De lo que se pudo escuchar…

 27 abril, 2015

El canto gregoriano es el hilo conductor entre las dos partituras que presentaron la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Sinfónico en su tercera cita de la temporada de este año. De manera apropiada, además, el Coro de Heraldos del Evangelio fue invitado a introducir el programa y cada uno de los movimientos de la obra Vitrales de iglesia con las melodías de canto llano utilizadas por Ottorino Respighi en su composición.

Fue una agradable sorpresa escuchar esta música, para muchos del público totalmente desconocida, la cual se mantuvo como parte esencial del culto cristiano por casi quince siglos. No fue sino hasta 1962, a raíz del Concilio Vaticano Segundo, cuando su uso fue gradualmente desapareciendo. Tristemente en la mayoría de los templos de nuestro país, estos cantos profundos y conmovedores en su simpleza monódica (son solamente melodías con apenas el ritmo de las palabras) fueron sustituidos por el fragor de la pandereta.

Las dos piezas ejecutadas son estilísticamente muy diferentes entre sí y Carl St. Clair se cuidó de mostrarlo claramente con una interpretación brillante y colorida del Respighi, en la que hizo énfasis en las enormes virtudes de orquestador del compositor.

Los grandes contrastes sonoros siguen siendo una de las mejores cualidades de la batuta del titular de la Sinfónica, la cual alcanzó niveles de paroxismo en el segundo movimiento y en el majestuoso final dedicado a San Gregorio Magno.

En el III Concierto de la temporada oficial, Orquesta Sinfónica Nacional estuvo acompañada de los coros Sinfónico Nacional y de los Heraldos del Evangelio, bajo la dirección de Carl St. Clair. Fotografía: Orquesta Sinfónica Nacional para LN.
En el III Concierto de la temporada oficial, Orquesta Sinfónica Nacional estuvo acompañada de los coros Sinfónico Nacional y de los Heraldos del Evangelio, bajo la dirección de Carl St. Clair. Fotografía: Orquesta Sinfónica Nacional para LN.

A este importante personaje medieval, quien fuera papa de 590 a 604, se le atribuye la recopilación del corpus de cantos religiosos que lleva su nombre, los cuales, según una leyenda, le fueron dictados al oído por el Espíritu Santo que se posaba en su hombro en forma de paloma blanca.

Por el contrario, la orquestación del Réquiem de Duruflé, bastante más modesta, no es más que la transliteración de los registros del órgano. A la cuerda se le asignan los sonidos de los tubos flautados y a los instrumentos de viento la lengüetería, de sonido mucho más brillante. Esto con el propósito evidente de otorgarle al coro un papel mucho más relevante que a la orquesta.

Sin embargo, la acústica del Teatro Nacional nos privó del placer de escuchar la mayoría de los delicados detalles corales que fueron cubiertos de manera implacable por la orquesta. En lo que pudimos oír, el coro demostró buena preparación y dominio estilístico de la partitura.

Posiblemente los únicos aspectos de la instrumentación que Duruflé deseaba destacar son el timbre del arpa, ¿alguien lo escuchó?; el solo de violonchelo del Pie Jesu y los solos de trompeta, que en el Lux aeterna quedaron en deuda con el público.

Con respecto a los solistas, debo decir que la voz de la mezzosoprano Patricia Cay posee un timbre hermosísimo, afeado, sin embargo, por un vibrato demasiado ancho, al que casi se le podían contar las oscilaciones. Guido LeBrón, en cambio, mostró una técnica vocal más limpia, aunque tal vez algo forzada en el registro agudo.

Ya va siendo hora de que se tomen medidas urgentes y efectivas para dotar al Teatro de una concha acústica apropiada. Y no se vale aducir falta de recursos si en estos mismos días se están gastando sumas importantes de dinero en un festival de las artes, que hace ya mucho tiempo perdió el lustre artístico de sus inicios en favor de un gigantismo ferial que únicamente beneficia a los proveedores de la parafernalia, quienes, al parecer, hasta se dan el lujo de boicotear el evento cuando les viene en gana.