Artistas y propietarios tienen opiniones divididas acerca de temas como el cobro de un porcentaje de entrada, el calendario y la infraestructura de los recintos de conciertos.

Por: Alessandro Solís Lerici 18 marzo, 2015
Mundoloco el Chante, en San Pedro.
Mundoloco el Chante, en San Pedro.

Más que en la periferia, en el núcleo de Costa Rica se concentra la mayor cantidad de música. De día, las esquinas de la ciudad se infectan de canciones que desde temprano en la mañana resuenan en comercios, aceras y vehículos. En las noches, los músicos locales se apropian de diferentes espacios urbanos.

Si bien grandes masas de público se acercan a las tonadas de artistas locales en festivales gratuitos –FIA, Transitarte, Semana Universitaria y Enamorate de tu Ciudad, entre otros–, aquí la música no para: todas las noches, en algún punto del área metropolitana, alguien está presentando su música frente a aforos con capacidades e intereses variados.

No es casualidad que, en las páginas de este diario, se repitan recintos todas las semanas cuando se habla de conciertos, pues esos lugares son los que constantemente ofrecen el atractivo de la música en directo. Se trata de los Jazz Café (San Pedro y Escazú), Amón Solar (y El Sótano), La Concha de la Lora, El Steinvorth, Mundoloco el Chante, El Observatorio, Hoxton Pub y El Cuartel de la Boca del Monte, entre otros.

Los festivales gratuitos –impulsados por entes privados y estatales– son algo así como el acto periódico de graduación para numerosos músicos que, durante el resto del año, se preparan con ensayos, grabaciones y, naturalmente, presentaciones en esos espacios que pueden estar vacíos o bien pueden sorprender con llenazos inesperados.

El que grupos costarricenses como Patterns, Percance, Alphabetics y Sonámbulo gozarán de multitudinarias audiencias el fin de semana pasado, durante el Transitarte, no significa que días atrás no hayan tenido conciertos de baja asistencia, con condiciones no deseadas y quizá hasta con pérdidas económicas.

El Steinvorth, en San José.
El Steinvorth, en San José.
"Nacimos como un recinto, pero desviamos la atención porque si no nos moríamos de hambre" – Bernal Monestel, dueño de Mundoloco el Chante
"No tenemos una afluencia como los dueños de los lugares necesitarían para poder seguir" – Luis Montalbert-Smith, dueño del Yellow Submarine

Entre pasillos resuena un mantra: lo más probable es que en un concierto de música local haya ganancias para la mayoría de involucrados, salvo para los músicos. ¿Será esto cierto?

Desazón. Para varios músicos consultados, algunos de los problemas del circuito de espacios para música en vivo recaen en las condiciones de los lugares, el cobro de un porcentaje de lo recogido por entradas y la dificultad de conseguir lugares para sus grupos en los fines de semana.

“No existe el tema de que el bar contrata y paga a una banda. Más bien, tiene que contactar uno y pagar por el privilegio de usar el bar”, alegó Juan Pablo Calvo, tecladista de Time’s Forgotten.

“Hablando propiamente de rock original, la preocupación es que la cantidad de lugares con las condiciones y el trato amigable es mínimo; es alarmante. Existen lugares, pero no reúnen las condiciones necesarias”, dijo Esteban Rodríguez, vocalista de Seka.

Él considera “muy alto” el porcentaje solicitado por los lugares por lo recogido en boletos, el cual a veces supera el 30%. “Además, son lugares con horarios inaccesibles; lo más que usted tiene acceso es a tocar un lunes, martes o miércoles”, agregó.

Con él coincide Adrián Poveda, vocalista de Monte, quien asegura que es común que durante los fines de semana se les dé prioridad a homenajes para artistas internacionales. El músico también alega que cobrar ¢2.000 por los conciertos es otro problema por resolver, pero que es difícil cobrar más cuando el reto es llenar un establecimiento un martes.

“Además de que uno tiene que organizar el concierto, tiene que pagar el sonido, darle plata al bar, pagarle a las otras bandas...”, comentó Poveda. “¿Por qué me están cobrando un monto extra por el beneficio de tocar en el bar, si la banda lo está llenando?”.

El Sótano, en San José.
El Sótano, en San José.

Para Luigi Jiménez, bajista de Patterns, la situación más bien ha mejorado en los últimos años. “Han mejorado los lugares donde uno puede tocar, y algo que no pasaba antes es que hay mucho más apoyo por parte del público, lo cual permite que sea rentable para los recintos”.

“A como toco con el Hoxton lleno, también he tocado en lugares donde llegan dos personas y no me alcanza para pagar el taxi de regreso. Esto conlleva mucho trabajo y tiempo invertido, pero hay muchas más posibilidades de expresarte ahora que hace 10 años; el mercado es más amplio y la gente está más dispuesta a escuchar”, agregó Jiménez.

Negocio. Nadie abre una empresa para quebrar, y eso lo tiene presente Bernal Monestel, dueño de Mundoloco el Chante. “Este bar no depende de la música. Tuve que adaptarlo (más como restaurante) porque hay un problema en nuestro país: el público no quiere pagar una entrada para ir a los conciertos”.

Monestel también es músico y pertenece a una familia en el que las notas son parte de la dieta diaria, pero asegura que la realidad de la movida musical lo ha hecho considerar los conciertos en su recinto como “valor agregado”.

“Nacimos como un recinto, pero desviamos la atención porque si no nos moríamos de hambre. Si fuera 10 años atrás probablemente sí (lo lograríamos), pero ahora mucha gente tiene bares de música”, confesó Monestel.

“Cobramos el 20% de la puerta y con eso pago impuesto municipal de patente de espectáculos y (los cobros de) ACAM y el Teatro Nacional. A cambio, ofrezco un equipo de sonido impecable al que hay que darle mantenimiento, sistema de luces y a nuestro ingeniero de sonido al servicio cada noche; el músico no tiene que pagar un sonidista. Creo que está justificado el 20%; más bien se queda corto para los malabares que tenemos que hacer a fin de mes”, explicó.

Jazz Café, en San Pedro.
Jazz Café, en San Pedro.
"Nosotros tocamos en la misma ciudad todo el año. ¿Cuántas veces nos van a ver?" – Juan Pablo Calvo, tecladista de Time's Forgotten

Mariela Pérez, administradora del Amón Solar y del Sótano, considera que, si el bar vive de los conciertos, “es normal que se tenga que cobrar un porcentaje (de la puerta) porque pone equipo, backline (sistema de amplificación) y personal, y es material que se desgasta, se daña o se pierde”.

Luis Montalbert-Smith (vocalista de Gandhi), además de músico, ha arrendado distintos aforos de música en vivo, como Retrovisor, El Cielo y Yellow Submarine. “Sé lo difícil que es”, expresó. “La oferta de lugares para hacer conciertos siempre ha sido bastante reducida en Costa Rica, pero tenemos también el dilema de que no tenemos una afluencia como los dueños de los lugares necesitarían para poder seguir”.

“Ir a ver música original en vivo (a festivales) es un tipo de entretenimiento que, al parecer, la gente prefiere, pero sigue siendo irónico que paguen los precios que se pagan por espectáculos internacionales y que se dude tanto al hacerlo por los nacionales, entonces como dueño de un negocio es riesgoso”, dijo.

Alternativa. Además de bares y festivales, surge una espina: ¿Qué otras opciones hay para tocar o presenciar música en vivo en la ciudad? En el pasado eran comunes los conciertos en teatros, pero su alquiler es oneroso.

Para Inti Picado –guitarrista de El Parque y actual director del Centro de Producción Artística y Cultural, del Ministerio de Cultura–, teatros como Espressivo, Eugene O’Neill y Melico Salazar son idóneos para conciertos.

“Ante una gran oferta, el público se ha dispersado un poco y la convocatoria no es tan grande”, comentó Picado. “Espacios sí hay y es una cuestión de que los grupos se animen a apostarle a ese tipo de cosas. En cuanto a los teatros del Ministerio, el Melico es el que creo que está llamado a ser casa de los grupos nacionales; es cuestión de tocar las puertas y pedir espacio con constancia”.

Para él y para Calvo, una necesidad que tiene el gremio es sacar la música del centro del país y llevarlo a la periferia. “No habría tanto problema si existiera un circuito de conciertos a nivel nacional. Las bandas en el mundo tocan en países completos; nosotros tocamos en la misma ciudad todo el año. ¿Cuántas veces nos van a ver?”, dijo Calvo.

Hoxton Pub, en San Pedro.
Hoxton Pub, en San Pedro.
"¿Por qué me están cobrando un monto extra por el beneficio de tocar en el bar, si la banda lo está llenando?" – Adrián Poveda, cantante de Monte

Picado comentó que el Centro trabaja en llevar la música en vivo afuera de San José mediante la organización de los próximos FIA y Enamorate de tu Ciudad. No obstante, permanece el vacío de un recinto diseñado para conciertos con capacidades que coincidan con la demanda. “Hay lugares que no fueron hechos para eso; la Concha de la Lora ha adaptado el lugar y ha invertido para tener presentaciones en vivo, pero estructuralmente es incómodo”, manifestó Pérez.

“Amón Solar igual; a diferencia del Sótano, que fue hecho para jazz, Amón fue un plus, pero no es un lugar hecho para eso. Creo que acá sí hay público y sí hay un mercado, pero hay que encontrar al inversionista que quiera hacer un recinto de música”, agregó.

Jiménez sueña y a la vez valora al presente: “Sería genial un lugar especializado para hacer conciertos; céntrico, no necesariamente un bar, con la acústica adecuada para exponer música. “Lamentablemente, es una ciudad pequeña, con pocos habitantes, y puede que no sea rentable. Lo que veo es que el ambiente está creciendo y, conforme crecemos, crece la ciudad”