Najem Wali. El escritor iraquí estuvo en la Feria del Libro y explicó las dificultades y las tentaciones de ser un escritor árabe

Por: Aarón Sequeira 4 octubre, 2015
Najem Wali publicó su novela Un lugar llamado Kumait (crónica de una circuncisión) en el idioma alemán en 1989. Luego se han editado las versiones árabe, francesa y sueca.
Najem Wali publicó su novela Un lugar llamado Kumait (crónica de una circuncisión) en el idioma alemán en 1989. Luego se han editado las versiones árabe, francesa y sueca.

Aarón Sequeira aaron.sequeira@nacion.com

Un iraquí combate con la lengua alemana, que le exige colocar los verbos siempre en el mismo sitio en las oraciones. Acaba de llegar a Europa huyendo de la guerra en la que se bate su país con Irán. Es 1980; el iraquí, de 24 años, tiene la cabeza llena de historias.

Muchas de esas historias las recogió en el cuartel durante los dos años que realizó el servicio obligatorio, antes de ser llamado a empuñar las armas, como dice él, de “ser obligado a matar”.

Sin embargo, también marcan sus historias las horas que pasó al lado de su abuela, mientras ella amasaba el pan en Basora, en el sur de Irak. Ella fumaba y contaba historias; fumaba y la ceniza nunca caía sobre el pan.

Los primeros cuentos que Najem Wali (Basora, Irak, 1956) conoció, de boca de su abuela, fueron las de Las mil y una noches , donde Sherezade atrasaba su sentencia de muerte contándole una historia por noche al sultán.

A ese libro lo une también el hecho de que Wali nació en el principal puerto iraquí, Basora, de donde partió el legendario marino de las historias de Sherezade: Simbad, para cruzar los siete mares.

Así como huyó de la guerra, años antes Wali había huido de una carrera técnica, que su padre habría preferido por encima de las tablas o las letras, pero el joven iraquí estaba dispuesto a subirse a los escenarios y a escribir.

El punto de quiebre llega con un pequeño poemario, en el que se gastó todo lo que el joven tenía en su bolsillo: poemas de Rainer María Rilke que le tumbaron la mente y lo llevaron a estudiar literatura alemana. Tal vez sea esta la razón de que su fuga de las armas lo haya llevado a tierra germana.

Najem habla en una mezcla de acento árabe y alemán que cae sobre su español de talle ibérico. Expresa que no podría contar historias sobre soldados si no hubiera estado en el ejército.

Su última novela, Bagdad Marlboro , lo lleva a describir con detalle la vida de dos soldados que cruzan su vida en el desierto, vigilante y prisionero, mientras comparten versos de Whitman entre tabaco americano y bagdadí. En el mundo árabe, fumar es un tabú, como lo es hablar de la virginidad perdida por miles de jovencitas iraquíes. Ellas cayeron en la adoración a los machos del ejército durante la década de 1980 y después recurrieron a clínicas clandestinas para “recuperar” el himen perdido, a punta de hilo y aguja.

Esa es la historia de su novela Tel el-Laham , donde revela las historias de las mujeres que pretendían recuperar la integridad de sus órganos genitales mediante esa técnica de cosido “medio ilegal, medio legal”.

Invitado a la Feria Internacional del Libro de San José, Najem habló con Áncora sobre la industria editorial en el mundo árabe, sobre la censura alemana y la árabe, y sobre el peligro que representan los petrodólares para las letras islámicas.

–¿Por qué trata usted del ejército?

–Mi novela trata de la culpa, del miedo, del absurdo de la guerra, porque no hay guerra justa: todas son absurdas. Sentirse culpable en una guerra no tiene nada que ver con el origen del soldado, de qué nación, color, religión sea; cuando alguien es forzado a matar, en la guerra se debe matar o morir.

”Es difícil para un autor escribir sobre el ejército si nunca estuvo en él; la vida en el cuartel no es la vida en la calle”.

–¿Por qué un iraquí de 17 años estudió literatura alemana?

–Yo empecé a leer con Las mil y una noches . Me fascinaban la literatura, las historias... Contar era una parte de mi vida. Mi abuela tenía una panadería; hacía la masa durante toda la noche y me contaba historias mientras trabajaba. Eso influyó en mi literatura.

”La palabra es como la masa: hay que trabajarla; y, cuando sale una frase, debe tener un sabor como el pan fresco”.

–¿Cómo ve el Bagdad de hoy a la cultura antigua?

–En el Irak de hoy no queda mucho de la cultura antigua. De eso solo hablan los escritores e intelectuales. Oficialmente no existe, ni en los nombres de la gente. Hemos tenido muchas guerras y es un problema cultural el que la gente olvide la historia del país.

”Para la gente, la historia empieza con el Islam y cree que todo lo que había antes es como si nunca hubiera existido. Con tabúes intentan asustarme. Muchas veces me atacan y dicen que yo falsifico la historia; pero, al revés, falsifico lo falsificado”.

–¿Cómo reciben sus historias en el mundo árabe?

–Hay dos mundos árabes: el de los jóvenes, underground , y el oficial. Oficialmente, para los gobernantes, yo soy una persona no grata porque hablo de tabúes de los que nadie habla.

”Antes había un dicho: ‘El Cairo escribe, Beirut imprime y Bagdad lee’; pero todo el mundo lee y escribe ahora.

”Es cierto que Bagdad lee más. Los jóvenes leen mis novelas, que son muy bien recibidas allí. Cuando un libro sale y lo prohiben, lo meten de contrabando. Esto me encanta porque yo no escribo para que las autoridades me den premios: yo no quiero sus premios ni nada”.

–¿Cómo influyen la literatura española y la alemana en lo que usted escribe en árabe?

–Influyen muchísimo, especialmente la latinoamericana. Mis maestros son Kafka en el idioma alemán; en Latinoamérica, García Márquez y Vargas Llosa; este último más con su p rimera novela , La ciudad y los perros , porque no hubiera podido escribir Bagdad Marlboro si no me hubieran llevado al ejército. Son una gran influencia: a los escritores latinoamericanos les gusta contar, son contadores de historias”.

–Usted colabora con “Al Hayat”. ¿Cómo es escribir para un periódico árabe? ¿Hay censura?

–Sí, claro. Hay días en los que yo no puedo escribir: no me dejan porque escribo columnas siempre críticas, como una continuación de mi obra literaria. Por ejemplo, sobre los refugiados que salen de Siria hacia Europa, escribí una columna bajo el título de “Alemania está más cerca que La Meca”, pero es un problema.

–¿Hay censura en Alemania?

–En Alemania también pasa, pero menos. Hay otra forma de censura porque le dicen a uno: “Ese tema no interesa a nadie ahora”. Es un problema elegir un tema pues el editor decide.

”Antes de venir a Costa Rica propuse escribir sobre Centroamérica a revistas y periódicos grandes, pero casi todos me dijeron: ‘¿A quién le interesa Centroamérica?’. Claro, es que no hay guerras. Un periódico grande en Alemania, el Frankfurter Algemeine Zeitung , sí me agradeció el tema”.

–En el Occidente, la industria del libro de papel está en jaque. ¿Qué pasa en el mundo árabe?

–En Europa todavía hay gente que lee con un libro en las manos. Para mí, eso es una relación erótica: sentir el papel... La Internet ayuda contra la censura porque puede escribirse lo que uno quiera, pero facilita que haya mucha basura: ya lo dijo Umberto Eco.

“Sin embargo, en el mundo árabe, el libro digital no ha afectado tanto al libro; lo que lo afecta son los premios que ofrecen los países del golfo pérsico. Es una corrupción porque muchos jóvenes quieren escribir una novela para ganar cien mil dólares. Escriben solo por el premio; todo el mundo escribe por eso: es la influencia mala del petrodólar”.

–¿Está viva la literatura árabe?

–Sí, aunque está en peligro por los premios y por la censura. Las editoriales árabes ganan dinero en las ferias: todo el año hay una feria en cada país. La más grande es la de Riad, en Arabia Saudita.

”Antes de publicar un libro, cada editor piensa mil veces si contiene algo negativo sobre Arabia. Si les prohíben exponer allá, pierden muchísimo dinero. Eso es lo más peligroso para la literatura árabe. Una vez, yo no pude publicar un libro en árabe, pero no me dijeron que mi libro estaba mal escrito, sino que no podía publicarse por cuestiones presupuestarias”.