Desde el ángulo en el que se le mire, el tributo que la agrupación estrenó el viernes en el Teatro Melico Salazar fue sublime.

Por: Alessandro Solís Lerici 7 septiembre, 2014
La iconografía clásica de Pink Floyd también formó parte del homenaje. En la imagen: proyecciones de los martillos de ‘The Wall’. / Fotografía: Carlos González.
La iconografía clásica de Pink Floyd también formó parte del homenaje. En la imagen: proyecciones de los martillos de ‘The Wall’. / Fotografía: Carlos González.

Un tributo justo, elaborado, nítido y consecuente fue el que ofreció la Orquesta Filarmónica de Costa Rica en honor a Pink Floyd, durante la noche del viernes, en el Teatro Popular Melico Salazar.

Con cada elemento musical, estético y emocional cuidadosamente detallado, más de 1.000 personas disfrutaron de un homenaje elaborado por fans y para los fans.

Así lo corroboró el ensamble de formación clásica desde la primera canción interpretada esa noche – In the Flesh – y durante las más de dos horas que duró el espectáculo.

Como ya es tradición, el director Marvin Araya complementó la fidelidad musical con la cercanía humana al hacer chistes y forjar una complicidad con el público durante sus pocas, pero sustanciosas intervenciones en el espectáculo.

“Para mí, no existe la salsa, el rock o la música clásica; existe la buena música, ¡y esta es buena música!”, manifestó Araya, para consolidar así la euforia.

Pato Barraza fue parte del destacado grupo de cantantes invitados al tributo a Pink Floyd de la Orquesta Filarmónica. / Fotografía: Carlos González.
Pato Barraza fue parte del destacado grupo de cantantes invitados al tributo a Pink Floyd de la Orquesta Filarmónica. / Fotografía: Carlos González.

Brigada de lujo. En lo que va de la década, la Filarmónica se ha dedicado a celebrar la música popular con espectáculos cada vez más ambiciosos y le lleva al público shows de primera calidad de Los Beatles hasta Michael Jackson.

El de Pink Floyd es –hasta la fecha– el más completo que han presentado: contó con escenografía de primer nivel, una luminotecnia penetrante, las más apropiadas proyecciones audiovisuales y un alcance de producción alucinante.

Empero, lo más relevante no se ve; se siente. Por más apoyo que tuviera el concierto en otros frentes, lo que selló el pacto para el público (que pagó entre ¢20.000 y ¢35.000 para estar ahí) fue la digna interpretación del grupo y sus cómplices.

El tributo fue mucho más orientado al rock que lo que se estila en rendiciones de otras orquestas con Pink Floyd, y se basó en magníficos arreglos de los maestros Paul Rubinstein y Carlos Campos.

La representación de cada sonido fue íntegra, sin decoraciones de más ni arreglos de menos.

Además del ensamble, sobre las tablas estuvieron los guitarristas Ari Lotringer (Time’s Forgotten) y Aarón Retana, y en algunos puntos altos del recital tocó Abraham Valenzuela, ficha de Las Tortugas.

Ninguno de los vocalistas invitados defraudó: Kurt Dyer protagonizó temas como Mother , High Hopes y Comfortably Numb ; y Pato Barraza se iluminó al interpretar Pigs y Shine on You Crazy Diamond .

Daniel Patiño (de PatiñoQuintana) destacó en Wish You Were Here y Learning to Fly ; y Antonio Masís (Pneuma) sorprendió a quienes no conocían su talento con rendiciones de Time/Breathe y Money .

Como final apoteósico, luego de más de dos horas de espectáculo, Barraza y Masís compartieron vocales en Run Like Hell : dos generaciones de músicos locales unidos por uno de los más monumentales himnos de la historia.