6 septiembre, 2015

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Por alguna razón, los unicornios siempre ganan las carreras de caballos en las que participan. Se ha investigado mucho la causa de esta “ventaja comparativa”, como dicen los economistas, aunque todas las ventajas son comparativas. Se ha intentado entrevistar a los unicornios, pero ellos “declinan ofrecer declaraciones”, cual escriben los chicos de la prensa cuando algún diputado sospechoso se niega a confesar.

Empero, cierta vez, un unicornio intentó revelar la causa de su ventaja en las carreras, mas no se le prestó mucha atención pues él era solo un desconocido que exigía mantener su anonimato.

Un desconocido anónimo es más redundante que el sulfuro de azufre. Un desconocido anónimo es la redundancia de la nada; es como el Hombre Invisible que cuidase su derecho de imagen. Si actuara en política, el Hombre Invisible sería un ejemplo de transparencia, pero lo que todavía molesta del Hombre Invisible es que, cuando fue ministro, nunca dio la cara. Debió pensarlo bien porque los malos hábitos se contagian.

Analizando muchas investigaciones sobre lo que no existe, se ha comprobado que la ventaja del unicornio en las carreras consiste en el cuerno que portan, como su nombre indica (unicornio = un cuerno). En su Diccionario de mitología , José Albert de Paco asegura que, según el griego Ctesias , el cuerno unicórneo medía 45 centímetros, pero de los de antes.

En todo caso, los unicornios son buenos maestros de filosofía racionalista pues nos comprueban que solamente podemos imaginar seres compuestos de piezas que hemos visto por separado.

En la antigua América no hubo caballos ni cuernos, de modo que nadie puedo inventar unicornios. Tampoco podemos imaginar una cuarta dimensión ni colores que no hemos visto. Los cielos y los infiernos se parecen sospechosamente a nuestros barrios conocidos.

Todas las ideas nacen de la experiencia; no hay ideas innatas. Solamente nacemos con instintos (materno, compasivo, agresivo, etcétera). La evolución nos los ha regalado para que sobrevivamos a nuestra innata ignorancia, que nos acompaña desde la cuna sin ganas de soltarnos.

Casi todos somos plebeyos en el reino de la imaginación, pero algunos afortunados –o desafortunados– han sufrido experiencias místicas: ver ángeles, diablos y luces, cursar túneles, oír voces, desdoblarse o levitar. ¿Qué hay de cierto en estas falsedades?

Los científicos nos apagan la música en la fiesta de las ilusiones: nos dicen que tales experiencias místicas pueden derivarse de tumores cerebrales, de una epilepsia producida en el lóbulo temporal derecho del cerebro, o pueden deberse a estimulaciones eléctricas del hipocampo (Oliver Sacks: Alucinaciones , cap. VIII; Francisco Rubia: La conexión divina , cap. VII). En la cirugía del cerebro, las salas de operaciones suelen ser los aeropuertos de esos viajes imposibles.

Sabemos que el unicornio no existe, pero tal vez esto solo pruebe que nadie lo ha capturado. El arte es el único reino donde la imaginación tiene derecho a los más hermosos desvaríos.