Por: Víctor Hurtado Oviedo 20 julio, 2014

La tortuga es la distancia más larga entre dos puntos. No hay cómo subirle la autoestima a una tortuga porque todas las críticas la alcanzan. La tortuga prueba que uno nunca aparece temprano si dispone del suficiente tiempo para llegar tarde. La tortuga es como ese compañero que siempre llegaba tarde porque vivía a la par de la escuela, y quien se tornaba en el objeto de la justa envidia general porque los otros –quienes vivíamos más lejos– debíamos levantarnos mucho más temprano para llegar tarde.

Se suscitaba así el surgimiento de niños rebeldes, que crecían con hambre y sed de justicia, pero que se calmaban con un chocolate.

En el oceáno
En el oceáno

El colmo de una tortuga es salir movida en las fotos. Algunos señores muy formales –como don Charles Darwin, tan calvo y victoriano– encuentran placer en subirse a las grandes tortugas para que los paseen: vano empeño pues los paseos en tortugas son como los vicios porque no llevan a ninguna parte.

Es de muy mal gusto subirse a una tortuga y gritar cuando ella empieza tomar una curva. Las tortugas son los carteros de las buenas noticias. Si, en vez de pensar en Einstein, la luz hubiese visto una tortuga, no habría encontrado la necesidad de ir tan rápidamente.

Las colonias de tortugas son los cementerios de los tiempos muertos. Las tortugas tienen alma de expediente, y viceversa. Habría que pedir que el Juicio Final empiece con las tortugas. La tortuga es tan lenta que, a fin de ser virtuosos, lo mejor es que elijamos a la tortuga para andar en malas compañías.

Junto a su rapidez inversa, las tortugas exhiben la notable cualidad de ser longevas, a diferencia de la gente. Muchas personas hemos perdido ya la esperanza de ser longevas pues a nuestra edad ya lo hubiéramos sido.

A la vez, se ha perdido la cuenta de los años que tienen las tortugas porque toda la gente ha nacido después que ellas. Se cree que pueden llegar a los 300 años de vida, aunque esto no ha ocurrido aún pues todas las tortugas se han muerto antes.

La tortuga más longeva y conocida fue Tui Malila, del género Geochelone radiata: ella nació en 1777 y murió con 188 años en 1965 sin decir una sola palabra. Tui se ha erigido en la santa patrona de los citados por las comisiones investigadoras.

Aquiles le ganó a la tortuga, pero ¿de qué le sirvió todo eso si, por último, igual lo mató Paris?

Aunque lenta, la tortuga llegó antes que nosotros. El filósofo costarricense Fernando Araya recuerda (La magia del conocimiento, cap. I), que, para los antiguos indios, la Tierra se sustentaba sobre cuatro elefantes instalados sobre una tortuga que flotaba en un mar de leche. Lo que no podemos imaginar es el tamaño de la vaca.

Sub voce Tortuga, el Diccionario de símbolos de Eduardo Cirlot nos induce a creer que la tortuga representa la pesantez, la involución y el materialismo reptil. No; a la inversa, la tortuga es símbolo de la meditación y el pacifismo: con su casa a cuestas, nunca se ha metido en casa ajena. Es un animal filosófico. El problema con la tortuga es que su mirada no nos toma muy en serio.