La novela toca la historia social y también los mitos de la cultura popular.

 25 octubre, 2015

Carlos Cortés carloscortes@racsa.co.cr

Cómo ríe la luna , situada en la década de 1930, es una de las pocas novelas costarricenses que ponen a dialogar el adentro y el afuera de nuestra identidad literaria. En esta encrucijada, narrativamente lograda, el relato se convierte en un mapa que comunica “el lado de allá” (Limón y el Caribe) con “el lado de acá”, el valle central, centrándose en la ciudad de San José y en el triángulo que formaron los barrios La Dolorosa, El Pacífico y La Soledad (paseo de los Estudiantes), a través de un palpitante retrato de las clases emergentes, de la cultura popular de la primera mitad del siglo XX y del clima ideológico anterior a la reforma social de 1940.

En correspondencia con el aliento de verosimilitud que trasuntan sus páginas, lo que hace tan atractiva esta primera novela de Vernor Muñoz es la estructura, que mezcla hábilmente elementos de novela epistolar, literatura social, intriga política y trama de misterio.

Ese entramado le permite contar una historia compleja, centrada en tres parejas de protagonistas –y una mulata evanescente–, y situarla en una red de múltiples personajes, subtramas, escenarios, conflictos y debates políticos.

Si la generación de escritores de la que forma parte Muñoz ya se ha ocupado extensamente de la decadencia urbana de San José, Cómo ríe la luna comprende otro momento narrativo, que no pretende volver los ojos al pasado desde el registro de la nostalgia o de la descomposición, sino recuperar la densidad de un mundo perdido, recreado con profundidad en sus sensaciones, imágenes, clases sociales e ideas.

No hay nostalgia en las páginas de Cómo ríe la luna, sino un universo propio que se entreteje con la perspectiva histórica y cultural que tenemos de un pasado casi imaginario, anterior a la Costa Rica moderna, pero con claros rasgos de modernidad.

El mapa, que incluye la cuidada edición de Uruk, es un recurso para recuperar los trazos de una ciudad que, antes de la autocanibalización que experimentó desde las décadas de 1950 y 1960, era comprensible en sí misma, en un lenguaje arquitectónico y urbanístico coherente.

Cómo ríe la luna recorre la historia social costarricense, desde la lucha por el sufragio femenino, el nacimiento del Partido Comunista, la mítica huelga bananera de 1934 y las persecuciones contra la oposición en la última administración de Ricardo Jiménez, hasta la promulgación del salario mínimo y la influencia de los intelectuales y de los escritores en el espacio público.

Muñoz indaga en el tejido social y humano a partir de una brillante caracterización de personajes y ambientes ideológicos, arduamente investigada y cuidado-samente urdida en los entresijos de la intriga principal y de la verosímil reconstrucción de época.

Leyendo esta novela es posible asomarse al umbral de la década de 1940 y comprender de otro modo los conflictos que desarrollan las grandes novelas de la tradición realista costarricense, como Mamita Yunai (1941), de Calufa, y Puerto Limón (1950), de Joaquín Gutiérrez, que acompañaron la reforma social, la guerra civil y el advenimiento de la Costa Rica moderna.

La dosificada indagación de la violencia política, tan marginal en nuestra historia literaria, cuando no se habla de la otredad –Limón y sus movimientos sociales–, es el resultado de un discurso literario denso y bien hilvanado, en que los personajes hablan por su propio y rico universo humano y s ociocultural.

Cómo ríe la luna reconstruye una ciudad pletórica de espacios de socialización y lugares de encuentro y conversación, que iban de La Mata de Tabaco y La Eureka, cerca del Mercado Central, a Las Pavas, en un microcosmos que permaneció casi inalterable hasta la urbanización de la hacienda Rohrmoser.

Inmerso en este mundo, el relato sabe extraer una fibra vital que nunca decae y que entremezcla la intimidad personal de sus personajes con el trasfondo político, social y cultural de la época.

Una mención aparte merece el acercamiento a la cultura latinoamericana surgida de la revolución mexicana y la edad de oro de la radio costarricense, al evocar las voces y programas de las legendarias emisoras Alma Tica, Titania y La Voz de la Víctor, por donde discurría la vida cotidiana de la sociedad josefina.

Ese periodo, dominado por la popularidad de la canción ranchera, el cine mexicano y el tango –como indica la cita del título de la novela–, es inolvidable y está tan vivo hoy como la evocación que se hace de Carlos Gardel y de su esperado viaje a Costa Rica.