La extensión, la duración, el número de soldados y los enormes daños caracterizaron a la Primera Guerra Mundial.

 24 agosto, 2014
El Kaiser Guillermo II aparece con los generales Paul Hindenburg (izquierda) y Erich Ludendorff en enero de 1917.
El Kaiser Guillermo II aparece con los generales Paul Hindenburg (izquierda) y Erich Ludendorff en enero de 1917.

Las causas de la Primera Guerra Mundial son múltiples: algunas, de naturaleza política (nacionalismos, minorías enclavadas en Estados, revanchismos, alianzas militares, temor a la revolución interna); otras, de naturaleza económica (competencia entre Alemania e Inglaterra). La reflexión sobre los orígenes lleva a trascender el detonante de la guerra (asesinato del archiduque Francisco Fernando).

Tras las guerras de los Balcanes en el siglo XIX, estaban en disputa las piezas de los los imperios austro-húngaro y otomano; pero, como lo afirma Marc Ferro, las causas últimas de la guerra no estaban ahí; ella nació como consecuencia de las tensiones austro-serbias y se transformó en guerra europea, que implicó a los aliados de ambos actores, y, más tarde, en guerra mundial.

¿Cuál es el factor que provoca que un asesinato y una confrontación regional se transformen en una lucha planetaria que llega a involucrar a Estados poderosos?

Los orígenes. Mencionemos el imperialismo y la búsqueda de la hegemonía. Esta guerra ha sido explicada desde múltiples enfoques.

Uno de ellos son las teorías del imperialismo (Hobson, Rosa Luxemburgo, Hilderfing y Lenin) que explican las confrontaciones a partir de las dificultades de acumulación del capital en las metrópolis. Esto provoca la migración de capitales hacia las periferias y la búsqueda de superioridad militar para conquistar nuevas zonas.

Esas tesis han sido refutadas por quienes sostienen que los intercambios comerciales internacionales fomentan la paz ya que promueven la interdependencia y hacen ver lo mucho que las naciones tienen que perder con la guerra.

Desde la perspectiva del realismo ofensivo (John J. Mersheimer), la guerra fue fruto del creciente poder de Alemania, que desató las ansiedades de sus adversarios (Rusia, Gran Bretaña y Francia) y los llevó a formar una alianza. Esa Alemania cercada buscó la hegemonía e inició una guerra.

El conflicto en los Balcanes fue el catalizador de una confrontación entre potencias alimentada por el crecimiento del II Reich. La Alemania de 1914 era la primera potencia económica y militar europea, y superaba a Francia y Gran Bretaña.

Una potencia ascendente. La tasa de crecimiento del producto interno bruto en Alemania era más elevada que la de otros países, y la parte de la inversión alemana alcanzaba cerca del 20 % (dos veces supe-rior a la de Gran Bretaña). Estimulada por una fuerte demanda interna, la agricultura era la más productiva de Europa.

La industria alemana se modernizó y desarrolló a un ritmo sostenido. Sustituyó las importaciones especializándose en la industria pesada y en productos nuevos (material mecánico, química, electricidad, automóviles).

En vísperas de la guerra, la participación alemana en la producción industrial mundial alcanzaba un 16 % (13 % en 1870), mientras que Gran Bretaña pasó de 32 % a 14 %, Francia de 10 % a 6 %, y los EE. UU. de 23 % a 32 %.

El Estado fue el promotor del crecimiento rápido gracias al proteccionismo, a la compra de armamentos y a la promoción de la concentración industrial y financiera. La marina mercante alemana era la segunda del mundo, y su marina de guerra contaba con 40 barcos, contra 64 de Gran Bretaña y 28 de Francia.

Alemania logró transformarse en exportadora de capitales, lo que muestra cómo su desarrollo dependía de su lugar en el sistema internacional. Este suministró los incentivos (amenazas) que permitieron a Alemania tratar de aprove-char las oportunidades para ganar poder.

Hastings ha escrito: “El Kaiser y sus generales midieron sus fuerzas contando sus efectivos militares. Estaban obsesionados con el creciente poderío militar de Rusia […]. 'La guerra, cuanto antes, mejor', fue la frase que lanzó Moltke, jefe del Estado Mayor de Alemania […]. En 1914, Alemania estaba segura de poder alcanzar una victoria sobre Rusia y su aliada Francia. Sin embargo, no tuvo en cuenta a Gran Bretaña, el tercer aliado de la Entente porque tenía un ejército pequeño y porque 'los barcos de guerra no tienen ruedas', tal y como manifestó astutamente el Kaiser”.

Alemania trató inicialmente de igualar el poderío naval británico, pero la consideración final fue que la guerra sería terrestre para subyugar rápidamente a Francia y luego seguir contra Rusia.

Las luchas entre imperios explican esta guerra: de allí que su dimensión principal fue la contradicción entre Inglaterra y Alemania. Sin embargo, como lo apunta Ferro, el nacionalismo y el patriotismo también desempeñaron un papel importante.

La guerra en sí. Interesa subrayar algunas dimensiones que diferencian la Gran Guerra de conflictos anteriores y que anuncian los del futuro.

La guerra se volvió tecnológica y expresó el dinamismo industrial. Los contendientes provenían del siglo XIX, cuando la infantería y la caballería eran esenciales, pero la nueva guerra otorgó primacía a la artillería e introdujo la aviación y los gases. La guerra industrial originó que los armamentos se perfeccionasen rápidamente. Los fusiles fueron más poderosos que los utilizados en 1870, y la ametralladora causó estragos en la infantería.

Los submarinos se emplearon de manera importante. La utilización de los gases añadió un elemento adicional a la barbarie. Por primera vez se empló la aviación, tanto para la observación como para ataques precisos. Los tanques fueron introducidos por los ingleses.

La guerra trascendió la geografía europea y se extendió al Oriente Medio, las colonias alemanas en África, algunas islas del Pacífico y los enclaves alemanes en China, y hubo batallas navales frente a Chile y las Malvinas.

Consecuencias. Los grandes imperios o se disolvieron o se debilitaron, el socialismo se desarrolló en Rusia, los Estados Unidos surgieron como potencia, y el Tratado de Versalles sembró la semilla del resentimiento en Alemania.

Las excolonias alemanas y otomanas pasaron a los vencedores. Francia tomó control de Siria y el Líbano; Gran Bretaña, de Mesopotamia y Palestina. En esta repartición se encuentra el origen de conflictos que todavía atraviesan al Oriente Medio.

Francia recibió el derecho de ocupación sobre el centro industrial de Alemania. Desaparecieron el imperio austro-húngaro y el otomano, y surgieron nuevas naciones (Checoeslovaquia, Yugoslavia, Turquía). En 1918 cambió el mapa de Europa central y del este, surgieron países nuevos y resucitaron otros.

El imperio ruso se transformó en república socialista. Luego de noviembre de 1917, los bolcheviques lanzaron un esfuerzo pacifista que encontró el rechazo alemán. Inicialmente se impuso Trotski, quien promovía una retirada unilateral del conflicto en espera de la revolución proletaria en Europa. Sin embargo, luego cedió ante duras cláusulas impuestas por Alemania, que amputaban y encogían al antiguo imperio (Paz de Brest-Litovsk).

Las potencias centrales se libraron de presiones en el frente oriental, y Lenin logró que la revolución sobreviviese. El movimiento obrero se vio forzado a elegir entre el internacionalismo proletario y la adhesión a los Estados nacionales. La guerra dejó un movimiento sindical europeo agresivo y organizado.

El imperio británico empezó a decaer. De financista del mundo, Gran Bretaña se transformó en deudora. El Tratado de Versalles engendró parcialmente la Segunda Guerra Mundial ya que impuso condiciones difíciles a los alemanes.

No obstante, los ganadores cometieron el error de no ver que, aunque vencida, Alemania conservaba su poderío pues los ejércitos enemigos nunca penetraron en su territorio, mientras que Francia quedó muy debilitada por la guerra. Alemania pudo reponerse, a pesar de pagar los costos del conflicto.

El sentimiento de humillación e inequidad, provocadas por la ocupación y la amputación de su territorio, generaron un nacionalismo que en menos de dos décadas resucitaría la pulsión expansionista.

El autor es doctor en Sociología Política por la Universidad de Paris.

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