Primera artista residente de Casa Caníbal, un espacio experimental del Centro Cultural de España, comparte su experiencia en proyectos que cuestionan el poder en sus dimensiones legales y morales

Por: Fernando Chaves Espinach 6 junio
Núria Güell comparte sus experiencias en Casa Caníbal, en barrio Escalante. Mayela López.
Núria Güell comparte sus experiencias en Casa Caníbal, en barrio Escalante. Mayela López.

De nuestras instituciones, tejidas de paradojas, la artista española Núria Güell extrae el combustible para sus acciones. Se propuso como esposa para que un cubano obtuviera residencia española; a privados de libertad en controvertida reclusión en España, les pidió cartas y dibujos, para enviarlas al político que legalizó su “tortura institucional” ; compará un terreno en Siria para mostrar que la guerra actual es bonanza para los especuladores, no simple crisis local.

Es arte político que confronta lo real: su objetivo es subvertir lo legal y lo moral para trastocar lo real. Son proyectos que implican profundo diálogo con quienes cooperan con Gúell y que se nutren de lo real. Casa Caníbal, espacio experimental del Centro Cultural de España , alberga un taller de Güell en el cual ha trabajado con 15 artistas locales, que mostrarán sus propias intervenciones en lo real este miércoles, a las 6 p. m. Viva conversó con ella (puede leer la entrevista completa en el sitio nacion.com/entretenimiento). “El país lo he conocido a través de los ojos de los 15 participantes. El acercamiento ha sido intenso”, advierte Güell.

Ese acercamiento al arte político, ¿cómo lo entiende y cómo ha compartido con ellos esta experiencia?

Primero que todo, para mí todo el arte es político, tanto si lo que haces es pintar cuadros para decorar casa de gente adinerada como si cuestionas consensos; para mí ambas cosas son arte político. Básicamente, una refuerza el statu quo o lo cuestiona. Partiendo de ahí, la etiqueta con la que me suelen invitar es con la de arte político, con lo que creo que quieren decir arte politizado o implicado socialmente. A mí me interesa el arte político que repiensa los consensos, o sea, que nos ayuda a crear interrogaciones éticas para repensarnos como sociedad de una manera crítica. Tiene que ser cero condescendiente para que realmente tenga este posicionamiento crítico. Los ejercicios que les he planteado a los participantes del taller era que intentasen trabajar: uno, desde lo más inconfesable de cada uno, desde las contradicciones que todos tenemos, nadie se salva...

Lo que, en sí, ya es un acto y bastante político...

Sí, y reconocerlo, porque aparte de eso, muchos de los artistas de arte político se quieren salvar, ser puros, y eso es irreal, eso es idílico. Es un poco, para mí, el problema que tiene la izquierda, que siempre quiere ir de salvadora; me parece muy problemático eso, éticamente. Entonces, la idea era no caer en todos estos tópicos, sino repensarnos críticamente. En segundo lugar, trabajamos desde las identificaciones, las etiquetas que todos llevamos: tica, nica, feminista…

”Cuando se presentaron, dijeron mil etiquetas, así que vamos a repensar críticamente esas etiquetas, porque siempre se quedan cortas, la singularidad de uno va más allá de eso. El tercer ejercicio era reconocer los privilegios que tenemos cada uno, ser claro y consciente de eso, y usarlos para hacer un proyecto y subvertir algo. A partir de esos ejercicios hemos estado trabajando. Eso ha creado bastante shock en el sentido de crisis y de ser muy honesto con uno mismo. Varios decían que no podían dormir, machacándose por las noches; uno no ha vuelto al taller, dijo que prefería seguir pensando. Ese era uno de mis objetivos: repensarnos a nosotros mismos. El arte político habla mucho de los otros, de otras comunidades”.

–Se vuelve la mirada hacia lo que uno mismo está contribuyendo a ese mantenimiento del statu quo o su cuestionamiento.

–Exacto, por eso me interesaba. Primero vamos a trabajar sobre nosotros, a hacer una autocrítica, y luego vemos cómo eso en sus proyectos.

–En su trabajo, predomina la intervención en lo real, en lo que está ocurriendo allá afuera. ¿Cómo opta por esta metodología?

No trabajo con la representación, que normalmente es lo que hace el arte, sino que trabajo con la interpelación y trabajo en “el real”. He optado por esta metodología por una cuestión de lenguaje, porque me parece que es la manera en la que logro interpelar más al espectador, con lo real, no con la representación. Es una cuestión de subir de tono. Si no, me parece que muchas veces este tipo de proyectos puede ayudarnos a sentirnos bien, como a limpiar nuestra conciencia, como que lavamos nuestra culpa…

Núria Güell compartió su taller sobre arte político durante dos semanas en Casa Caníbal, espacio experimental del Centro Cultural de España.
Núria Güell compartió su taller sobre arte político durante dos semanas en Casa Caníbal, espacio experimental del Centro Cultural de España.

–Como si esas contradicciones, dudas y críticas las pudiéramos exorcizar en una representación y dejarla quieta en el museo...

Exacto, entonces los que van a ver eso salen muy contentos porque han ido a ver la última exposición de los refugiados de no sé qué y se sienten bien también, y lo que único que hacemos es que la máquina sigue funcionando igual de mal. Trabajando con “el real” siento que el nivel de interpelación al otro y a mí misma es más elevado y que puede implicar más una transformación.

–¿Cómo empezaste en esta trayectoria?

–Hice toda la carrera estudiando Escultura en Barcelona. Luego me fui a La Habana a estudiar. Tuve una exposición al final de la carrera donde yo enseñaba las esculturas. Se llenó de gente y me sentí supermal, superegoísta, diciendo, tanta gente aquí y yo hablando de mis cosas espirituales y personales y no utilicé este espacio para hablar de lo común. Básicamente lo que me pasó es que entendí la responsabilidad que tiene un artista porque tiene voz pública, a través de exposiciones, conferencias, entrevistas… Eso implica una responsabilidad. En aquel momento dejé de producir porque me sentí muy mal. Luego decidí que voy a hacer lo que me de la gana, me da igual si es arte, si no es arte, voy a hacer lo mío, lo que tengo que hacer. Si no es arte, luego le buscamos otra etiqueta.

–¿Cómo fue para usted replantearse su postura, al ser una persona que había estudiado escultura, que estaba inmersa inevitablemente en ese mundo del arte?

–No me costó nada. Como me sentí tan mal aquel día en aquella inauguración, dejé de producir.

–Ahora bien, este tipo de proyectos que involucran los aspectos reales, legales y morales de cualquier problema tienden a negociar con algo muy complejo: estoy participando en una situación social problemática, traigo mi proyecto artístico y adónde queda mi compromiso, hasta dónde me comprometo para que no sea solo una utilización del problema que estoy explorando.

–¿Por ejemplo? ¿A qué te refieres con comprometerte?

–Más que compromiso político en el sentido tradicional, me refiero a que si estás trabajando con una población vulnerable, un problema de proyectos así es que se puede caer en el riesgo de utilizarla en un determinado momento y se acaba tu relación con ese problema real.

–Para mí lo que es muy importante es que nunca utilices a aquellos con los que vas a trabajar. Con la gente que trabajo, los entiendo como cómplices, y lo más importante es que ellos tengan tantas o más ganas que yo de hablar, de decir lo que quieran. Si eso es así, podemos empezar a trabajar juntos. Si solo es decirles que quiero hacer este proyecto y les pago tanto, no, porque no se puede empujar a nadie a hacer nada, no me parece que sea la manera.

–Como cuando trabajó con privados de libertad, que tenían bastante que decir…

–Claro. A los privados de libertad les decía eso, que si querían colaborar con un dibujo, un poema, lo que fuera, para visibilizar su situación. Ellos decidían. Es muy importante entender que el otro no es víctima. Eso me parece muy problemático. Varias instituciones me han censurado proyectos porque ponen al otro, con el que estoy trabajando, en la posición de víctima.

–¿En qué sentido?

–Pues esto mismo, piensan que al otro lo estás utilizando. ¿Cómo que lo estoy utilizando? El otro es inteligente, tiene cabeza, puede decidir si quiere o no quiere hacer. El asunto es que seas muy honesto cuando pones tu proyecto sobre la mesa. Ser muy honesta, muy clara con las intenciones: que nadie pueda sentir que utilizas su dolor para un fin con el cual no se siente cómodo. Eso es lo que no puede pasar. Una vez que lo has propuesto así, los que quieren, quieren, los que no, no. luego viene la institución-arte y dice que los estás usando. Ahí hay un problema de mirada: si crees que los estoy usando, es que solo los puedes ver como víctimas, que no tienen capacidad por ellos mismos. El problema está en cómo los ves a ellos.

–Otras cuestiones son lo moral y lo legal. ¿Cómo trabajás con esos límites que pueden surgir? Por ejemplo, el proyecto en Cuba (DESCRIBIR)

–En la mayoría de proyectos. Todos mis proyectos repiensan lo legal y lo moral porque son los dos dispositivos que el poder utiliza para sujetar al ser humano para normalizar. Mis proyectos se basan en cuestionar la legalidad y la moralidad hegemónicas, y si tengo que llegar hasta el final, aunque sea totalmente antimoral, me da igual, porque creo que este es el papel del artista. El papel del artista no es quedar bien con la sociedad y buscar aclamación, buscar gustar y que te aplaudan, sino señalar lo que uno considera que no camina bien, que está mal consensuado. Con eso es con lo que tengo que cumplir, y si eso me obliga a saltarme las leyes, a saltarme la moralidad, me da igual, lo tengo que hacer. Eso, me parece, es el compromiso de un artista político, que va más allá de la aclamación a su figura. Lo que tienes que hacer hay que hacerlo y ya, aunque luego vengan muchas críticas.

–Sobre todo en una época como esta, en la que tan fácilmente el producto del trabajo del artista es resignificado, neutralizado políticamente, incluso en la misma institucionalidad artística.

–Exacto, totalmente.

–¿Cómo trabaja con la institución artística? Se expone usted y expone problemas complejos…

–Con la institución artística me ha pasado que muchos quieren trabajar contigo pero no quieren poner el cuerpo. Yo pongo el cuerpo, me pongo en riesgo cuando hago mis proyectos. ¿Me estás invitando a trabajar? Tú también puedes poner el cuerpo. Tú tienes privilegios porque eres una institución, podemos hacer cosas que en otro lugar no se podrían hacer.

–Que en otro lado serían ilegales…

–Exacto. Yo utilizo la institución así, utilizando sus privilegios e intentando que seamos cómplices para llevar a cabo una acción. Algunas veces, a lo largo de este camino, la censuran porque algo se les hace insoportable, por miedo a recibir críticas o algún toque de los políticos… bueno, pues entonces lo que muestro es la censura y eso, forma parte del propio proyecto. Lo que yo hago es unir diferentes fuerzas: identidades, leyes, preceptos morales, cuerpos –el mío incluido–, la institución artística… Pongo todo eso en conjunto para revelar cosas que están fuera de foco o que me parece que están mal enfocadas, y a ver qué pasa. Nunca sé lo que va a pasar al final de la acción: busco poner todo eso y que la realidad hable por sí misma, no intentar controlarlo. Aparte, no se puede. Cuando trabajas con “el real”, surge lo que tenías previsto.

Casa Caníbal se define como “espacio de experimentación colectiva y colaborativa”, como parte de los programas del Centro Cultural de España. Este miércoles a las 6 p. m. se realizará una sesión abierta 50 m al sur del Farolito, en barrio Escalante, San José.