Creció entre tractores y campos de algodón y terminó dirigiendo orquestas en todo el mundo. Carl St. Clair, director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, es un padre amoroso, que vive rodeado de música y disfruta como nadie los silencios

Por: Yendry Miranda 27 mayo, 2014
Jorge Navarro
Jorge Navarro

ymiranda@nacion.com

Detrás de su traje impecable y el poder que le da subir a un podio y conducir a una orquesta por las más elaboradas composiciones, Carl St. Clair se define como un hombre humilde, que tuvo la bendición de haber sido tocado por la música.

El nuevo director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional y discípulo del gran compositor y director Leonard Bernstein, es hijo de una familia de granjeros que se dedicaban a la siembra de algodón en Hochheim, Texas, un pueblo que, según cuenta, apenas tenía 35 pobladores a inicios de la década de los años 50.

Las bases de su formación musical se las dio su tía Litta, cuando él tenía seis años.

“Yo no crecí con música clásica ni con orquestas, así quienes realmente me influenciaron fueron artistas como Jim Morrison y The Doors. Me gustaba el blues de John Mayall , que era muy grande para mí; la música de Leon Russell, Joe Cocker, Erick Clapton”, aseguró.

Ella fue su primera maestra de piano, instrumento que toca hasta el día de hoy y que, en su adolescencia, lo llevó a ser tecladista de una banda de rock influida por el furor musical de los la década de los años 70.

“Yo no crecí con música clásica ni con orquestas, así quienes realmente me influenciaron fueron artistas como Jim Morrison y The Doors. Me gustaba el blues de John Mayall , que era muy grande para mí; la música de Leon Russell, Joe Cocker, Erick Clapton. También, me gustaba los cantantes de música folk , como Joni Mitchell”, aseguró.

Fue en sexto grado de la escuela que comenzó a tomar clases de trompeta, instrumento que años más tarde le abrió las puertas para obtener una beca para estudiar música en la Universidad de Texas. Nunca había considerado la posibilidad de ser director hasta que la vida misma lo llevó hasta esa posición.

“Fue tarde cuando me di cuenta de que quería ser director. Ya estaba muy avanzado en la universidad; quería ser trompetista profesional, pero necesitaba dinero para poder terminar la escuela y la única posibilidad que tenía era ser el asistente del director en la ópera. Recuerdo que hice dos o tres minutos de audición y el doctor Walter Ducloux me dio la oportunidad. Él fue un gran maestro para mí”, contó St. Clair.

Asumió su formación con gran responsabilidad y, cuando supo que quería ser director, se dio a la tarea de escudriñar hasta lo más profundo de las orquestas.

“Tomé lecciones de cada uno de los instrumentos que integran una orquesta. He estudiado por muchos años el violín, los instrumentos de viento, la percusión, el arpa, porque sabía que para ser director tenía que saber sobre todos ellos”, explicó.

Su esfuerzo y dedicación lo llevaron a convertirse en discípulo de Gustav Meier en la Universidad de Michigan y de Leonard Bernstein en el Tanglewood Music Center.

Con estos antecedentes, St. Clair logró dirigir en Bulgaria, Portugal , Suiza, Israel, Hong Kong, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Venezuela, Brasil, México y Estados Unidos. En este último país ha dirigido las prestigiosas Orquesta Filarmónica de Nueva York y la de Los Ángeles.

Plenitud. Entre música y familia, St. Clair tiene una vida en perfecta armonía a sus 61 años.

Se casó a los 40 años con Susan. Ocho años más tarde, se convirtió en padre de Siena y, dos años más tarde, llegó Cade.

Ellos son el centro de su vida y en quienes concentra todos sus esfuerzos a toda hora.

“No podría tener una carrera sin mi esposa Susan. Ella es la mamá y el centro de todo en nuestra familia; sin su apoyo y dedicación, esto no funcionaría. Nosotros celebraremos nuestro décimo noveno aniversario pronto y soy muy afortunado de tener alguien como ella”, destacó el artista.

Su exigente profesión le deja poco tiempo libre, por lo cual disfruta cada instante que puede estar con su familia.

“Cuando estoy en mi casa disfruto mucho conversando con mi esposa, llevando a mis hijos a sus clases de piano, béisbol y karate. Puedo decir que mi pasatiempo es tomar el tiempo para ser padre”, comentó St. Clair.

En familia, él disfruta mucho de salir a caminar, ir a la playa y surfear en las playas del sur de California, donde reside.

Su vida de conciertos, escenarios y aplausos la combina con momentos de descanso, en los que disfruta más el silencio que oír una emisora de música clásica.

En el único momento en el que no puede ceder es cuando comparte con sus hijos, pues, a sus 11 y 13 años, a ellos les gustan los artistas del momento.

“A los chicos les gustan todas las canciones populares que se escuchan en la radio hoy. Eso no es sencillo para mí, pero tengo que oírlas con ellos. No tengo problemas con el hecho de que escuchen todo tipo de música porque, desde pequeños, ellos han ido conciertos de diferentes orquestas y a las óperas; así que, en cierta forma, están muy expuestos a la música”, agregó.

A lo que definitivamente no logran sus hijos es llevarlo a los conciertos de sus artistas.

“Los conciertos tienen un sonido muy fuerte y debo cuidar mis oídos. La última vez que fui a un concierto fue cuando mi hija cumplió nueve años. Como vivía en Berlín la mitad del año, me perdí su cumpleaños, así que cuando ella vino a verme, yo le dije: ‘Siena tengo una sorpresa muy especial para ti, discúlpame por haberme perdido tu cumpleaños’, y la lleve a ver a Paul McCartney en asientos vip. Ese fue el primer concierto al que ella iba en su vida y, sabes qué es lo interesante, se sabía todas las canciones”, recordó.

Vegetariano, católico y amante de los momentos de tranquilidad, St. Clair llegará a los 62 años el 5 de junio.

Con la certeza instalada en su corazón, admite que su vida tiene tres pilares: fe, familia y amigos. Mientras tenga todo esto, lo demás en su vida vendrá por añadidura, afirma.