El esperado concierto de la mexicana cerró la XIII edición del Festival ranchero el pasado sábado, en un redondel en el que estallaba el despecho

Por: Arturo Pardo V. 19 enero, 2015
Paquita la del Barrio dio un concierto de casi dos horas junto al mariachi Son de Hidalgo, con quienes interpretó más de treinta canciones sobre el amor y el desamor.
Paquita la del Barrio dio un concierto de casi dos horas junto al mariachi Son de Hidalgo, con quienes interpretó más de treinta canciones sobre el amor y el desamor.

Rara vez se presencia un concierto en el que al artista le gritan “rata, rata, rata”. Todavía es más raro que, para el mismo artista, eso esté bien o incluso sea deseable.

Después de más de una treintena de canciones Paquita la del Barrio complació con la bendita canción que la eufórica audiencia estaba pidiendo incluso antes de que ella empezara a cantar: Rata de dos patas .

La infaltable tonada fue la cereza del pastel de un concierto en el que la azteca de 67 años levantó gritos, carcajadas y coros con cada una de sus palabras, con su verbo punzante, o ponzoñoso, si se quiere llamarle así.

A pesar de que su carrera ya ronda las cuatro décadas, fue hasta ayer que Costa Rica la conoció en persona, en el redondel de Palmares, como artista principal del tradicional Festival ranchero.

“Esta noche los inútiles se quedaron en casa... ¡Aaaayyy!”, gritaba una señora sin pena alguna, a los pies del escenario, mientras su ídolo en tarima cantaba: “¡no tengas miedo por grandotes que los veas / ponte valiente ya verás como se amansan / que aquí las mujeres mandan!”.

De color vino el mariachi Son de Hidalgo a respaldar a la señora de vestido rojo, repleto de cuentas brillantes. Siempre con despecho ella interpretó una colección de canciones que parecían repetir una y otra vez la misma temática, pero siempre cambiando de figuras literarias para hacer alusión a los hombres traicioneros: Me saludas a la tuya, Pobre pistolita, Chiquito, Dale de comer al gato, Viejo rabo verde o Tu última parada .

Al final, las mujeres celebraban y muchos de los hombres pelaban los ojos o reían con incomodidad si sentían aludidos con los gritos de “rata, rata, rata”.