Por: Víctor Hurtado Oviedo 20 octubre, 2013

Las libretas Moleskine eran unos cuadernos tan bonitos que aportaban, al escritor-usuario, la elegancia de estilo que este no tenía. Sus tapas eran obscuras y cuadradas cual el estilo de su dueño, quien, de tanto rebuscarse algo interesante que decirnos, terminaba más rayado que las páginas. Hay escritores cuyas ideas, anotadas, dejan las páginas en blanco.

Usando los cuadernos Moleskine con la debida insistencia, uno podía sentir que ya no residía muy lejos del Premio Nobel de Literatura o –en el peor de los casos– del Premio Planeta.

En dichas libretas solía anotarse lo primero que a uno se le ocurría. Se ignora por qué, en ciertos escritores, lo primero que se les ocurre no es también lo último.

En fin, como fuere, un lindo homenaje a las libretas Moleskine ofrece el escritor y ensayista (perdonen la redundancia) argentino Juan José Sebreli en la introducción de su libro de ensayos Cuadernos.

Más atrás, en la página 258, Sebreli recuerda alusiones de Jorge Luis Borges a los diálogos que entablaron Johann Wolfgang von Goethe y su humilde amigo Johann Peter Eckermann. A Borges le pareció que ambos dijeron simplezas.

Eckermann transcribió y publicó los diálogos, y en ellos surgen instantes de majestad intelectual trenzados con alguna vanidad de Goethe más su extraña fe en sí mismo como hombre de ciencia, no como escritor: “No doy importancia a todo lo que producido como poeta, pero me enorgullece ser el único que conoce, en este siglo, la verdad en la difícil ciencia del color”.

Goethe resumió sus investigaciones en solamente 900 páginas y las publicó en el libro Teoría de los colores, de 1810. “Goethe ataca violentamente la teoría óptica de Newton”, escribe el físico mexicano Shahen Hacyan en su libro Cuando la ciencia nos alcance (volumen II, capítulo I, 7).

Goethe aporta notables intuiciones sobre la percepción cerebral del color y sobre su influencia en el ánimo, pero la física actual da más crédito a la teoría cromática de Newton, de modo que J. W. Goethe sigue siendo un gran poeta.

La gente –entre la que nos incluimos– desea saber si los colores son fijos o si varían con los colores de las luces. Ocurren ambas cosas.

Las moléculas del azufre se ven amarillas pues sus electrones poseen ciertos niveles de energía; estos los hacen retener muchos fotones, perolos obligan a devolver los que causan la sensación del amarillo en el cerebro (Eliezer Braun: El saber y los sentidos, capítulo IV).

En realidad, los colores no existen fuera de nuestra mente: son sensaciones cerebrales; ni hay sabores ni sonidos en el universo, que es “incoloro, insonoro, insípido e inodoro” (Mario Bunge: A la caza de la realidad, prefacio); mas los poetas razonan con su ciencia (la gaya ciencia), como lo hace Rafael Alberti: “Raudo relieve, lisa investidura. / Los posibles en ti nunca se acaban. / Las materias sin términos te alaban. / A ti, gloria y pasión de la pintura” (soneto Al color).