Por: Víctor Hurtado Oviedo 11 mayo, 2014

El pulpo es el marciano del mar, pero –con sus ojazos de buzo natural– nos mira como si los marcianos fuésemos nosotros. Que se sepa, nadie ha podido sacarlo de su error, sobre todo porque existe Miley Cyrus, el único marciano que ha triunfado en la Tierra. Francamente, así no se puede convencer al pulpo.

El pulpo es el bombillo de Edison que funciona debajo del agua, y no le ha exigido sus derechos de autor a don Thomas Alva porque don T. A. le hubiese mandado sus matones para que le hicieran una oferta que el pulpo no podría rechazar. En el fondo –incluso del mar– , el pulpo no es un hombre de negocios.

El pulpo es un molusco muy correcto ya que podría ser un mano larga, pero es un caballero de la cabeza a los pies. Tampoco tiene cómo no serlo pues, cuando repartieron los cuellos, el pulpo había salido a comprarse relojes de pulsera, y esto le toma algún tiempo.

El pulpo es el único ser que puede gesticular más que los italianos en las comedias italianas.

Con sus ocho brazos, el pulpo es el único taquígrafo que puede seguirle el ritmo a Neptuno desde el día submarino en el que al dios oceánico se le dio por hablar en lenguaje inclusivo de “los y las”, inclusive, y esto también toma algún tiempo.

Los domingos, en su veta musical, el pulpo pianista se acompaña a dúo en dos pianos a cuatro manos.

Del pulpo se han escrito cosas terribles, pero esto le pasa a todas las buenas personas; así, se ha dicho que el pulpo atrapa a la gente con sus ocho brazos, de manera que el pulpo les da el abrazo del oso.

Uno de los culpables de la mala prensa que ha difamado a los pulpos es el sueco Olaus Magnus, que, en 1555 y en Roma, publicó su Historia de gentibus septentrionalibus, título que podría traducirse por Los norteños si esto no pareciese nombre de cantantes de narcorridos.

Olaus Magnus narra ataques de pulpos gigantes contra barcos que no dejaban sobrevivientes (los ataques, no los barcos). Lo que el mal chismoso de Olaus no aclara es cómo supo de ello si no quedaron sobrevivientes, salvo que Magnus haya conversado luego con los pulpos. Bueno, tal vez esto sí haya ocurrido. “No descartamos ninguna opción” –cual proclaman los gobiernos que ansían invadir países a los que no les dejan otra opción–.

Todo ello nos lo cuenta el señor Herbert Wendt en su libro El descubrimiento de los animales (capítulo I, parágrafo 9), que es tan imaginativo como los programas de gobierno, aunque mucho más ameno, con dibujos raros y sin estadísticas.

En realidad, muchas calumnias lanzadas contra los pulpos provienen de sus enemigos políticos.

Bien sabemos que el pulpo gana todas las elecciones submarinas porque es el único candidato que estrecha ocho manos a la vez y se toma ochos selfis juntos. Los tiburones no perdonan al pulpo que denuncie sus mordidas. En el fondo, el pulpo es buena gente. Pulpo, amigo, el pueblo está contigo.

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