Por: Víctor Hurtado Oviedo 19 julio, 2015

El narcisismo es el defecto de amarse demasiado que tienen los demás. Los demás son los envidiosos que ansían convertirse en nosotros, pero ya no pueden porque nosotros llegamos antes.

Tales locuras del amor propio vienen a cuento del cuento de Narciso. Este joven era hijo de una diosa griega, pero ello no significaba algo especial en la vida cotidiana del monte Olimpo ya que, al dar la vuelta a cualquier esquina de nubes, uno se encontraba con el dios menos pensado; por ejemplo, con Apolo, quien iba sobre un carro de cuatro caballos (los doscientos llegaron después, con la tecnología alemana).

De paso sea dicho, Marte fue el primer dios que manejó con casco, aunque entonces no se llamaba Marte (nombre latino), sino Ares. Los dioses griegos se cambiaban de nombre como si estuviesen llenos de deudas.

Apolo tocaba la lira, y es una lástima que no se conserven grabaciones de él porque los únicos discos que había los lanzaban en las olimpiadas, y luego daba pereza ir a recogerlos. Muchos discos caían sobre Troya, con la consecuencia lógica que conocemos; y es que no podía ser que la gente saliera a preguntar por Helena y recibiese discos voladores.

Apolo fue una celebridad mediática pues ofrecía recitales de lira. Al trotar de los siglos, se formó el grupo de los admiradores de Apolo; es decir, los apolíticos.

Con los años, los apolíticos resultaron ser quienes no se meten en política para que quienes sí se meten en ella se metan con ellos.

El apolítico es el sentimental que siempre llora sobre la leche derramada. El apolítico solamente ejerce el derecho al voto cuando se queja. El apolítico cree que los otros harán mejor las cosas, aunque se equivoquen, y esto es precisamente lo que hacen.

Volviendo al autosuficiente Narciso, diremos que ganó todos los concursos de belleza de la Hélade antes de que impusieran las rondas de preguntas pues la belleza no lo es todo, especialmente en los concursos de belleza.

Entonces comenzaron las preguntas difíciles, como una sobre dónde ocurrió la guerra de Troya. También se producían graciosas confusiones, como la del joven que aseguró que el mar Caspio se tornó blanco con la edad.

Narciso se enamoró de sí cuando se vio reflejado en un río, y, por querer ir a abrazarse, se ahogó. Aunque se condena el narcisismo , el mirarse mucho en un espejo puede enseñarnos verdades.

Así, el psicólogo Gordon Gallup descubrió que los chimpancés se identifican cuando se ven en un espejo: tocan una mancha que se les puso en la frente sin que lo advirtiesen (Marco Iacoboni: Las neuronas espejo, cap. V).

Unos diez mamíferos superiores (como los delfines y los elefantes) se identifican; es decir, tienen alguna conciencia de sí, del yo. No somos, pues, los únicos en sentirla, pero somos los únicos que nos enamoramos de nosotros mismos, como si el amor propio fuese el único correspondido.