iniciales en la ropa, las sábanas, los pañuelos, era una cuestión de clase.

¿De qué manera se conocieron?

Mamá vino a vacacionar a San José donde una amiga; la casa tenía dos plantas y un día que subía las gradas se cruzó con un hombre todo guapo que le dijo: “Ay negrita, que lindo saldría un hijo suyo y mío”. Papá era un atrevido. Resulta que en la noche le ofrecieron a mamá una fiesta de bienvenida y ahí le presentaron al don Juan de la escalera. Se enamoró y renunció al trabajo; dejó al novio y un mes después regresó a Costa Rica para casarse y aquí estoy.

Hommmmbre…¿Por eso es usted tan particular?

Soy el producto de dos elementos extraordinarios, con orígenes disímiles. En casa de mi padre se vivía al estilo europeo, las maneras, las comidas, el ambiente. Por otro lado mamá venía de un hogar humilde del Carmen de Cartago. Esas diferencias se complementaron y me dieron el equilibrio de dos mundos.

¿Y siempre fue así… tan inquieto?

Mamá me contó que desde que estaba de brazos tenía unas particulares dotes de observación; podía distinguir los cambios y bueno… pequeñito mostré una gran sensibilidad por las formas y con el tiempo me enfoqué en el diseño arquitectónico. En los viajes que hice a México o a Estados Unidos me atraían las estructuras y por eso quise estudiar arquitectura.

¿Qué pensaron sus padres?

A papi casi le da un infarto porque la Universidad de Costa Rica tenía fama de locos y las privadas eran muy caras, así que comencé por ingeniería civil gracias a mi excelente promedio de ingreso.

¿No que es abogado?

Al principio matriculé todas esas materias horribles de ingeniería; nunca me gustaron y salí literalmente en carrera, dejé todo botado. Quedé al garete y entré a estudiar derecho no se por qué, tal vez por herencia de mi padre pero tampoco me sentía bien. Por esos días él se puso grave y decidí buscar un trabajo para ayudar a mi familia.

¿Así entró al negocio de los zapatos?

Como soy un adicto a los chocolates pensé que esa era una buena oportunidad, pero cuando le conté la idea a la mamá de un amigo ella me orientó, y más bien nos pidió incursionar en la compra y venta de calzado femenino.

¿Sabía algo de eso?

Ni papa. Era un culicagado que vivió en una burbuja y de pronto salió a recorrer los Hatillo, Sagrada Familia, Colonia Kennedy y los barrios del sur; aprendí un lenguaje nuevo y traté con personas distintas, leales y muy trabajadoras.

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¿Qué conocía de ventas?

Siempre fui un comerciante nato. Mamá me mandaba la merienda a la escuela y volvía con dos colones en la bolsa, porque vendía los ‘sánguches’; con ese dinero compraba chocolates suizos y los revendía.

¿Alguien le ayudó?

Papá me prestó 15 mil colones y me compró un carrito nuevo, de agencia. Así recorrí los talleres para comprar mercadería y colocarla en las tiendas josefinas. Me iba muy bien, la plata llegaba pero así se iba. Era joven y desperdiciado.

¿Le fue mal?

Estuve a punto de quebrar. Me organicé y en el patio de una casa en Colonia Kennedy chorré un planché, lo forré con latas de zinc recicladas y en dos metros cuadrados monté un taller con dos operarios. Ahora tengo una planta de 700 metros y 50 colaboradores.

¿Cómo se llevaba con ellos?

Nunca desprecié a nadie, seleccioné a los mejores. Eran personas que compartían una circunstancia diferente a la mía. Los veía como gente esforzada y conocí la pobreza extrema, a los niños con la pancita llena de lombrices y eso me sirvió para modelar mi empresa y también para evitar que otros abusaran de mí.

¿Dejó tirada la abogacía?

Iba a la U en la mañana, llegaba a la casa al mediodía, comía algo, salía a la carrera con el maletín, las facturas y las muestras; así de lunes a sábado y el fin de semana hacía tareas y estudiaba. Nunca perdí un examen ni fui a extraordinarios. La juventud actual no quiere esforzarse, solo hacen el menor esfuerzo y buscan el mayor beneficio.

¿Qué lo hacía diferente?

Soy muy exigente; solo busco la calidad, la excelencia. Cuando un zapato no me gustaba le hacía cambios, le quitaba y le ponía; sin saberlo estaba diseñando de manera natural; es algo más grande que yo, es una pasión que me brota por los poros. Decidí dedicarme por entero a los zapatos y por eso hoy me siento contento y satisfecho.

¿Y que lo llevó a la farándula?

Cuando recibimos el premio al Esfuerzo Exportador, en el 2010, nuestra empresa llamó la atención por su origen, porque creció como la espuma y está dirigida por un abogado diseñador de zapatos. Me llevaron a la televisión y comencé a cobrar importancia.

¿Así lo quería?

Nunca hice nada para que me reconocieran; se dio de rebote; la fama me salió de frente y me topó. Una colaboradora me advirtió que debía evitar enojarme, porque ahora era una figura pública.

“Nunca hice nada para que me reconocieran o ser famoso; se dio de rebote; la fama me salió de frente y me topó”

¿Tiene mal genio?

Soy explosivo, me costaba dominar el carácter pero aprendí a dosificarme y entendí que se podía llegar a la meta sin tanto sufrimiento.

¿Cuánto padeció?

Sufrí mucho; el dolor venía de la impotencia ante un mercado ingrato, injusto. Otras veces era por la imposibilidad de lograr los objetivos en la forma y en el tiempo en que me los proponía. Pero hubo momentos en que debí aceptar y entender que en la vida nada es absoluto; que las cosas valen por lo que son y no por lo que duran.

¿Alguna vez le quedaron grandes los zapatos?

Allá por lo años 90 ocurrió un tsunami de importaciones de zapatos chinos, bonitos, baratos y de baja calidad, pero se vendían más; casi nos sacan del mercado y nos quiebran. Reuní a mis 12 colaboradores, les expliqué la situación tan crítica y todos ellos –en un acto heroico– decidieron echar pa’adelante, sin cobrar horas extra, trabajando más. Fuimos a ver vitrinas a los centros comerciales para innovar el producto y ofrecer un valor agregado en diseño capaz de competir sin perder calidad.

¿Cómo lo impactó patrocinar a Miss Costa Rica?

Cuando la señorita Costa Rica se ubicó entre las diez más lindas del mundo y llevaba mis zapatos sentí algo muy rico, me di cuenta de que todos los sacrificios, los aguaceros y las locuras de aquel muchachillo –metido a vendedor– valieron la pena.

¿Lo empezaron a percibir distinto?

Comienzan a llamarme diseñador de calzado; al principio no me gustaba porque yo no estudié diseño y sentí que usurpaba el campo de otros que se lo merecían más; pero reconozco que uno puede tener eso innato.

¿Cómo elabora sus diseños?

Todos los años me invitan a una feria en Italia que se llama Lineapelle, que es como el cónclave de los diseñadores de calzado a escala mundial; ahí vemos las tendencia para la primavera o el otoño del año siguiente. Es la feria más importante del mundo. Pero también recorro el mundo viendo vitrinas, observando a las mujeres y tomando nota mental de lo que ellas desean.

¿Es un pata caliente?

Una de mis pasiones es viajar, necesito moverme, explorar, averiguar, saber qué está pasando; quiero estar en primera línea y que nadie me lo cuente.

¿Sus productos son muy caros?

Lo que hago está a disposición de las mujeres que tengan sensibilidad para captar la esencia, el buen gusto; nuestro producto tiene un precio intermedio; no es ni el más barato ni el más caro. Del Barco es una marca para un estrato medio que garantiza a las usuarias experimentar la pasión por la moda y el diseño sin pagar caprichos. Es más, estamos por lanzar una marca dirigida a un segmento más elitista y de mayor capacidad adquisitiva.

¿Quiénes prueban sus creaciones?

Hacemos eventos de preventa; realizamos una exhibición a escala nacional e invitamos a compradores y los que deciden. Exponemos la nueva colección y cuando estoy ahí las clientas exclaman: ¡Vea esto! ¡Ya vio aquello! Y ese es el mejor examen que uno puede pasar.

¿Algo más que diseñar zapatos?

Varias cosas, tanto personales como empresariales. Deseo crear mi espacio comercial en el cual pueda recibir a mis clientes, algo así como una boutique de calzado que sea algo más que comprar. Deseo crear una fundación para que los niños abandonados puedan descubrir su vocación y ser lo que a ellos les gusta.

“Era un culicagado que vivió en una burbuja y de pronto salí a recorrer los Hatillos, Sagrada Familia, Colonia Kennedy y los barrios del Sur”

¿Se da sus escapaditas?

Me permito espacios para equilibrarme y sentirme vivo; no soy un trabajólico, disfruto con mi familia, mis amigos, amo la cocina, el buen vino, tengo una especial inclinación por conocer lugares, entre más recónditos y diferentes mejor. La vida me dio la oportunidad de darle varias veces la vuelta al mundo.

¿Tiene enemigos?

Soy duro, pero no malo. Soy muy exigente en el trato y conmigo mismo. Aborrezco la mentira, la traición, la hipocresía. Me seduce y apasiona la inteligencia, el sentido común, la honestidad, la transparencia y esos valores tan olvidados.