Maureen Vargas

 26 abril, 2015

Edgar E. Gutiérrez E. ministrominae@minae.go.cr

En su libro Danzas del bosque , Maureen Vargas combina valientemente tres vertientes que la posmodernidad ha desdibujado: la pedagogía aplicada de una forma creativa y empática, el homenaje a lo ancestral y a la sabiduría de los antepasados y los mayores, y la cada vez más lastimada visión de la conservación de los recursos naturales.

Como libro orientado a la concientización sobre la protección de los recursos naturales y dirigido al aprendizaje por parte de las niñas y los niños, la autora reivindica la abandonada técnica de la pedagogía creativa, del abordaje del conocimiento mediante la narrativa, la creación literaria, la creación de bellas historias y elementos ficticios que atrapan la atención de los niños, permiten el fluir de su imaginación y estimulan el sentido lúdico de la adquisición del conocimiento.

En esta época, temas vitales –como los que trata este libro– no logran ser suficientemente interiorizados por las nuevas generaciones, en buena parte debido a las falencias visibles del sistema educativo, que tiende a despreciar el valor del arte y la creación en la dinámica del aprendizaje.

Por esto, siempre es refrescante encontrar esfuerzos orientados a trocar la tradición insípida de la tiza y la pizarra por una en la que quien aprenda sea su propio maestro y disfrute del conocimiento que se va adquiriendo.

No en vano nuestros ancestros privilegiaban la técnica de la narrativa oral para trasmitir la sabiduría de las comunidades y sus enseñanzas; prueba de su eficacia es que muchas de estas enseñanzas han logrado superar el devastador paso del tiempo para instalarse permanentemente en la conciencia colectiva mediante la repetición cotidiana de dichos, leyendas y refranes.

Al respecto, es curioso cómo la autora rescata de forma paralela la técnica de la narrativa pedagógica con la emulación y el homenaje hacia la figura de lo ancestral, de los antepasados.

Hay en su libro dos personajes clave en la transmisión del conocimiento y aprecio por la naturaleza, el abuelo y los pueblos indígenas. La sabiduría es encarnada en estos dos personajes, quienes aportan una lección: la necesidad de mirar el pasado, de identificar aquellas costumbres perdidas que aportaban al equilibrio de las poblaciones, a tener respeto por las costumbres de nuestros pueblos originarios, a aprender de nuestros abuelos y antepasados los consejos necesarios para transmitir a las nuevas generaciones.

La voz de la naturaleza
La voz de la naturaleza

Esta temática se entrelaza de una forma mágica con la puesta en escena de la naturaleza como el personaje omnipresente, que va siendo descubierto taciturna, lenta, detallada y descriptivamente a lo largo del libro.

La naturaleza como personaje se va aclarando de una forma casi imperceptible, envolviendo al lector justamente en el rol del niño que descubre, que siente, que vive la naturaleza por primera vez; del infante que, de la mano de la figura tierna del abuelo, se adentra en las maravillas del bosque y descubre la magia que esconden los recursos naturales; y que, en un cómodo encuentro con pueblos conscientes de la urgencia de la protección del entorno, es capaz de crear su propia conciencia de conservación.

De tal modo, una vez que ha tomado pleno conocimiento de la importancia de la naturaleza, una vez que ha escarbado en la memoria de destrucción que le contaron sus antepasados, una vez que se siente consciente del nuevo conocimiento que tiene en sus manos, el niño se enfrenta a la disyuntiva entre ser héroe o villano, en elegir bajo cuál de las dos máscaras decidirá de ahora en adelante marcar sus pasos.

En esa simple metáfora se resume la finalidad de la educación ambiental: conocer la naturaleza para decidir el rol que se desempeña en su conservación, para marcar legado en la dirección heroica de preservar el futuro y el goce de los que vendrán.

El libro cumple una labor loable de reubicar estéticamente conceptos olvidados, como el “buen vivir” de los pueblos indígenas, y el eterno referente de la Madre­Naturaleza que nos abriga, que nos sacia la sed, que nos nutre de frutos y nos alberga.

“El bosque nos habla”: en esta frase se traduce justamente el mandato que tenemos los seres humanos de escuchar el clamor de la naturaleza, el derecho que tenemos también a hacer un pleno disfrute de los beneficios y paz que nos brinda un ambiente armónico y de entender, como se dice en una carta atribuida al jefe Seattle y dirigida al presidente de los Estados Unidos, que la tierra no pertenece al hombre (y a la mujer), el hombre (y la mujer) le pertenecen a la tierra.

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El libro ha sido publicado por la Editorial Costa Rica.