Pulsión Las interpretaciones del maestro Irwin Hoffman generan un torrente musical irresistible.

Por: Andrés Sáenz 3 diciembre, 2012
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La clausura de la temporada oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), efectuada el viernes 30 en el Teatro Nacional (TN), estuvo a cargo del maestro Irwin Hoffman, director emérito del conjunto, y contó con la participación distinguida de Dylana Jenson como solista en violín.

Una audiencia numerosa premió con prolongados y entusiastas aplausos las interpretaciones de las obras posrománticas del programa: el Concierto N° 1, en la menor, para violín y orquesta , opus 28, del compositor austro-húngaro Karl Goldmark (1830-1915), al final de la primera mitad; además de la Obertura Trágica , opus 81, al inicio, y la Sinfonía N° 4, en mi menor , opus 98, ambas del alemán Johannes Brahms (1833-1897), al final de la función.

La solista. Predilecta del público costarricense desde su debut con la OSN en 1972, a los 12 años de edad, con deslumbrante virtuosismo y acrisolada musicalidad, Dylana Jenson modeló una versión sub yugadora del Concierto en la menor de Karl Goldmark, compuesto en 1877, cuyo atractivo rítmico y melódico, que revela la influencia de la música de los gitanos húngaros, diestra orquestación y consumada escritura para el instrumento solo ameritan que se escuche con mayor frecuencia.

Afinación justa, tonos nítidos y coloridos, arrojo y fluidez engalanaron la interpretación de la violinista, que se oyó rapsódica en el alegro inicial; serena y meditativa en el andante; enérgica y resuelta en las cadencias vivaces del alegro concluyente.

El maestro Hoffman y la orquesta acompañaron de modo solícito y preciso a la solista.

Brahms. Sonoridad amplia y potente del conjunto, sedosa en las cuerdas, fulgente en los metales, tersa en las maderas, aunada a una concepción ennoblecida de las partituras, enriquecieron las interpretaciones del director emérito y la OSN de la Obertura Trágica (1880) y la Cuarta Sinfonía (1885), de Johannes Brahms.

A la calidez del sonido y enaltecida estructuración del discurso musical, las lecturas del maestro Irwin Hoffman y la Orquesta Sinfónica Nacional unieron una pulsión vibrante que impelía las obras, sin estorbos o dilaciones, a mantener un rumbo persistente que arrastraba al escucha con su fuerza e ímpetu ineluctables.

Como se dijo, los aplausos fueron luengos y nutridos y, al final, el director emérito distinguió a las secciones por aparte e, individualmente, a María Luisa Meneses, principal en flauta.

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