Por: Víctor Hurtado Oviedo 12 octubre, 2014

No es que el camello mueva así la boca porque esté rumiando: es que tiene algo feo que decirnos y no encuentra cómo. El camello es un hombre de mucho tacto, y eso que las arenas del desierto de las películas son ardientes y han llevado a la evolución (que nada tiene que hacer y por esto se dedica a cambiar los muebles de la genética) a dotar al camello de pies cubiertos con babuchas que suscitarán la envidia de las llamas cuando se enteren.

No es que el camello sea indiferente a las angustias del ser y la nada neocontemporáneos; es que el camello es muy alto, y por esto toma mucha distancia de las cosas.

Pensativo como siempre, don G. W. F. Hegel decía que “el gato es un animal filosófico”, en lo que estamos de acuerdo con él, pero solo en eso. No obstante, a don Jorge Guillermo Federico se le olvidó mencionar al camello, de faz hierática y meditabunda, quien es también un animal filosófico pues se toma todo con apacibilidad – Séneca ruandante en las dunas del Sáhara–.

Empero, comprendamos a Herr Hegel pues no es casi lo mismo tener, en casa, un gato o un camello. En el instante en el que el camello se suba a nuestro regazo, se habrá acabado otra hermosa amistad.

El camello sí sabe que no hay nada nuevo bajo el Sol. Si fuese jurado de poesía, el exigente camello declararía desiertos los concursos.

Cual si fuera objetable ministro, cuando anda, el desértico camello siente que se le mueve el piso.

El camello lleva dos jorobas, que van juntas, una tras otra, y nunca se alcanzan por uno de esos misterios de la física; mas, eso sí, en el medio suele habitar un beduino. El beduino es el chofer de la buseta del desierto, y las dunas son las nubes de arena que ha bronceado el Sol.

Sin embargo, el camello no es el único trashumante de la arena; hay un primo de él, llamado dromedario , nombre que deriva del griego dromos , “carrera”, así como hipódromo es “carrera de caballos”.

Como se sabe por las películas, los camellos muestran dos jorobas, y los dromedarios solo una, de modo que podría decirse que los camellos son el sedán de los desiertos, y los dromedarios, el cupé .

El dromedario viene equipado asombrosamente; por ejemplo, tiene párpados que se mueven de lado a lado para bloquear la arena. Asimismo, no suda, pero puede modificar su temperatura de 11 °C a 34 °C, lo que podría matar a un ser humano, según nos cuenta Eric Chaline en su ameno libro 50 animales que han cambiado el curso de la historia (realmente, no trata de políticos).

Las jorobas del camello y del dromedario concentran la grasa del individuo pues, de distribuirse por el cuerpo, mataría al animal, acosado por el calor del desierto.

Llama la atención que, con tan pocas palabras que nos dicen, los fabulosos camélidos nos enseñen tantas cosas, como la maravillosa adaptación de los seres vivos a sus entornos natural y hasta urbano.

Sin quererlo, los creacionistas confirman la verdad de la teoría de la evolución de las especies pues solamente la evolución de las especies –que ya lo ha inventado todo– pudo inventar a los creacionistas.