El décimo programa de temporada de la Sinfónica nos ofreció una buena oportunidad de apreciar ese cambio de estilo, con dos obras compuestas escasamente a 25 años una de la otra.

 2 noviembre, 2014
Aporte nacional. La obertura Aura y reverberació n es del compositor costarricense Carlos Castro. Mayela López
Aporte nacional. La obertura Aura y reverberació n es del compositor costarricense Carlos Castro. Mayela López

A quien escribe, siempre le ha causado asombro y admiración la gran transformación que se produce entre la música de Mozart y la de Beethoven, dos genios indiscutibles que vivieron casi en la misma época.

El décimo programa de temporada de la Sinfónica nos ofreció una buena oportunidad de apreciar ese cambio de estilo, con dos obras compuestas escasamente a 25 años una de la otra.

Por esa razón, luego de escuchar el concierto de flauta y arpa de Mozart en la primera mitad del programa, esperaba con emoción el inicio de la Sinfonía heroica de Beethoven, pensando en los grandes cambios sociales y políticos que en esa misma época produjo la Revolución Francesa.

Sin embargo, mis cavilaciones no fueron interrumpidas por los cañones de la Grande Armée de Napoleón, ni por los acordes iniciales de la sinfonía, sino por la aparición en el escenario de algunos administradores de instituciones estatales, quienes, micrófono en mano, procedieron a homenajearse unos a otros durante un buen rato.

“A ese le encanta salir”, comentó alguien cerca de mi asiento.

No obstante, la espera valió la pena, ya que Carl St. Clair y la orquesta nos ofrecieron una versión intensa y a la vez inteligente y equilibrada de esa creación emblemática que, plena en contrastes, es siempre un importante reto musical.

Muy pocas partituras representan un momento de ruptura tan dramático, todo es en ella novedoso: la expansión que sufre cada pequeño elemento temático del primer movimiento; el dramatismo casi personal de la marcha fúnebre, que termina disolviéndose poco a poco; el novedosísimo Scherzo; la originalidad de las variaciones del final y muchas otras cosas más, las cuales sería imposible enumerar aquí.

El problema. Lástima sin embargo, que la mala acústica que padece el Teatro Nacional, después de la renovación del escenario, no hiciera justicia a la sección de violonchelos, que tiene a su cargo la introducción del tema principal de la composición.

Opacas y desajustadas, tal vez por la misma razón, me parecieron algunas intervenciones en conjunto de las maderas, aunque por su parte los cornos sonaron especialmente homogéneos en el Trío del Scherzo.

El concierto para flauta y arpa de Mozart, como mucha de la música de ese compositor, es un dechado de perfección formal y de belleza melódica pero tiene claras deficiencias en la escritura de la parte del arpa, que en el siglo XVIII no había alcanzado un gran desarrollo como instrumento solista.

Debido a lo cual, la ejecución de la pieza requiere de cuidados especiales por parte del director y un gran esfuerzo técnico del solista para sobresalir con respecto a la flauta y la orquesta, lo cual estuvo muy lejos de conseguir la arpista japonesa-norteamericana Naoko Nakamura la noche del viernes, a pesar de haber contado con el instrumento idóneo para la ocasión, una Lyon and Healy, modelo Salzedo.

Por otro lado, varias veces los pasajes del arpa sonaron enmarañados y la falta de comunicación visual de la solista invitada produjo una coordinación mediocre con la flautista nacional María Luisa Meneses, quien por el contrario exhibió profesionalismo, dominio destacable de la partitura y un fraseo mozartiano apropiado y sensible.

Con respecto a la obra Aura y reverberación del costarricense Carlos Castro, que se estrenaba esa noche, tengo que decir que disfruté de la sonoridad del primer movimiento y, sobre todo, del tratamiento de la bella melodía del saxofón, que con un cierto aire de bolero latinoamericano logra el propósito expresado por el compositor, de evocar músicas que todos llevamos dentro.