Por: Víctor Hurtado Oviedo 22 febrero, 2015

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

En noches de ronda, el escritor y el filósofo salían en busca de alguna botella-reliquia del anís Machaquito que les calentase las almas en los amaneceres de invierno. Eran noches frígidas, álgidas y níveas, y cualquier otro típico término esdrújulo que congele la sangre. Eran noches tan frías que hacían recordar las estepas incluso a quienes nunca habían estado en ellas. Eran más frías que las familias sin dote ante los novios sin plata. Eran tan frías como los aplausos de las bancadas de oposición a un presidente perdido en el gobierno. Eran tan frías que el granizo tocaba las puertas suplicando que lo dejasen entrar para refugiarse en las casas. Eran tan frías que el viento del Guadarrama no sabía dónde ponerse para que no le diera el aire. Eran tan frías que invitaban a subirse a los montes para cerrar las ventanas.

Sin embargo, a veces, las cosas cambiaban un poco y el frío cedía el paso a la congelación.

El alcalde era Enrique Tierno Galván , el Viejo Profesor: atildado filósofo epicúreo –en el buen sentido–, patriarca de la Movida de Madrid, quien no perdía la línea en la política ni en el pantalón –pudo servir de plomada–.

El escritor era Francisco Umbral, el mejor prosista de España según su enterada opinión: personaje impostado, lento y teatral, y asaz insolente en ambos sentidos: atrevido e infrecuente. F. U. decía que su otro yo se engañaba cuando presumía de tener la mejor prosa de España pues la tenía el propio Francisco Umbral. Su prosa es tan buena que invita a leer y desanima de escribir.

El anís Machaquito era un licor viejo, misterioso y casi mítico, y descontinuado como la entonación en el canto, el color en las fotos y la decencia en la política. Hallar un anís Machaquito era como descubrir un santo grial en el que servirse el anís Machaquito.

A veces surgía una botella en un bar que el tiempo había olvidado en alguna esquina para no tornar (es que las esquinas se parecen tanto entre sí...), y el alcalde-filósofo y el escritor-teatrín brindaban a la sombra del frío.

El tiempo pasó cual pasan todas las cosas, precisamente por culpa del tiempo; y el alcalde enfermó de una gravedad que solo el alcalde tenía cuando redactaba sus satíricos “bandos” con un estilo del siglo XVIII para condenar el ruido de las motocicletas.

El alcalde se recluyó en una clínica y rechazó todo tratamiento que le prolongase la vida. Recibió –otro Séneca español, pero en España– a sus amigos para departir como si nada ocurriera, excepto la muerte. Don Enrique murió en enero de 1986 y lo enterraron en loor de multitud. Murió como lo que era: como un filósofo.

Así murieron Epicuro, Séneca y Diderot, sin la bajeza de pedir otro día a la vida o a la muerte; así como morirá el neurólogo Oliver Sacks , enfermo de cáncer final. Oliver se ha despedido mediante una carta a quienes leemos sus libros, maestros de ciencia y de calor humano cuando nos tienta el frío del pensamiento irracional.

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