Cuarteto de virtuosas carente de sentimiento

Por: Arturo Pardo V. 2 agosto, 2014

Bond es un cuarteto femenino de cuerdas como ningún otro. Lo integran dos violines, una viola y un violonchelo , mas su trabajo se sale del esquema tradicional.

La fusión de géneros le ha permitido a la agrupación mezclar composiciones clásicas y cruzarlas con beats electrónicos, agregarle solos con violines distorsionados y darles estructura de canción de pop apropiadas tanto para discotecas como para teatros.

Así, estas virtuosas convierten la Danza Húngara No. 5 de Johannes Brahms en el tema Hungarian o le aceleran el tempo y la intención al Invierno de las Cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, haciéndola sonar como si fuera obra de un DJ contemporáneo que coloca los instrumentos de cuerda en una capa y un fuerte ritmo tech en otra.

En su inspiración también incluyen los aportes de la música del mundo en sus propias composiciones. Sucede de esa forma con los sonidos arábigos en Shine o un poco de flamenco en Apasionada .

De la misma forma adaptan temas populares como Samba de Janeiro , original de la artista Bellini , o la popular tonada Misirlou .

La agrupación Bond ha lanzado cuatro discos en estudio, el primero de ellos en el 2000. Su show en Costa Rica fue el miércoles.
La agrupación Bond ha lanzado cuatro discos en estudio, el primero de ellos en el 2000. Su show en Costa Rica fue el miércoles.

Además juegan con tendencias actuales: se ponen pesadas en la intensa Explosive y más tarde hacen un contagioso popurrí de Lady Gaga , solo por citar un par de ejemplos del concierto que brindaron en nuestro país como parte de su gira centroamericana.

El grupo entonces complace al público con una presentación vibrante, aunque a algunos se seduzcan más por la vista que por el oído. Eso –al igual que con el espía británico del mismo apellido– también es una clave básica de Bond.

El repertorio resulta variado en procedencia y ritmos, además de que el arroz con mango musical consigue un balance positivo entre melodías hermosas y una energía inagotable e inspiradora. Sin embargo a esta fórmula le falta algo importante: el sentimiento.

En las interpretaciones de Bond no hay matices, no hay expresividad, tampoco dinámicas. En conjunto, todo parece haber pasado por una máquina homogenizadora de obras, sin importar si son del siglo XVIII o del siglo XXI.

Hay que debatir si la culpa de esto es de los instrumentos eléctricos o de las mismísimas integrantes, que a ratos resultan exageradamente inexpresivas, autómatas, seres de piedra, papas sin sal...

No habla bien del concierto que después de casi dos horas queden dudas sobre si la música es realmente tocada en vivo. Esta misma idea persiste a pesar de que junto a las protagonistas hubiera músicos acompañantes; en esta ocasión cuatro salvadoreños que se encargaron de las labores del teclado, el bajo, la guitarra y la batería.

La sincronía del grupo en directo resulta extrañamente perfecta de principio a fin, en cada nota, en cada parpadeo. El ensamble es militar, el acople casi inhumano, más bien plástico, demasiado digitalizado; de nuevo, es casi sospechoso.

La interacción entre las integrantes también es seca, se ve fingida o demasiado posada, exceptuando quizás la hiperactividad de la chelista Gay-Yee Westerhoff, quien se roba el show brincando, corriendo, gritando y sonriendo hasta el punto del cansancio.

Su energía exagerada nada más le quita fuerza a la presencia de sus otras tres compañeras, a las que parece corresponderles el papel de sosas robotinas.

Bond tiene sus méritos en sus 14 años de carrera; eso nadie se los quita. A este cuarteto, lo que le hace falta es corazón.