Upfront. Exposición de fotos de guerra realizadas por fotorreporteros de Iberoamérica muestran persistentes dudas sobre imágenes de violencia

Por: Fernando Chaves Espinach 16 septiembre
El conflicto egipcio ha sido retratado por fotógrafos como Andrés Martínez Casares. Fotos cortesía del CCE (Andrés Martínez Casares / Polaris.
El conflicto egipcio ha sido retratado por fotógrafos como Andrés Martínez Casares. Fotos cortesía del CCE (Andrés Martínez Casares / Polaris.

Una foto incluida en Upfront , de la fotorreportera Maysun, muestra el último momento a la luz de un hombre asesinado en Siria: su cuerpo iluminado por un foco, en el crepúsculo. Lo llevarán a una fosa común en el cementerio.

Otra imagen, de Rodrigo Abd, muestra a una madre maquillando el rostro de su hija, un cadáver herido de bala en la frente, en una funeraria clandestina. Así como tantas otras fotos en la exposición son momentos fugaces de humanidad, quizá los últimos, excepcionales en vidas atormentadas.

Upfront, estremecedora exhibición en la Galería Nacional (hasta el 24 de setiembre) reúne esta y otras 72 imágenes de 22 fotorreporteros de Iberoamérica, entregados a ese oficio ingrato de sumergirse en el conflicto para extraer imágenes tan urgentes como mal pagadas. No todas son capturas de conflictos bélicos, pues otros dramas como la migración, la pobreza extrema y el narcotráfico se tocan.

De frente

Una de las primeras preguntas que se hace el espectador de una fotografía de guerra es: “¿Debería estar viendo esto?”. La duda lleva implícita muchas otras: cómo es posible esta imagen; quién la hizo materializarse, por qué y cómo; a quién está dirigida; quién es el sujeto que la habita y me tiende la mano desde este rastro de luz.

Catalina Martín Chico muestra la vida de las residentes en un orfanato yemení. Cortesía del CCE.
Catalina Martín Chico muestra la vida de las residentes en un orfanato yemení. Cortesía del CCE.

Ninguna de las preguntas se responde fácilmente, lo cual no impide que con frecuencia se aventuren respuestas simplonas. Por ejemplo: el fotógrafo era responsable de dejar de lado su lente y atender al necesitado. Por ejemplo: es inmoral fotografiar el sufrimiento y ganar premios con ello. Sin embargo, la fotografía se resiste a las visiones toscas porque habita lo gris y lo difuso. Allí reside su potencia.

Upfront tiene el doble propósito de discutir las imágenes de conflicto que realizan estos fotógrafos y de recalcar el valor de su oficio. Plantea preguntas difíciles: ¿cuánto vale este esfuerzo; a quién le interesa esta labor; para quién se toman este tipo de imágenes?

Pasada la era de los fotorreporteros estrella, en la profesión muchos viven una época de migajas. Nunca habíamos consumido tantas fotografías como ahora ni las hemos retribuido tan mal.

Uno de los fotógrafos de Upfront falleció en una emboscada en Sierra Leona en el 2000. Eso no intimida a los fotorreporteros incluidos, quienes se lanzan a reconocer al otro, a reconocerse en él, dialogar por medio de una imagen y hacer de ella un espacio compartido entre humanos. En la era del asesinato despersonalizado por medio de los drones y la “precisión táctica”, es un gesto radical.

Al contemplar imágenes presentes en Upfront , como la de un herido por ataques con gas en Yemen (de Catalina Martín Chico), nos coloca ante el necesario reconocimiento en la humanidad compartida con ese sujeto fotografiado, con sus ojos desorientados y su cuerpo frágil.

Exigen así una toma de posición, una reactivación política de nuestra relación con la foto –algo que ha explorado Ariella Azoulay en El contrato civil de la fotografía y Civil Imagination –.

Más que mera “evidencia”, siguiendo a Azoulay, fotos así nos obligan a cuestionarnos qué dice esa imagen sobre nuestra coexistencia con ese sujeto, qué implicaciones políticas tiene eso –y por qué ciertos sujetos en ciertas zonas no aparecen y otros sí–. Es doloroso y necesario afrontarlo.

Frente a la actual inundación de imágenes –monetizadas, lavadas de contenido político, mezcladas la foto pornográfica y la compasiva– recuperar esa mirada política impide que perdamos de vista el sufrimiento que millones padecen a diario. El mejor fotorreportero tiene la capacidad de defender esa postura desde la línea de fuego. Nos pide acompañarlos a él y a su sujeto.

Pertenencias de Miguel Gil Moreno, corresponsal de guerra emboscado en Sierra Leona en el 2000. Jeffrey Zamora.
Pertenencias de Miguel Gil Moreno, corresponsal de guerra emboscado en Sierra Leona en el 2000. Jeffrey Zamora.

El filósofo Georges Didi-Huberman escribe en Pueblos expuestos, pueblos figurantes que vivimos en la singular época en que coexisten la sobreexposición y la subexposición de los pueblos, los “rostros velados” y los “rostros borrosos”.

“La subexposición nos priva sencillamente de los medios de ver aquello de lo que podría tratarse”, dice el pensador; basta con no enviar al fotorreportero a registrar una injusticia para que esta tenga posibilidad de “quedar impune y, así, alcanzar su objetivo”. “Pero la sobreexposición no es mucho mejor: demasiada luz ciega”, advierte.

Expuestos a los focos de la telerrealidad perpetua que habitamos, creen brillar, pero ese pueblo “pronto llorará, apiadado de sí mismo –siempre bajo contrato, perdedor programado– antes de desaparecer en los cubos de basura del espectáculo”. Ofrecidas así, como espectáculo, las imágenes de su sufrimiento pasan de temporada.

“Por un lado, los rostros en guerra santa destinados a la explosión y la llamarada; por otro, los rostros en santa apatía destinados a la implosión, la ceniza de los pixeles o de la nieve electrónica”, contrapone Didi-Huberman con singular agudeza.

Como una forma de resistencia a esa dispersión poco atenta (poco humana), una exposición como Upfront muestra la alegría y la ira, el miedo y la compasión. Lo que somos, sin ver hacia el otro lado.

Este martes 19, a las 6 p. m., se celebrará ‘Fotoperiodismo: un oficio extremo y un golpe de realidad’ con visita guiada y conversatorio.