Por: Víctor Hurtado Oviedo 22 marzo, 2015
Premios Áncora 2013-2014
Premios Áncora 2013-2014

​¿Cómo empezó el arte? ¿Por qué, hace unos 35.000 años, comenzó a levantarse de su lento sueño de siglos? Nadie es tan antiguo como para saberlo: ni siquiera los más ancianos de hoy porque todos solemos envejecer hacia el futuro, de manera que los​ ancianos viajan en el tiempo con nosotros.

Los periódicos de aquella época no nos sirven porque no existían; lo que hay son hipótesis: o sea, esa palabra que los científicos usan cuando traducen “quizá” al griego para ganar tiempo.

Una hipótesis viaja a visitar al Homo heidelbergensis, una especie homínida que ya no existe, pero que en sus buenos tiempos se dedicaba a manejar el fuego.

El hombre de Heidelberg se durmió sobre sus laureles en la noche de los tiempos, pero estas cosas no deben hacerse pues la evolución de las especies pasa por el lado, y resulta que, cuando uno se despierta, ya es una especie extinta y, para visitar a algunos primos, uno debe ir a los museos. Esto se aprende con la experiencia, aunque lo malo es que, cuando vivimos extintos, la experiencia ya no nos sirve para nada.

El Homo heidelbergensis vivió cerca de la ciudad alemana incursa en su nombre hasta hace unos 250.000 años. Se cree que tenía nociones de canto y danza, según nos ilustra el periodista científico Chip Walter en su libro El último superviviente (cap. VII), que no trata de la crisis económica europea, sino del Homo sapiens: única especie homínida que aún camina sobre el teatro del mundo para recibir los aplausos de la evolución, cuando ya se han ido, por el foro, las otras 27 especies que nos precedieron en busca del progreso, que era algo así como sueño americano de la prehistoria.

En aquel tiempo, la danza daba sus primeros pasos, y la gente que escuchaba un coro se asustaba pues pensaba que oía voces.

Después, hace 100.000 años, el Homo sapiens creó talleres de pintura en las cuevas de Blombos (Sudáfrica). El arte fue caminando así, lentamente, pero ¿cuál fue el “milagro” ocurrido hace unos 35.000 años en Europa? Apareció lo que el biólogo Edward O. Wilson llama la “explosión creativa” (La conquista social de la Tierra, cap. XXVI).

Casi de pronto, en cuevas de Francia y España se pintaron figuras de animales y escenas de caza, obras que no fueron entonces arte, pero que lo son ahora.

Hoy, la revista cultural Áncora desea reconocer algunas de aquellas excelencias que ha dado nuestro país en doce ámbitos de la creación cultural.
Hoy, la revista cultural Áncora desea reconocer algunas de aquellas excelencias que ha dado nuestro país en doce ámbitos de la creación cultural.

En aquel mundo del Paleolítico Superior se multiplicaron las pequeñas esculturas religiosas, que llamamos “Venus”; proliferaron flautas y objetos de percusión; los tejidos se estilizaron; se fabricaron joyas, y las ceremonias religiosas se tornaron más complejas. Los idiomas deben de haberse vuelto más precisos para acompañar, con su coro de palabras, el ascenso de una nueva cultura. Todo fue como pasar del blanco y negro a los colores.

“Milagro” es el nombre que da la religión a una sorpresa mientras la ciencia no aparece, pero la ciencia sugiere ya que los orígenes físicos del arte tal vez se hayan debido a un cambio cerebral producido por una falla en el gen MCPH1 (Michael Gazzaniga: ¿Qué nos hace humanos?, cap. I).

El “error” desarrolló zonas del cerebro que hasta entonces no eran muy complejas; no creó el arte, pero dio el pase necesario para que los seres humanos hicieran lentamente sus propios milagros, que hoy llamamos “artes” y “ciencias”. La pregunta, pues, no sería: “¿Por qué hicimos artes y ciencias?”, sino: “¿Cómo habríamos evitado hacerlas?”.

Las artes y las ciencias son hijas de una necesidad personal, extraña, que ni los artistas ni los científicos pueden realmente explicar, pero también son el resultado de un juego colectivo del que sobresalen excelencias.

Reconocimiento. Con los premios que otorga cada dos años, la revista cultural Áncora desea reconocer algunas de aquellas personalidades que ha dado nuestro país en doce ámbitos de la creación cultural.

Hay muchas más, por cierto, pero en esas personas permítasenos recordar la curiosidad, el ingenio y el trabajo de los costarricenses y, de paso, el esfuerzo de una especie que supo aprovechar la oportunidad que un accidente natural le regaló en un instante, cuando empezó a amanecer la noche de los tiempos.