El Salón de la Fama del Rock and Roll lo incluyó como leyenda de la música en su primera edición, en 1986. Este ícono octagenario todavía no piensa en un adiós.

Por: Arturo Pardo V. 2 noviembre, 2014

La quintaesencia del rock and roll sigue de pie, sonriente y con la guitarra presta a ejecutar un solo en medio de Johnny B. Goode .

En definitiva, Chuck Berry no se retira.

En enero pasado se rumoró que su concierto número 200 en el club Duck Room de Blueberry Hill , en su natal pueblo de Saint Louis, sería el último de su carrera. Que aquel espectáculo redondo, en el lugar en el que se presenta una vez al mes, sería también su puerta de despedida.

Aquello no ocurrió.

El domingo pasado, cuando el estadounidense sopló 88 candelas, el rumor se desató de nuevo. Se decía que guardaría la guitarra y colgaría el quepis blanquiazul que lo acompaña en tarima desde hace varios años. No hubo adiós.

Actualmente el calendario de Duck Room le tiene reservada una fecha para los meses de noviembre y diciembre y solo falta la confirmación de Berry, quien está acostumbrado a vivir un día a la vez.

Joe Edwards, quien es el dueño del local, asegura no haber escuchado de la voz del cantante anunciando un posible retiro y tampoco ve acercarse la ocasión.

En enero pasado Berry fue enfático al decir que, a pesar de que ya no su voltaje no es el mismo de antes, su cuerpo todavía aguanta más conciertos, más aplausos, más interpretaciones de Maybellene o Roll Over Beethoven .

En febrero del 2012 | BERRY INTERPRETÓ JOHNNY B. GOODE EN LA BIBLIOTECA JOHN F. KENNEDY, EN BOSTON.
En febrero del 2012 | BERRY INTERPRETÓ JOHNNY B. GOODE EN LA BIBLIOTECA JOHN F. KENNEDY, EN BOSTON.

“Estoy agradecido por cada día que transcurre. Nadie es capaz de saber qué va a deparar el paso del tiempo, nunca sabemos cuándo este se acabará pero agradezco presentarme mientras me lo permitan; siento como que todavía van a seguir ocurriendo los conciertos por un tiempo más. Voy a seguir hasta que el gran hombre de allá arriba me deje. Tal vez hasta dé 200 presentaciones más”, comentó Berry en enero, cuando celebró sus dos centenares de shows en el Duck Room.

Su visita mensual en este espacio comenzó en 1996, cuando su carrera se tambaleaba sosteniéndose únicamente de su legado, de sus éxitos de antaño.

La idea de mantener una fecha fija al mes provino de Edwards, quien le ofreció un espacio similar al de los lugares donde se presentaba en los primeros días de su carrera, allá por 1954, cuando el rock and roll daba fuertes pisadas con pioneros como él a la cabeza.

Desde entonces Berry nunca ha abandonado Saint Louis. Ahí ha hecho raíces, de ahí provinieron los clásicos que lo han acompañado durante su recorrido musical que este año cumple seis décadas y parece no estar dispuesto a terminar todavía.

Inquebrantable

En mayo su pueblo lo vio con una pelota de béisbol en la mano; es más, lo vio arrojándola con fuerza, al hacer el lanzamiento de inauguración de un partido de los Cardinals de Saint Louis, en el Busch Stadium. La imagen era inspiradora.

Sin embargo en agosto su salud se vino abajo y le impidió asistir a la ceremonia de los Polar Music Prize , en Estocolmo, donde se le otorgó un reconocimiento a su legado. “Lamento ausentarme pero mi corazón está en Suecia; le agradezco al rey y a la familia real por otorgarme este premio”, escribió para excusarse.

El músico regresó al escenario al mes siguiente, sin se amilanarse por los golpes naturales de salud que conllevan sus 88 años de vida.

Pero él sabe bien que sus años mozos quedaron muy atrás. No intenta quitarse primaveras ni pretende engañar a nadie. Ya no es ningún jovenzuelo.

En el 2012 ya se confesaba al respecto sin tapujos: “Mi voz se fue, mi garganta está gastada y mis pulmones se vacían con facilidad”.

¿Y entonces? Eso es suficiente; todavía nadie lo baja de las tablas.

Gracias a su visita mensual, el Duck Room se convirtió en un sitio de peregrinaje para ver a quien muchos consideran “el papá del rock and roll ”.

Su espectáculo abre con una explosión de aplausos eufóricos y vienen los hits de ayer que todavía hoy resuenan con fuerza en el sistema de amplificación.

“Cuando eso ocurre, él abre una sonrisa tan grande como el recinto en el que está tocando; su adrenalina da patadas y por la siguiente hora de música él se olvida de cuántos años tiene”, le cuenta Joe Edwards al periódico St. Louis Today .

Es cierto que cada noche Berry se acompaña por una banda sólida que disimula las falencias de su guitarra o las notas altas que a estas alturas le es imposible alcanzar. Sin embargo nunca él se olvida de una letra. Él no sabe lo que es recurrir a un teleprompter o a un atril con “forros”. Si lo hiciera, no habría problema, la audiencia se lo perdonaría al inquebrantable padre del rock and roll .