Con tres generaciones de músicos, la Orquesta Internacional de Lubín Barahona y los Caballeros del Ritmo celebra en el 2015 el convertirse en una de las agrupaciones más veteranas del baile de salón

Por: Natalia Díaz Zeledón 8 julio, 2015

Los llaman los “Caballeros del Reuma”. El chiste es viejo y lo han tenido que oír por más de 40 años, pero a la Orquesta Internacional de Lubín Barahona no le molesta; de hecho, también se ríen del título que les han dado.

Con 75 años cumplidos, da la impresión de que la agrupación descubrió el secreto de la vida eterna, pero no: la tercera encarnación de este conjunto también será la última, según asegura Mario Barahona, quien la administra desde 1970.

De la primera generación de la orquesta –la original, la que fundó su papá Lubín Barahona en 1940 con sus hermanos– no queda ni un solo músico vivo.

“A mí la gente me pregunta: ‘¿y los músicos originales?’. Yo les digo, diay, ya están bajo tierra”, cuenta, riendo, Barahona.

Al unísono sueltan carcajadas su hermano Ronald, quien administra el Estudio de Sonido MAR donde graban sus discos compactos, y Allen Torres, director de la orquesta desde 1985. La última generación de la que forman parte cuenta con, más o menos, 30 músicos que alternan entre sus presentaciones, las que, lamentan, han ido mermando conforme pasan los años.

Historia. La historia de la Orquesta comenzó en Grecia de Alajuela. El verdadero patriarca del conjunto vendría a ser Isaac Barahona, un maestro de capilla y compositor “griego” que educó a sus siete hijos varones en las artes de la interpretación musical.

“Papá tocaba piano; el que le seguía, Isaac Segundo, tocaba piano y saxofón; Guido tocaba saxofón. Mi tío Róger, fundador de Radio Reloj, tocaba saxofón. Los otros dos tíos, Tico (Francisco) y Enrique tocaban trompeta, y el menor (Danilo) saxofón”, recuenta Barahona.

Así fue como empezó la música para los Barahona: en familia. Para mitad de la década de 1940 se habían trasladado a San José y tocaban regularmente en su propio local –las viejas orquestas acostumbraban tener su propia casa–, El Bambú, un salón detrás de la Librería Universal.

“Cuando la orquesta comenzó, era la época de las grandes bandas en Estados Unidos. Una de las más famosas era la de Glenn Miller , la orquesta (de Lubín) comenzó a tocar la música de él y eso fue lo que la identificó”, explica Rónald.

El repertorio ha cambiado pero no tanto: en el 2015, mantienen música de big band y piezas de bolero, merengue, cumbia y salsa, arregladas por Allen Arroyo, Norman Calderón, Willy Gamboa, Frank o Napoleón Zapata.

Según cuenta Mario, en ausencia de arreglistas nacionales, en aquellos primeros años las partituras las compraba su papá fuera del país, en México y Cuba, razón por la cual la orquesta comenzó a proyectarse fuera de las fronteras nacionales.

De los momentos inolvidables de esa primera generación, los hijos de Lubín citan una visita a Barranquilla, Colombia, en 1946 –que originalmente iba a durar un mes y terminó durando tres–, al cabo del cual regresaron a Costa Rica con un nuevo ritmo debajo del brazo: el porro.

También parte de la historia familiar, los hermanos Barahona relatan la fundación de Radio Cristal –que se convertiría en Radio Reloj– por su tío Róger. Esa fue la primera estación del Sistema Radiofónico HB, bajo el cual la familia llegaría a varias frecuencias de transmisión radial.

Para finales de su primera década, la Guerra Civil de 1948 les cobró la bonanza: en plena agitación política de la Guerra del 48 tuvieron que cerrar El Bambú por las brutales peleas que se desataban en el local.

La guerra también les dejó otra anécdota, pues en la invasión de 1955 le tocó a la orquesta vestirse de uniforme militar para animar a las tropas ticas en las fronteras de Nicaragua, por órdenes del entonces presidente José Figueres Ferrer.

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Tras la rocola. Entre los cismas de los que logró sobrevivir la orquesta, los hermanos Barahona citan la rocola. La gente podía pagarle a una máquina para tocar a gusto la música que quisiera.

Sin embargo, el aparato no amenazó la economía de la orquesta. Para 1970, cuando Mario asumió la administración de la segunda generación de músicos, asegura que había al menos 40 salones de baile en los que se presentaban una vez a la semana: Los Maderos, El Jorón, El Gran Parqueo, Los Jocotes, y otros que menciona apenas de pasada.

La transición entre las dos generaciones vio el nacimiento y maduración de los seis hijos de Lubín. Pese a vivir en un entorno de música, ninguno de ellos aprendió a tocar instrumentos.

Los hermanos Barahona dicen que muchas veces le dijeron a su papá que los enseñara, pero que “se hacía el desentendido”.

“Le voy a explicar por qué creo yo que no nos enseñó: la música en esa época no daba para vivir. La mayoría de los músicos tenían otra actividad para ganarse la vida. Yo me imagino que no quería que nos sacrificáramos como él”, estima Rónald.

Aun así, los varones mayores tomaron tareas de la orquesta: Mario guiando a los músicos y Rónald especializándose en tareas técnicas de sonido, incluidas el estudio de sonido que fundaron en 1978.

A Mario, por ejemplo, le tocó en 1972 llevar a la Orquesta a una gira a Miami y Nueva York, Estados Unidos. De la visita guardan fotografías de cómo se veían los músicos: con chaquetas rojas, rodeando a su director, comenzando la última década del conjunto a su lado.

Última generación. Lubín falleció en 1981. La segunda generación se fue retirando lentamente, hasta que en 1985 asumieron los instrumentos los músicos actuales. Torres sustituyó a Lubín en la dirección, y pese a breves ausencias, ha estado con ellos los últimos 20 años.

La tercera encarnación ha sido testigo del declive de los salones de baile. Han visto mermar las contrataciones semanales hasta convertirse en citas de una o dos veces por mes.

El último salón en el que tocaron fue en el Rancho Garibaldi, hace cuatro años. Después de eso, a la Orquesta de Lubín Barahona la contratan para eventos especiales: bodas de oro, cumpleaños y celebraciones cantonales.

Para celebrar sus 75 años, el Ministerio de Cultura los eligió como una de las joyas del fallido Festival Internacional de las Artes. De las tres presentaciones para las que fueron contratados, lograron una en el Centro Nacional de la Cultura, en la que cantaron al lado de la trompetista holandesa Maité Hontelé.

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De esa ocasión les quedó una buena relación con Hontelé, tanto así que la han incluido como voz y trompeta en su disco número 17, una compilación en homenaje a su 75 aniversario.

Esa última producción, grabada en los Estudios MAR, todavía no tiene fecha de entrega. Lo que sí saben los hermanos Barahona es que, para comprarlo, los interesados van a tener que contactarlos directamente.

Pese a que firmaron un contrato con la librería Lehmann para distribuir su discografía, todavía Mario, como su orquesta, es un hombre de tradiciones: asegura que le entusiasma enviar él mismo por correo sus discos compactos e insiste en que este artículo debería dar sus números para que puedan localizarlo (2259-2961 o 8884-6565).