Por: Yendry Miranda 11 julio, 2014

Por razones de trabajo y no porque me sobre el dinero, he ido a dos de los tres conciertos de la serie Bac Special, y la sensación con la que salgo siempre es la misma: muy buenos artistas con sonido muy malo.

No soy ingeniera de sonido, solo soy una espectadora a la que la vida le sonrió con darle un trabajo que, frecuentemente, la lleva a espectáculos musicales.

Les confieso que he escuchado música en los más variados escenarios, desde el emblemático Teatro Nacional, hasta un gimnasio en Talamanca, pero ninguno de ellos me ha parecido tan grosero para el artista y para el espectador como los salones del Hotel Real Intercontinental, en Escazú.

No hay que ser experto: si cuando comienza el show , paredes, lámparas y hasta la cubertería vibran, algo no está bien. Si el artista comienza a cantar y no se entiende ni su saludo de buenas noches, definitivamente algo está mal.

La idea de hacer un concierto en un espacio íntimo y exclusivo me parece muy bien, pero la exclusividad no debería atentar contra el trabajo de un artista y mucho menos contra el oído del que paga.

Cómo es posible que en un espacio para 1.000 personas la gente se pregunte, qué es lo que el artista está cantando o diciendo.

El miércoles la gente bailó y cantó feliz, pero al que fue a escuchar música le quedaron debiendo.

Un salón para eventos especiales no es un salón para conciertos, a menos que este sea adaptado para la ocasión.

Aunque la gente salga feliz y ovacione a quien se presenta en un escenario, no se debe confundir la emoción de un fanático, con la calidad de un espectáculo.

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