Destacados cantantes Elevada concepción

 3 agosto, 2014
Voz. Carlos Almaguer (centro) protagoniza Nabucco junto con Carlo Colombara (de rojo) y Glenda Juárez. Rafael Pacheco.
Voz. Carlos Almaguer (centro) protagoniza Nabucco junto con Carlo Colombara (de rojo) y Glenda Juárez. Rafael Pacheco.

El profeta Jeremías, en sus largos y premonitorios lamentos, llamó al rey babilonio Nabucodonosor “el enemigo del Norte”. El plañidero oráculo veía en el ejército adversario un grupo militar organizado y numeroso, que amenazaba destruir la tradición hebrea, sus costumbres, su religión y su Templo.

Afirmaba Jeremías que el opositor no era otra cosa que un instrumento de la cólera divina y que estaba destinado a triunfar: el sagrado Templo sería destruido, los hebreos serían reducidos a la esclavitud, pero –al final de cuentas– prevalecería su carácter de pueblo elegido.

Desde que el derrotista oráculo espetó su primer sermón a los judíos en el Templo, transcurrieron tres años, al cabo de los cuales la profecía se cumplió inexorablemente, hasta en sus mínimos aspectos. Es este, suprimiendo detalles innecesarios, el marco histórico-conceptual de la gran partitura de las Early Operas (para utilizar la nomenclatura de Julian Budder) intitulada Nabucco , apócope de Nabucodonosor.

Se intercala en la trama operística, acaso inadvertidamente, el famoso sueño del Ídolo con pies de barro, cuyo desentrañamiento e interpretación corresponde –según el Libro de los Reyes – al profeta Daniel. En todo caso, la magistral metáfora ha sido siempre una lección para los gobernantes, que no deberían echar al olvido el carácter efímero de su poderío personal.

El montaje de la Compañía Lírica Nacional –con el concurso del Centro Nacional de la Música, el Teatro Nacional, la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Sinfónico– tuvo, al contrario del ídolo mesopotámico, los pies muy firmes.

Contó con la especial presencia de un grupo de tres cantantes cuyo aporte fue trascendental y eficiente: el mexicano Carlos Almaguer, el bajo italiano Carlo Colombara y la soprano Elizabeth Blancke-Biggs.

En particular, la intervención del barítono Almaguer –un fuera de serie de voz estentórea– agrupó sobre sí el desarrollo de una trama truculenta y complicada, según fuera diseñada por Temistocle Solera, autor del libreto.

Era muy niño este articulista cuando la potente y bella voz del catalán Joan Gual resonó en nuestro máximo escenario; desde entonces, no se escuchaba en la sala una voz de semejantes virtudes, unidas a un irreprochable manejo escénico. El barítono Almaguer, en el rol epónimo, se dio el lujo de cantar de pie, echado de lado, moribundo en decúbito dorsal; ubicado en la parte posterior de la escena o en el frente de la misma, e inalterablemente su voz sonora alcanzó los últimos límites del teatro.

Una inmaculada línea vocal fue exhibida por el bajo (para nosotros, bajo-barítono) Carlo Colombara. Su hermosa voz, de emisión muy italiana, se adaptó a los requerimientos del personaje de Zaccaria.

Al propio tiempo, tuvo la virtud de llenar la escena con movimientos simples y efectivos, propios del reverencial personaje. La soprano Elizabeth Blancke-Biggs asumió cabalmente el mortal rol de Abigaille –al decir de Jean-Pierre Rémy–, uno de los mayores destructores de voces del repertorio.

Las exigencias del personaje abarcan el equivalente de dos sopranos distintas en peso y en volumen. Blancke-Biggs cumplió con la faz dramática de la protagonista, aunque los aspectos líricos del rol evidenciaron una no tan cuidada línea vocal.

Los comprimarios fueron adecuadamente llenados por Glenda Juárez (Fenena) y David Astorga (Ismaele). Cuando escuchamos a la primera, hace más de diez años, nuestro instinto nos señaló la presencia de una de esas grandes voces que Costa Rica produce periódicamente.

Empero, el desarrollo de Juárez no ha cumplido las expectativas anunciadas: su voz sigue siendo bella, aunque aparenta haber reducido drásticamente su proyección. Nos atreveríamos a decir que ello es producto de un miedo sin fundamento de liberar una voz que permanece oculta, pero que deja entrever un material de primer orden.

El tenor Astorga, a quien no habíamos escuchado, nos hace formular un promisorio augurio, con la sincera recomendación de que escoja sus papeles y que, al menos por el momento, se mantenga en el repertorio lírico-ligero.

Sofía Corrales, aunque reducida escénicamente por la régie , cumplió solventemente con los requerimientos de Anna, haciendo destacar su natural musicalidad en los difíciles conjuntos vocales. Otro tanto podría decirse del tenor Ono Mora (Abdallo) y del barítono Andrés Gómez (Sacerdote de Baal), ambos jóvenes y prometedores intérpretes nacionales.

Pasemos al Coro, verdadero y principalísimo personaje de la ópera. El conjunto coral sonó equilibrado y coherente, sobre todo en los pasajes dramáticos de la composición. El lirismo atinente al Va, pensiero fue obtenido con buen acompañamiento orquestal, si bien por razones escenográficas el sonido escapaba entre bambalinas.

En todo caso, el comportamiento del grupo puede considerarse punto alto del montaje.

La Orquesta Sinfónica Nacional cumplió con los requerimientos de un organico (distribución de los instrumentos) verdiano y acompañó con soltura la producción vocal. Cabría señalar, empero, algunas inconsistencias de afinación, ostensibles en la Sinfonia y en el acompañamiento de la preghiera de Zaccaria. La clara batuta del italiano Elio Orciuolo solventó los problemas de comunicación entre el foso y el escenario, a la vez que obtuvo un correcto balance de sonoridades.

Inteligente y adecuado el diseño escenográfico de Fernando Castro. Las limitaciones de espacio del escenario del Nacional se ven potenciadas por la carencia de recursos acústicos que faciliten la proyección hacia el proscenio.

La bella escenografía de Castro solventó dicha dificultad, adelantando el límite escenográfico, si bien con demérito para el movimiento de masas. La dirección de José Medina optó por un movimiento coral al límite de lo convencional, e hizo bien.

Es obvio que Nabucco requiere un escenario de dimensiones considerablemente mayores y, acaso por ello, Medina optó por no complicarse la vida. El diseño de vestuario de Ana María Barrionuevo fue óptimo y sencillo.

Quien suscribe, testigo de la evolución de los montajes líricos en el país desde 1965, puede señalar con piedra blanca la producción de Nabucco, altamente profesional en sus intérpretes, y de una elevada concepción en su estética general. Al numeroso público operístico del terruño, este crítico extiende la recomendación de asistir y apoyar el esfuerzo de la CLN.