Por: Víctor Hurtado Oviedo 12 abril, 2015

En la noche de los tiempos –que ya estaba cuando nos despertamos–, se ha perdido el nombre del mamífero que se lanzó al mar: tal vez por un desengaño amoroso, buscando la muerte con total fracaso, y se quedó a vivir en ese mar o en tal océano –en ese tiempo todo era más grande, más cerca del Big Bang , el Ben Hur de la astronomía, la superproducción con la que se estrenó el universo–.

Aquel mamífero goza hoy del anonimato, cual si fuese el poeta joven de un solo libro que nunca se imprimió pues quien pudo ser el único lector del manuscrito extraviado solo conocía otro idioma. Así no se puede triunfar en la literatura ni en la paleontología.

Ello quizá haya ocurrido cuando aún existía la Pangea : el supercontinente que unió a todos en la democracia de la geografía. La Pangea aún es el sueño de las Naciones Unidas.

Ciertos peces salieron del mar y tornaron mamíferos, como esos primos que huyeron de niños y retornan hechos inversores en Wall Street para envidia de quienes nos quedamos en el barrio al ventoso calor de las esquinas.

A esos retornados al mar hoy los titulamos delfines, ballenas y marsopas . Otros volvieron más tarde (¿se les habrá parado el reloj biológico?) y son mamíferos anfibios, como los lobos marinos, las morsas y las focas. Cuando se meten en política, los anfibios son los centristas de la biología.

Todos se quedaron a nadar en la pecera gigante, redonda y azul que gira una vez cada año alrededor del Sol. Les habían hablado mal de Neptuno, el dios del mar, pero al fin descubrieron que, en el fondo, Neptuno es buena gente.

Moneda griega del siglo V antes de Cristo. En una de sus caras se ve a un niño que monta un delfín.
Moneda griega del siglo V antes de Cristo. En una de sus caras se ve a un niño que monta un delfín.

El tiempo se aburre con el paso de sí mismo, de modo que abre su juguetería de plantas y animales, y les da otras formas: les alarga los cuellos, les pinta las plumas, o les pule y les curva las siluetas, como a los delfines, que vienen a ser los cantos rodados del mar.

El juego del tiempo que se aburre se llama evolución , y los delfines son uno de sus inventos más galanos. Ellos crean familias, se ayudan y salvan a muchos náufragos. Se les duerme un hemisferio cerebral mientras el otro sigue atento a los peligros.

Su inteligencia es proverbial, pero los delfines no la mencionan por ese afán de llamar la atención que se llama modestia .

Los delfines habrían podido ser aun más inteligentes, pero les faltan las manos, decisivas en el Homo sapiens , y nunca dominarán el fuego, como anota el biólogo Edward O. Wilson ( La conquista social de la tierra, cap. XXI).

Los delfines serían un misterio de la evolución si no existieran los hipopótamos, sus parientes cercanos. Los hipopótamos son “casi” delfines y “casi” ballenas: se aparean bajo el agua, y sus crías nadan antes de caminar.

“Los hipopótamos podrían evolucionar hasta ser totalmente acuáticos, como las ballenas, si encontrasen suficiente alimento bajo el agua”, avisa el biólogo Jerry Coyne (¿Por qué la teoría de la evolución es verdadera?, cap. II).

Como las tareas escolares, la evolución nunca termina. La inteligencia de quienes aún creen en el “diseño inteligente” confirma que este es falso.

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