El músico uruguayo se presentó el martes en el teatro josefino, como parte de la gira de su último disco, Bailar en la cueva, y promovió la danza en todos los rincones del recinto.

Por: Alessandro Solís Lerici 26 marzo, 2015
El público fuera de sus butacas aplaude a Jorge Drexler en el Melico Salazar, el 24 de marzo.
El público fuera de sus butacas aplaude a Jorge Drexler en el Melico Salazar, el 24 de marzo.

Los pasillos del Melico Salazar permanecían nítidos, pulcros, con un déficit de personas. La sección de butacas, en cambio, se bamboleó desde el primer avistamiento de Jorge Drexler y su caluroso saludo, con todo y beso al escenario. Bailar es una idea eternamente nueva, profesó el uruguayo ante una luneta resignada a sus asientos –salvo una minoría inquieta–.

Ese primer minuto absorbió el paso de los tres años desde su última vez, que fue 29 de febrero, cuando la gira Mundo abismal suscitó la segunda visita del artista suramericano a Costa Rica. Se realizó frente al mismo recinto que nuevamente encontró estímulo en su música la noche del pasado martes.

La gira Bailar en la cueva trajo de vuelta a una de las voces más particulares del continente, quien interpretó varias de las canciones del disco de ese nombre, lanzado en el 2014, el cual marcó el ingreso del artista al territorio de lo bailable, lo movido.

Con un pantalón negro y una camisa azul, acompañado de siete músicos, Drexler se movió suavemente desde los primeros acordes del concierto, como quien no sabe bailar de manera profesional, pero no permite que ello se interponga en su anhelo de entregarse por completo al ritmo.

En su tercera cita con sus seguidores costarricenses, vimos a un Drexler distendido y risueño, y a un público que le coreó cuanta canción pudo y que se carcajeó con cada uno de los jocosos comentarios en las cápsulas de aire en medio del repertorio.

Danza en el corredor. Era posible observar en el escenario una esfera de espejos –o una bola de discoteca– que, al comienzo del concierto, estuvo a nivel del suelo y terminó en lo más alto del entarimado y delineó el entorno del encuentro.

Después de Bailar en la cueva, Drexler saludó de nuevo al público. “Gracias por traernos, ¡gracias por venir!”, enunció antes de interpretar Esfera. Lo acompañaban tres instrumentos de viento, dos ensambles de percusión, un bajo, un combo de aparatos electrónicos y su guitarra.

Todavía con el sonido de piezas como Transporte, Caí creo que caí y Las transeúntes, los pasillos del Melico se mantenían –en su mayoría– limpios. Caí creo que caí fue una inclusión especial en el repertorio, pues no forma parte de ninguno de sus 11 discos.

El tema es una dedicación de amor a un lugar, y Drexler modificó la letra para espetar su estima por el Pacífico costarricense, lugar que logró conocer días antes de su presentación.

Jorge Drexler entregó y mostró su corazón el 24 de marzo en el Melico Salazar.
Jorge Drexler entregó y mostró su corazón el 24 de marzo en el Melico Salazar.

Sus movimientos en el escenario se hacían comunes, así como los pasos de sus músicos (quienes ofrecieron una hermosa coreografía antes del concierto), pero no fue sino hasta que llegó la hora de Don de fluir que el artista incitó al público a vivir bien el baile.

La canción de su icónico Eco (2005) tomó otro matiz durante el último año. Si bien en la grabación Drexler afirma que no le es posible danzar, ahora ese es un recuerdo chistoso, pues la génesis de Bailar en la cueva vino de la mano del descubrimiento del baile de quien siempre hizo música sin perderse en el sonido.

“Es un recordatorio de que el tiempo pasa, la gente cambia y es sano soltar miedos”, comentó antes de interpretar esa versión bailable de Don de fluir que cambió el ambiente por completo.

A partir de entonces, la audiencia comenzó a salirse de sus asientos y a poblar los pasillos. La mayoría bailaba, a como podía, piezas como Tamborero, Sea, Data data, Deseo, Bolivia y Universos paralelos.

Personalizado. No es todos los días que un artista de la talla de Drexler visita un país y se fija como objetivo de su recital exaltar el arte, la música y las personas del pasaje de turno. Nadie tiene la obligación de hacerlo, pero a él le nació así.

Para conmover al gentío, Drexler no necesita efectos especiales, además de la proyección de imágenes minimalistas, un sobrio juego de luces y la bola de disco. No es tampoco una movida políticamente correcta la de rendir tributo al país cuando el protagonista es él; es un acto de afecto.

Este recuento de lo que Costa Rica le significa estuvo presente en varios momentos del espectáculo. El primer guiño fue cuando invitó a la cantante Debi Nova a compartir con él una versión de María bonita (de Agustín Lara).

“Les dije que era un concierto especial, no solo por lo que vivimos en el escenario y en días previos, sino por lo que va a pasar”, manifestó antes de recibir a Nova en el escenario, a quien calificó como su querida amiga. La presentó como “una de las mujeres más talentosas y más bellas que he tenido el gusto de conocer, y bueno, resulta que es tica”.

Otro destacado fue el músico costarricense Jonathan Méndez, y sus colegas, quienes se han dedicado a hacer conciertos con música de Drexler en el país desde hace años. Con ellos cantó Deseo.

Bernardo Quesada abrió el concierto de Jorge Drexler en el Melico Salazar, el 24 de marzo.
Bernardo Quesada abrió el concierto de Jorge Drexler en el Melico Salazar, el 24 de marzo.

Ese martes quizá el homenaje más emotivo que realizó a la música costarricense fue cuando invitó a Ulysses Grant y a otros calipsonians locales para interpretar una meditativa versión de Going to Bocas, original de Walter Ferguson, el rey del calipso costarricense. “No pudimos ir a Limón a conocerlo, pero Limón vino a San José esta noche”, comentó.

Ferguson ha sido una influencia tan marcada en la música de Drexler que en sus conciertos es común escucharlo cantando algunos de sus temas, y en el disco Bailar en la cueva se incluye un sample del artista limonense. El uruguayo ha dicho que está en “deuda eterna” con Ferguson, pero las cuentas se han ido saldando.

Momentos. Con casi dos horas y media de espectáculo musical, la oferta de recuerdos que quedan es amplia, y es pertinente apuntar que el dinero del público fue remunerado con un concierto singular.

Dibujando un radio en el lapso del repertorio, Drexler encontró la intimidad ante un teatro casi repleto. Acompañado únicamente de su guitarra cantó Soledad, y el coro del público punzaba la piel.

Luego, interpretó una versión a capela de Al otro lado del río, canción con la que ganó un premio Óscar hace una década por ser la banda sonora de la película Diarios de motocicleta.

Desde entonces, su protesta se mantiene: en aquel momento, Drexler no pudo presentarse en la ceremonia de la premiación por ser poco conocido para el público y, en su lugar, la pieza la cantó Antonio Banderas. No obstante, al recoger el premio, el uruguayo lo hizo a capela. Por eso, así la escuchamos.

Durante la recta final de la velada, el músico salió y regresó al escenario por primera vez para cantar Universos paralelos, uno de sus éxitos más recientes.

Acto seguido, sonó La luna de Rasquí, precedida de un sentido agradecimiento al público y a los músicos por salir avante con otras dos horas “fuera del ojo de la pena”.

Jorge se escondió otra vez, pero ¿quién iba a dejarlo irse cuando hasta las partículas de oxígeno bailaban? Se devolvió para el homenaje a Ferguson, y luego terminó el concierto con Todo se transforma y Me haces bien.

Durante ese último par de piezas, todos los músicos locales invitados se dispusieron sobre distintos instrumentos, incluido el tico radicado en México, Bernardo Quesada, quien bautizó la noche en el papel de telonero e interpretó temas como Según el cristal con que se mira, Vos estás aquí y Como luna creciente.

La noche, sin duda, generó recuerdos imperecederos, de aquí a que Drexler se anime a volver.