Diego el Cigala, en una presentación íntima, rompió cualquier barrera que pueda existir entre un artista y el público

Por: Arturo Pardo V. 26 septiembre, 2015

El talento vocal de Diego el Cigala ha de ser irrepetible. Quien intente imitar su voz seguramente caerá de bruces en el bochornoso intento (fallido, si hace falta la redundancia).

Lo que es más improbable, sin embargo, es que haya alguien más que sea capaz de emular su interpretación de los sentimientos a través de las cuerdas vocales. El canto del veterano artista consigue dar la definición precisa del disfrute y el dolor; logra personificar tanto lo delicado como lo tosco. Lo hace en los momentos oportunos, con los volúmenes apropiados, en la justa medida y siempre a través de melodías.

El carácter que le da a cada pieza deja a flor de piel la emotividad que nace desde las entrañas. Así, el cantaor logra que el mensaje que brota de la lírica de cada tema, se teja no solo desde las letras, sino también desde su garganta.

El resultado permite que la audiencia se contagie con el dramatismo, hace que se sienta identificado y quiera suspirar desde la primera nota de cada obra, no importa si es un tema propio, un bolero escrito por Isolina Carrillo o una balada de Nino Bravo.

El formato de voz y piano – con el cual el artista español-dominicano se presentó en su más reciente visita a Costa Rica , el miércoles 23 de setiembre – facilita la ruptura de esa barrera invisible que, a veces, se levanta entre el artista y la audiencia.

Juntos. El Cigala se hizo acompañar del pianista Jaime Calabuch (al fondo). Rafael Murillo.
Juntos. El Cigala se hizo acompañar del pianista Jaime Calabuch (al fondo). Rafael Murillo.

La intimidad a la que invitan el piano y el Cigala resulta transparente de principio a fin y obliga al oyente a prestar atención aguzando el oído.

Esa, no obstante, también puede convertirse en un arma de doble filo. En el concierto, el acomodo del micrófono permitía escuchar incluso el movimiento de los pliegues del pantalón y el roce de cada botón con la tela de la camisa del cantante. La solemnidad y elegancia musical, que parecía inminente, se rompía de vez en cuando, en los momentos en el que el cantaor se limpiaba la garganta sin alejarse del micrófono.

Dejando de lado ese detalle, lo importante es que los cánticos del alma se mantuvieron incólumes, no salieron afectados nunca.

Ni un solo sentimiento expresado o cualquier aproximación musical de las melodías elegidas para la noche se percibían recicladas, lo cual impedía caer en la monotonía.

Hay que destacar también el talento del pianista Jaime Calabuch, quien tiene un rol de coprotagonista. El músico, con sutiles tecleos, impredecibles sincopados y melancólicos arpegios consigue hacer transiciones del flamenco al romance, o del jazz a ritmos bailables. Sus dedos hacen un juego eterno en una travesía incesante sobre la cual el Cigala nada más se deja llevar.

La voz del virtuoso, capaz de hacer resonar el Melico Salazar, avanza junto al piano melancólico y danzante. La mezcla fluye como una plática entre dos íntimos conocidos, dos amigos del alma.

Las gesticulaciones del vocalista siempre se mantienen de la mano con las florituras del piano, ambas en una sola intención y expresividad. Es evidente la cordialidad y la admiración mutua que existe entre estos dos compañeros de partituras y escenarios.

Mientras tanto, el aforo nada más se deleita desde la contemplación y la admiración; se convierte en un testigo omnisciente y se devuelve a casa con una sensible experiencia, memorable tanto para los oídos como para el corazón.

Artista: Diego El CigalaArtista nacional: José Cañas junto a Manuel ObregónLugar: Teatro popular Melico SalazarFecha: 23 de setiembre