Por: Víctor Hurtado Oviedo 13 julio, 2014

Como los llaman el Potro y el Potrillo, Vicente y Alejandro Fernández no tienen hinchas, sino relhinchas. Estos apodos sugieren que les han hecho riendas con sus cuerdas bucales para que lleven a trotar allá, en el rancho grande. Uno los oye y nota que llevan la coz cantante.

En los verdes y feraces campos de la imaginación no suelen pastar mucho los caballos habladores, pero, de haberlos, los hay.

El irónico (o sea, realista) irlandés Jonathan Swift (1667-1745) imaginó una sociedad de caballos sabios, los houyhnhnms, cuya sapiencia se confirmaba por el envidiable hecho de que ellos sí podían escribir su nombre sin equivocarse.

En cambio, los humanos de a pie intelectual nunca podemos escribir rhythm (ritmo en grecoinglés) ni el laborioso apellido del autor de la novela Quo vadis?, nombre que no reproducimos por razones obvias.

Aunque parezca la mentira que es, en la novela Viaje al país de los houyhnhnms, Gulliver se topa con los dichos h., quienes le hablan bellamente de esto y aquello, y hasta viceversa, con una soltura que envidiarían ciertas cabelleras y algunos diputados que nos demuestran cómo no son tráficos de influencias sus tráficos de influencias.

"Gulliver parte del país de los houyhnhnms". Óleo de Sawrey Gilpin, 1769.

De las islas afortunadas de Gulliver debemos ir, volanderos, hacia los mágicos reinos de la tevé para encontrar otro caballo parlante, el inmarcesible (sea lo que esto signifique) Mister Ed, quien, con equina equidad, distribuía consejos de oro entre su dueño y nos, los teleadictos de antes, resentidos solamente pues, pese a tanta sabiduría, Mister Ed nunca se dio un tiempo para dictarnos las soluciones de los ejercicios de trigonometría. Ya imaginarán ustedes las consecuencias.

En defensa del honor de Mister Ed debemos rechazar las nubes de calumnias que pretenden señalarlo como precursor de ciertos políticos por el simple hecho de haber combinado Mister Ed –caballo decidor– el palabreo y la mordida.

En el reino animal, pero en otras provincias, hallamos a la popular Esfinge, ensamblaje de mujer, león, águila, serpiente y perro. Todo esto parece imposible, mas los dibujos que hemos visto no mienten.

Llevada por el mal camino –el que conducía a la Tebas de Grecia–, la Esfinge se solazaba en asaltar gente y en hacerle preguntas difíciles, de modo que se tornó en la precursora de los crucigramas sánscritos, las pruebas escritas de manejo, el periodismo de investigación y las comisiones parlamentarias.

Como los tebanos se habían conocido sin haber inventado antes la democracia, los culpables no podían responder a la Esfinge: “Por consejo de mi abogado, me abstengo de contestar”. Algo hemos avanzado.

¿Podrían disertar los caballos? No; su aparato fonador lo hace imposible, y también su cerebro. Se los domestica, pero solo hasta cierto límite. Ni siquiera los loros entienden lo que dicen: su cerebro se lo impide. Hay barreras naturales.

El ser humano nunca podrá compartir su prodigiosa inteligencia con otros animales (tal vez sí con las computadoras), de modo que, para tratarlos, solo le queda la compasión; o sea, la humanidad.

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