Por: Doriam Díaz 16 julio

Doriam Díaz

R odeada de castaños y silencio, la artista costarricense Marisel Jiménez vive en Segovia (España). Tiene 70 años y artrosis progresiva, por lo cual se alejó de la escultura y, cuando tiene días con poco dolor, dibuja perros viejos.

En una conversación el jueves, pasadas las 10 p. m., la escultora, considerada una creadora sin parangón en la historia del arte costarricense, habló no solo de una obra que la enorgullece, como es El retablo de la corte de Carlos Jiménez , sino de un trabajo suyo con el cual es sumamente autocrítica: el Monumento a José Figueres Ferrer, el cual volvió a la plaza de la Democracia en el 2016 y originalmente se inauguró en 1998 en ese mismo parque capitalino.

Este es un extracto de la charla con esta mujer, reconciliada con su país y con solo una espina que la incomoda.

Marisel Jiménez, retrato del 2009.
Marisel Jiménez, retrato del 2009.

–Usted dijo que El retablo de la corte de Carlos Jiménez es un exorcismo y una ruptura con su pasado. ¿Cómo ve ahora esta obra desde la lejanía (temporal y física)?

–Con mucha ternura y con mucho orgullo porque considero que es una obra que tiene más implicaciones y posibilidades de las que pensé al principio. Es una obra dramática, como un teatro, y cuando se mueven las marionetas van creando relaciones diferentes entre unos personajes y otros.

”Al principio pensé en marionetas porque todos somos marionetas de un destino que nos mueve y de otras cosas también. Estoy muy feliz que los Museos del Banco Central hayan acogido este retablo. Esta es una obra que yo hasta le forjé los hierros. Tardé un año en hacerla; todos los días trabajaba hasta 10 horas porque es una obra de una minucia enorme y los retratos son realmente idénticos.

”Dinorah Bolandi decía: ‘Cada quien tiene su Mona Lisa ’; esta definitivamente es mi Mona Lisa ; yo adoro ese retablo y me siento feliz que quede donde está y con una acogida tan amorosa”.

–El exorcismo fue importante en este retablo. El tema se ha vuelto menos doloroso y esta obra ayudó , ¿cierto?

–Absolutamente; yo lo tenía que hacer para salir de mis arañas cerebrales; no me propuse hacer una gran obra o una gran escultura, sino que lo hice porque tenía que hacerlo. Lo hice con el bofe, con las tripas, no con el cerebro.

–Usted se dedicó al retrato como un ejercicio de observación y de creación. ¿Qué le ha dejado el oficio de retratista en la escultura?–Yo hice varios retratos en madera y no hay nada más difícil que hacer un retrato en madera. Se le va un milímetro la gubia y se le acabó el retrato, especialmente en la boca (más delicada que los ojos). Fue un ejercicio tremendo. Me gustaba hacer un ejercicio de disciplina escultórica fuerte y yo hice esos retratos (los del Retablo) y otros en España que son idénticos. Los que uno hace en arcilla son diferentes porque uno puede soltar el dedo, imaginarse cosas y ser más expresivo.

–De hecho, retratos más recientes como el de Yolanda Oreamuno e Eunice Odio son más expresivos…–Sí, allí yo me di libertades poéticas para expresar la belleza de las almas de esas personas.

–Los retratos son una constante en su trabajo y también ha sido un tema polémico. Sé que el Monumento a Pepe Figueres fue un drama...

–Sí, fue una tragedia. La gran tragedia de mi trabajo como escultora es ese Monumento; bueno, no el Monumento porque los niños me gustan mucho.

”El Monumento original era totalmente distinto; por eso, el pedestal resultó una “mole”. En el Monumento original había una mula a la par de don Pepe, después venían sobre el pedestal la niña, el niño y, al final, un reguero de gallinas alborotadas. Era un monumento precioso, con mucho que decir de lo que era Costa Rica entonces , y que dejaba una sonrisa a quienes lo miraban. Hay una presentación en folleto con dibujos , que debe tener Roberto Villalobos, de lo que era aquello. No lo aceptaron. Ahí debí haber renunciado yo; simplemente le tenía tantas ganas al monumento que no lo hice.

”Quise hacer al don Pepe que yo conocí, al hombre gallardo, poderoso, valiente, al campesino costarricense. Don Pepe como una metáfora de fuerza. Eso no se entendió. Todos quisieron verlo con saco y corbata, pequeño y presidencial.

”No me gusta la escultura de don Pepe porque soy tremendamente autocrítica y porque las proporciones que me aconsejaron en la Academia de San Fernando de Madrid fueron equivocadas. Y la proporción, en escultura , lo es casi todo”.

–El Monumento estuvo guardado mucho tiempo en el Museo Nacional. ¿Por qué no ha planteado una propuesta para rehacer este monumento?

–A mí me duele mucho porque don Pepe era una persona muy cercana a mi familia y a mi papá. Conviví mucho con don Pepe y me duele mucho esto haya resultado así.

”No me puedo replantear ya ni siquiera trabajar porque estoy con una artrosis progresiva. Tengo artrosis desde los huesos de los pies hasta la nuca; entonces, casi no puedo ni caminar; me muevo muy poquito. Yo no podría ya hacer ni un retrato en arcilla, porque las manos las tengo muy llenas de dolores. Jamás podría hacer una escultura de ese tamaño ahora.

”Lo que dicen es que no se parece. ¡Claro que no se parece! Porque todo el mundo tiene su imagen de don Pepe, pero esa es la imagen del don Pepe revolucionario, el don Pepe que cambió el destino de su país. Yo no iba a hacer el presidente mayor; eso no me interesaba.

–Ahora qué está haciendo en el arte, ¿puede trabajar, está creando cosas más pequeñas?

–Por desgracia ya no puedo trabajar en escultura; estoy haciendo dibujo y eso cuando puedo. Estoy realmente jodida; tengo 70 años y tengo una genética fatal. Mi tiempo se acabó, pero estoy haciendo dibujos de perros viejos; eso me divierte mucho; me encanta hacerlo.

–¿Cuántas décadas tiene de estar viviendo en España?

–Casi 30 años contando idas y venidas (antes vivía seis meses en Costa Rica y seis meses aquí). Yo me quedé aquí comiéndome los ahorritos y haciendo alguna cosilla: he hecho exposiciones, pero no ya no voy a hacer más.

–España ha sido su refugio. ¿Como vivió la crisis, cómo la afectó?

–España ha sido mi refugio, eso tiene razón; vine un poco a esconderme. Yo no pasé la crisis en España porque siempre he vivido como un monje; muchas verduras y tomo un vinito que cuesta un euro la botella. Vivo con muy, muy poco. Tengo la infinita suerte de contar con amigos que me han alquilado sus fincas y casas o apartamentos a precio de amigo. Me siento muy afortunada. A mí la crisis no se me vino encima porque no tenía ni los gastos ni las costumbres que tiene la gente.

”España es un lugar que quiero mucho, que me gusta mucho. Si usted me manda a Madrid, me muero, pero vivo en Segovia, en un sitio privilegiado, muy bello, donde estoy rodeada de enormes castaños, de árboles y de silencio. No tengo lo típico de la ciudad. La carne humana me aterra… Tengo mucha suerte; he parado en lugares que los amigos me proporcionan a precios bajísimos”.

–Usted ha sido muy crítica con Costa Rica; en algún momento dijo que aquí era muy difícil ser sensible...

–He aprendido; no solo es Costa Rica. Es más, la última vez que fui me reconcilié con Costa Rica. La encontré un país encantador. Es muy difícil ser sensible si usted vive en medio de San José con los humos, los camiones, los gritos, los pachucos…; hacen que uno se sienta agredido; sin embargo, uno se siente agredido, por esto, en cualquier ciudad grande.

”Yo puedo rectificar totalmente. La última vez que fui a Costa Rica (el año pasado para restaurar la figura el Monumento de don Pepe) me volví a enamorar del país. Solo que encontré que puedo vivir mejor aquí mucho más barato que allá y con mejor calidad de vida”.

–El único tema pendiente con Costa Rica es el Monumento a José Figueres...

–Sí, es una espina en el alma. Quiero que la gente sepa que no estoy satisfecha con la escultura de don Pepe y que la tuve que hacer en 18 días. No pude desplegar totalmente mi pasión escultórica.