Por: Víctor Hurtado Oviedo 11 enero, 2015

Los museos de cera fueron esos lugares sombríos donde se presentaba a los impresentables. Las masas tumultuosas pagaban dinero para verlos pues siempre era más saludable encontrarse con Jack el Destripador hecho de cera que hecho en persona: en este caso, quienes habríamos quedado de una sola pieza habríamos sido nosotros. Se cree que Jack era impaciente pues, a preguntas punzantes, daba respuestas cortantes. Lo suyo era el diálogo de uno.

Los tiempos cambian pues esto también es lo suyo. Los museos de cera ya no son esos macabros rincones de antes, donde se arrastraba a los niños que no querían tomar su sopa, sino museos del presente, con músicos pop , actrices y futbolistas, y con personajes de la nobleza que hacen en cera lo mismo que en la realidad: nada.

En los museos de cera, a la estatua de Julio Iglesias solamente le falta cantar, como en la realidad. Hay gente que se derrite por aparecer en un museo de cera.

Por supuesto, los museos de cera no son los únicos museos a los que podemos ir atraídos por el arte y empujados por la lluvia.

El escritor Francisco Umbral urdió un libro titulado Museo nacional del mal gusto (1976), en el que propuso eternizar los bigotillos, los niños disfrazados, la brillantina y las bolsas de agua caliente, entre otros engendros de una estética que se ha fugado de la razón sin tornarse dadaísmo.

Todo puede actualizarse –como la fe de los electores, una de las energías renovables–, de manera que los museos del mal gusto podrían incorporar una sección de selfis. Se expondría así el selfi que nos tomamos en una playa mientras comíamos un huevo duro en la arena y con arena, vestidos con un traje de baño fucsia, zapatos negros y medias marrones.

Los museos tienen su historia; esta comienza con los gabinetes de las maravillas, que –como su nombre lo indica– no son gabinetes ministeriales. Aquellos eran habitaciones de viejos caserones nobiliarios en los que algún marqués excéntrico guardaba exotismos, como dientes de narval más cabezas reducidas y sonrientes.

El perínclito Thomas Jefferson también cultivó aquel capricho en su mansión de Monticello, y uno de sus orgullos fue un fósil de Megalonyx (“uña grande”: como si dijésemos “político corrupto del Pleistoceno”), un enorme bisabuelo de los osos perezosos.

Gracias al Megalonyx , Jefferson refutó al naturalista francés Buffon, para quien no hubo grandes animales en América (Antonello Gerbi: La disputa del Nuevo Mundo, cap. V). A Thomas le hubiese gustado saber que el Argentinosaurus fue el dinosaurio más grande cuya existencia se ha confirmado (Leonardo Moledo: El último café de los científicos, cap V, 1).

Ironía de la historia –o de la prehistoria–: ni Jefferson ni Buffon acertaron: el tamaño puede ser insignificante para la sobrevivencia. Todos los mamíferos derivamos del euterio, un sutil animalito al que los dinosaurios no miraban ni para despreciarlo.