Por: Víctor Hurtado Oviedo 5 julio, 2015

Los loros son animales de palabra. Los loros no entienden lo que pronuncian, según las malas lenguas. El loro es la manera que nuestra voz ha encontrado de mirarse en el espejo.

El loro nos caza la palabra al vuelo. El loro es la grabadora que inventó la evolución de las especies. La monotonía del loro evoca a los invitados que no saben cambiar de tema. Los loros no repiten todo lo que decimos porque la naturaleza es muy sabia.

En su estado natural, en sus árboles silvestres, los loros no hablan, pero, igual, se van por las ramas: parece que han aprendido otras cosas de nosotros.

Cuando los loros aprenden a hablar, los encerramos en jaulas porque saben demasiado de nosotros. Un loro es un disco que se rayó en la misma palabra ajena: en esto se parece a los fanáticos.

Por más que nos oiga hablar, el loro no aprende a mentir. El loro nunca miente; lo que pasa es que responde lo mismo aunque le cambien las preguntas; a este paso, el loro pronto irá a declarar ante comisiones investigadoras.

El loro es apolítico, aunque frecuenta la mordida y trepa.

Si un loro fuese político, también pediría que le repitan la pregunta, aunque el loro lo haría para imaginar una respuesta.

El loro es tan ingenuo que no espera dinero cuando empeña en palabra. Dentro de su jaula en forma de cúpula, el loro es un semáforo que se quedó en verde.

Después de un rato de repetir y repetir palabras para que un loro las aprenda, ya no sabemos quién repite para que aprenda el otro.

Les importamos tan poco, que los loros aprovechan nuestra presencia para hablar solos. El loro está mal informado: dice siempre lo mismo y les extiende la pata a todos porque ignora que ya pasaron las elecciones.

Lo loros dicen tan pocas palabras, que deberían pronunciar los brindis: al menos el loro, sabe cuándo debe cerrar el pico.

Apena ver que, con el pico, bajo las alas, el loro busca el papel del discurso que se le olvidó en la casa. En los brindis, el arte de la oratoria consiste en demostrar que no se ha venido preparado.

Toda la tradición nos ha enseñado que los loros y los papagayos –y especies similares– solo repiten lo que oyen, sin entenderlo.

Empero, es misterioso que dichos animales solamente imiten las palabras del ser humano y no los sonidos de otras especies. Naturalmente, loros y papagayos emiten sus propios sonidos, con los que se entienden entre sí.

La etóloga Irene Pepperberg aprendió a hablar de loros gracias a uno de ellos, Alex. Juntos, lograron que Alex creara frases para expresar ideas y emociones (“Ven aquí, “Lo siento”) usando unas 150 palabras (Tere Vale: ¿De qué se ríen las hienas?, cap. IX).

No es, pues, que loros y semejantes solo puedan repetir palabras tontas: es que no sabemos comunicarnos con ellos. Cuando los minusvaloramos, los loros hablan poco: tal vez porque se cansan ellos antes que nosotros.