El colectivo de música psicotropical recién estrenó Psicosonorama, su segundo disco, en el que estampa manifiestos e ideologías que tocan desde asuntos filosóficos hasta culturales, evitando cualquier roce con el tedio.

Por: Alessandro Solís Lerici 22 noviembre, 2014
Sonámbulo en concierto en el bar Hoxton, en San Pedro, el 20 de noviembre del 2014. / Fotografía: Jorge Navarro.
Sonámbulo en concierto en el bar Hoxton, en San Pedro, el 20 de noviembre del 2014. / Fotografía: Jorge Navarro.

S i con su primer disco, A puro peluche (2009), Sonámbulo desafió y provocó con sus fusiones musicales, en pro de definir el sonido psicotropical –su propio género–, con su recién estrenado segundo álbum, Psicosonorama, convierte el discurso de la promiscuidad de sonidos, ideas y sabores en un bien necesario, para nunca permanecer aburridos del aburrimiento.

Bien claro lo afirman en una suerte de rap que proclaman en la canción Manifiesto, incluida en este nuevo material: “¡La música que mandamos no es para los sentados!”; su intención es producir oscilaciones en el escucha, y para lograrlo construyen un hábitat en el que coexisten géneros como bolero, jazz, cumbia, rock, cimarrona, funk y algunas influencias de electrónica, entre muchos.

La maraca, el primer sencillo del álbum, es un paseo a gran velocidad por el Caribe, mediante un trance sonoro indescifrable. Hermanos Smith es un homenaje al afro que comienza con tintes de psychobilly y luego se construye como por magia. Durum & Bass es un electrofunk que se pone intenso, contundente, y que desemboca en paisajes más tropicales, para luego despegar en un jazz.

Durum & Bass salió en un jam durante la gira a Europa; obviamente, no como está ahorita, pero la raíz sí. Por eso se llama así, porque era lo que estábamos viviendo: metidos en festivales, comiendo dürüm (platillo turco), oyendo electrónica, jazz, funk, reggae, y estábamos como embotados, y llegamos a tocar y salió esa mezcla rara”, contó David Cuenca, guitarrista y cantante.

Arte de 'Psicosonorama' de Sonámbulo.
Arte de 'Psicosonorama' de Sonámbulo.
"El disco es para que la gente lo oiga, pero lo real es lo que está pasando en vivo" – Esteban 'Beta' Pardo, saxofonista.

Saldré volando, una de las primeras canciones de la banda pero que se registró hasta ahora en un disco, es un caso particular: al escucharla por primera vez, nadie podría augurar que después de unas congas aquello tomará segundos para que la guitarra eléctrica a la Pink Floyd irrumpa el aire y lo transforme una y otra vez durante más de nueve minutos.

¿Cómo logran tal diversificación? Ni ellos lo saben. Hay una idea inicial casi siempre, pero nada está sujeto a nada: “Igual, al final, cambiamos todo; si escuchan cómo tocamos las canciones del primer disco en vivo, ya no son lo mismo. Es muy rico porque las piezas nunca mueren. El disco es para que la gente lo oiga, pero lo real es lo que está pasando en vivo”, dijo el saxofonista Esteban Pardo, conocido como Beta.

Brío. Beta alega –y los demás parecen estar de acuerdo– que hay una energía oculta en Sonámbulo que les permite mucha libertad y flexibilidad a la hora de componer y tocar, y que todo se resuelve en que la banda nunca buscó un sonido específico.

“Nunca fue como decir: ‘Hagamos un grupo como Radiohead’. Eso pasa mucho: los músicos hacen un cajón y tocan eso, que no está mal, para nada, pero yo siento que lo que ha hecho a Sonámbulo tan orgánico, tan ‘bicho vivo indefinible’, es eso: que nunca se definió nada”, dice Beta.

Se nota en el escenario y se replica en sus discos, especialmente en Psicosonorama: Sonámbulo es un son de la soberanía, y es tal el afán por regocijarse con su música, que sus integrantes saben que, de no disfrutarlo, no tendría sentido seguir haciéndolo.

“La banda nunca tuvo un propósito de pegar; la vara era matizar. Las piezas son eternas –de ocho o nueve minutos–; uno sabe que no las van a pasar en radio, pero no está hecho pensado para que sea una banda que tenga éxito comercial. Lo que define si una pieza sigue o no es el público; si la gente bailó y matizó, no si la van a pasar en radio”, afirmó Cuenca.

“Hay algo muy sincero de parte de la banda que es entregar aquello que es puro. La búsqueda es la sinceridad de la mezcla de influencias que tenemos todos”, comentó el trompetista Mario Vega, quien hace ilusión no solo a los gustos personales de todos los integrantes, sino a los lugares de los que vienen (los miembros de Sonámbulo son de Costa Rica, Colombia, Cuba y El Salvador).

Luego de múltiples presentaciones en el extranjero y gran popularidad en Costa Rica, sus intenciones al hacer música se mantienen al nivel de la tierra. El baterista Juan Cuellar tiene claro su afán al lado de Sonámbulo, y ninguno de sus compañeros lo refuta: “A mí me gustaría tocar toda la vida y seguir divirtiéndome”.

Trecho. En sus casi diez años de formación, Sonámbulo ha pasado de ser un sexteto a tener once integrantes, y su público ha evolucionado de 30 amigos y conocidos en fiestas furtivas, a miles y miles de fervientes seguidores que no desaprovechan oportunidad para sonambulear.

Luego del lanzamiento de A puro peluche, y recorridos varios escenarios europeos, mexicanos, estadounidenses y centroamericanos, la banda anunció que declinaría su invitación al festival South by Southwest 2013, para destinar sus fondos y energías a la grabación de un nuevo disco, cuya expectativa era grande para quienes conocían canciones como La maraca y La cumbia del caldero en sus conciertos.

Realizan en el 2013 una campaña de recolección de fondos para la producción, pero no se logra el objetivo mayor, por lo que se replantean las opciones de grabación y deciden registrar toda la obra en los estudios de grabación Conquista Records, en Escazú.

Unos meses después, la agrupación se enfrenta a un parteaguas: el cantante Daniel Cuenca se retira temporalmente de Sonámbulo para tratarse una enfermedad degenerativa, e impulsa a sus compañeros de banda a seguir avante. Luego, el grupo organiza conciertos para costear su cirugía en España.

Entre tanta cosa, la grabación formalmente concluye en el primer trimestre del 2014, con el tecladista Manuel Dávila asumiendo la labor de producción en el estudio y realizando la mezcla del disco de la mano de Jorge Noguera (LePop), proceso que culminó en el segundo cuatrimestre del año y que coincidió con la salida de Dávila de la banda para dedicarse de lleno a la producción.

La masterización la realizó Mark Santangelo en The Mastering Palace, en Nueva York, y luego de cinco años de espera por un nuevo material de Sonámbulo, los fans lo reciben en formato digital el primer día de noviembre, a la espera de un concierto de presentación a mediados de diciembre que promete ser la gran cosa.

Sonámbulo en concierto en el bar Hoxton, en San Pedro, el 20 de noviembre del 2014. / Fotografía: Jorge Navarro.
Sonámbulo en concierto en el bar Hoxton, en San Pedro, el 20 de noviembre del 2014. / Fotografía: Jorge Navarro.
"Lo que define si una pieza sigue o no es el público; si la gente bailó y matizó, no si la van a pasar en radio" – David Cuenca, cantante y guitarrista.

Detalles de la presentación oficial en directo de Psicosonorama todavía no los hay, pero la agrupación ha estado ensayando todas y cada una de las canciones incluidas en el material con esa minuciosidad que la caracteriza y que a la postre le brinda tanta fuerza a sus espectáculos en vivo.

Ensaya para que el disco suene a la perfección en los conciertos; no como suena en la grabación, sino como ellos quieren que suenen esos temas en este momento. Dentro de un año, quizá suenen diametralmente distintas.

No obstante, hoy, luego de un trayecto tan largo y meneado, cabe la pregunta: ¿Están satisfechos con el producto final? “A gusto de uno siempre falta. Uno lo hace y de momento está muy feliz, pero después uno lo oye y dice: ‘Mae, (cambiaría) esa cosita, o dos’”, comentó Cuellar.

“Tomó más tiempo que el primer disco, que salió más rápido. Logramos mezclarnos mejor, hacerlo todo mejor, con más tiempo; no era tanto una carrera, como con el primer disco. Esta vez estábamos más patrocinados por nosotros mismos”, dijo el Beta.

Tito Fuentes, bajista, repara: “Quedó a gusto muy alto del grupo. Estamos muy contentos, pero el disco refleja un momento; después en los conciertos queda una partitura libre”, concluyó.