Fue el cómico más serio del cine mudo y produjo joyas fílmicas invaluables; pasó una niñez a punta de maltratos y forjó un personaje impasible y eterno.

 3 agosto, 2014

La filmación se detenía hasta que él gritara ¡corten! o cayera muerto. Bajo el ala del sombrero ocultaba sus enormes ojos y su rostro impasible.

Nunca utilizó un doble para las escenas de acción más peligrosas del cine, y se mantuvo impávido en las situaciones más cómicas y en las más dramáticas.

Literalmente forjó su carrera actoral a punta de patadas, moquetes, coscorrones, fracturas y conmociones. Desde la más tierna infancia parecía que Joseph Francis Keaton VI había nacido para ser un “punching-ball”.

Fue el mago Harry Houdini quien le endilgó el apodo que lo lanzó al estrellato. Los padres de Keaton compartían tablas en un vodevil con el taumaturgo; un día este vio caer al niño, de apenas seis meses de edad, desde el tope de una escalera y aterrizar en el piso sin un rasguño y sin gritar. Sorprendido gritó: ¡buster!, algo así como destructor. Desde ahí lo llamaron “Buster Keaton”.

Jamás sonrió ante el lente, pero detrás de aquella cara de piedra vivió un hombre amable y decidido, que legó a la posteridad algunas de las películas más extraordinarias del cine mudo: Las tres edades , La ley de la hospitalidad , El navegante , El moderno Sherlock Holmes o la impresionante de todas El maquinista de la General .

Sobre este filme, de las 11 críticas de prensa escritas en la época solo una la consideró la obra de un genio; el resto de jíbaros periodísticos la hundió con sus plumas envenenadas, al punto de que Buster no volvió a dirigir y cayó en la ruina.

Keaton era un megalómano y nunca reparó en gastos para lograr el máximo realismo; por eso filmó la escena más cara de la historia del cine al despeñar una locomotora –de casi $2 millones actuales– desde un puente en llamas al fondo del río Row, en Oregón, donde yació 20 años hasta que la sacaron para venderla como chatarra en la Segunda Guerra Mundial.

El amorío de Buster con el naciente celuloide comenzó de la mano de la persona menos indicada: Roscoe Arbuckle, para más señas el gordo o “Fatty”, futuro protagonista del primer escándalo sexual mediático de la tierra de los sueños.

Por “Fatty” dejó el teatro y la calle; pasó a los Colony Studios para ganar $42 semanales y filmar la primera de una serie de comedias mudas con Roscoe como prima donna, se trataba de Fatty asesino , de 1917.

Después de 15 taquillazos juntos el concubinato acabó de la peor manera en 1921. Al infeliz de Arbuckle lo acusaron del homicidio de la actriz Virginia Rappe durante una orgía; al parecer el gordo le abrió las entrañas a la “partenaire” en un arranque de lujuria, según contó Kenneth Anger en Hollywood Babylonia .

Corbis para Teleguía
Corbis para Teleguía

Buster dijo que ese fue el día “en que acabó la risa” y se descargó “una tormenta de odio y amargura sin precedentes”, en contra del desgraciado Roscoe.

Del ahogado el sombrero. Por esos infaustos días aceptó la oferta de Joseph Schenk, que montó su propia productora, con la que arrancarían los años dorados del cómico.

Entre 1920 y 1921 rodó once películas; la primera de ellas El crimen de Pamplinas , dirigida por Winchel Smith, en la cual interpretó a un baboso jovenzuelo que intenta recuperar la fortuna familiar como corredor de bolsa. Fue Pasión y boda de Pamplinas el banderazo de su meteórica carrera.

Siempre controló toda la producción de sus filmes y celebridades como Charles Chaplin, Harold Lloyd, Rodolfo Valentino y Douglas Fairbanks le besaban la babucha.

El rostro pálido

Del aquel pueblito donde nació, Pickway en Kansas, no quedó ni el plumero. Lo arrasó un ciclón parecido al que solía levantarlo en vilo y zarandearlo, en algunas de sus locas comedias.

A Buster lo escurrieron en el piso de una carpa teatral el 4 de octubre de 1895; justo el día de San Francisco de Asís, que hace temblar los cielos y la tierra con su cordonazo.

Poco podía esperarse de sus padres, Joseph y Myra Keaton. Joe era irlandés y medio indio; en su juventud fue un buscavidas, razón por la cual le cayó al pelo ejercer de periodista en el Salvaje Oeste. Myra no le iba en zaga; fumaba en pipa, jugaba a las cartas como un tahúr, tenía buena voz y era una acróbata “sui generis”.

Una vez casados el par de atorrantes vivió de la venta ambulante de brebajes medicinales; y como les daba lo mismo Ana que Juana saltaron al vodevil y ahí montaron un espectáculo chocarrero, mezcla de acrobacias, insultos y porrazos que arrancaban las risotadas del miserable público.

La pareja incorporó al set al recién nacido y una de sus gracejadas consistía en enrollar al bebé, convertido en una bala de mantillas, para lanzarlo contra algún parroquiano protestón. El padre lo trataba como un monigote, lo majaba, los socolloneaba y lo vestía con peluca, patillas, chaleco blanco y botines, para que fuera el bufón de la chusma.

El abuso infantil llegó a tal extremo que golpeaban al pequeño en la cara con una escoba, como si fuera una basura de carne, y este solo atinaba a decir ¡ouuch! sin expresar ninguna emoción. Así, a las patadas, aprendió los gajes del oficio de actor, desarrolló una resistencia física inusual y se convirtió en un eximio acróbata y contorsionista.

Cuando Buster cumplió 12 años la Gerry Society sancionó a los Keaton por maltratar al infante; les prohibió actuar en Nueva York durante dos años y por eso se marcharon a Inglaterra.

La carpa fue su casa y su escuela; también, a falta de dinero Buster y sus dos hermanos no aprendieron las primeras letras y fueron casi esclavos de un padre agresor y borracho.

Con 21 años se disolvió la troupé y Keaton soltó amarras. Le ofrecieron $250 semanales en la famosa compañía Winter Garden, pero camino al primer ensayo se encontró en la calle con el cómico holandés Lou Anger que le ofreció un contrato en el cine junto al malogrado Fatty .

Los años 20 fueron su época dorada, pero a partir de los 30 pasó a ser un cómico menor en la cuadra del productor Mack Sennet. Siempre tuvo trabajo, pero sin el brillo de antes, y su estrella se fue apagando como ocurrió con la de George Meliés y D.W. Griffith.

Probó con el cine sonoro, actuó de segundón y entró en una crisis nerviosa que derivó en alcoholismo. Terminó en un circo en París, actuó en Las Vegas y al cabo de sus días recuperó un poco de las glorias idas, con un Óscar en 1959 por su trayectoria.

Corbis para Teleguía
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Su desplome fue indigno. Malvivió produciendo anuncios publicitarios, regresó al circo y ganaba apenas para la comida

Candilejas

Buster Keaton se enfrentó a la vida con “cara de palo”, aunque sus continuas acrobacias desbordaron de risas a los espectadores. Para él la comedia y la tragedia se sucedían una tras otra, por eso ninguna merecía el menor gesto.

Keaton parecía un extraterrestre. Poseía un estado físico envidiable, pese a su aspecto escuálido y lastimero; dormía cinco horas, bebía como una cuba y era un necio que se oponía a utilizar expertos para las escenas peligrosas.

Los mismo cayó al mar desde un yate que fue arrastrado por una corriente y trepó por una cuerda para continuar una pelea a puño limpio; en otra se lanzó desde 24 metros de altura sobre una red; casi muere ahogado en una catarata; se rompió el cuello y aún así siguió filmando.

Para peores, como soldado estuvo siete meses en Francia, durante la Primera Guerra Mundial, y contrajo una bacteria que lo dejó parcialmente sordo.

Con todo ese bagaje creó un personaje, igual o superior al de Chaplin o Harold Lloyd, que llevó al límite los “slapstick”, secuencias de caídas y lanzamiento de objetos, que fueron el sello de agua de las películas cómicas del cine mudo.

Buster no era un payaso, al contrario, destilaba nobleza y dignidad pese a su natural anémico y caricaturesco, siempre enfundado en un traje sencillo, corbata oscura y sombrero plano en forma de plato. Sorprendía, sin sorprender.

A los 26 años se casó con su secretaria Natalie Talmadge y se fueron a vivir a una villa de estilo italiano en Beverly Hills. Tras tener dos hijos Keaton decidió que la “fábrica” debía cerrarse y esto precipitó una catástrofe, similar a las que solía enfrentar en el plató.

Paralelo al derrumbe profesional el matrimonio entró en picada; vino el divorcio y Natalie dejó limpio a Buster, además de que un juez le prohibió ver a sus hijos y eso deprimió aún más al actor. Acabó peleado con la familia Taldmage y en su autobiografía My Wonderful World of Slapstick , ni siquiera los mencionó.

Intentó recobrar el equilibrio emocional con dos mujeres más: Mae Scribbens, pero solo duró un año; y Eleanor Norris que lo acompañaría 20 años.

Entre sus errores más sonados fue firmar un contrato con la Metro, que lo sometió a una despiadada dictadura; lo obligó a filmar películas comerciales, lo sometió a la bota del “studio system” y al final lo despidió, para darle empleo de técnico, pero más por lástima que por su talento.

El desplome fue indigno. Malvivió produciendo anuncios publicitarios, regresó al circo, escribió guiones para los hermanos Marx y ganaba apenas para la comida. El historiador del cine Lewis Jacobs en El origen del filme americano , de 1939, dedicó un capítulo a Charles Chaplin y una línea a Buster Keaton.

El cómico de los ojos infinitos y tristes, que hizo visible y risible lo imposible; cuyo rostro pétreo lo mantuvo alejado del mundo, pero no de sí mismo, encontró el 1 de febrero de 1966 la única sonrisa de su vida: la de la muerte.