Por: Víctor Hurtado Oviedo 15 febrero, 2015

Todo lo que sube debe bajar, aunque los ministros no lo crean. En esto consiste toda la ley de la gravitación universal cuando la explicamos quienes nunca la entendimos. La buena suerte que tuvo su descubridor, Sir Isaac Newton, fue la de dedicarse a la física; en la economía hubiese fracasado porque no habría descubierto la ley por la que deben caer los precios.

Por culpa de la ley de la gravitación universal, todas las personas tocamos tierra, salvo cuando elaboramos los programas de gobierno. En tales casos, no es extraño que vivamos en la Luna.

Gracias a la gravitación, la Luna gira alrededor de la Tierra. No ocurre lo contrario pues, como en la geopolítica, en la astronomía reina el poder del más grande.

De todas maneras, si por otra ley se derogase la ley de la gravitación universal (la Asamblea Legislativa es soberana), en las proximidades de la Tierra solo quedaría la fuerza de la gravedad de la Luna y se presentarían hechos asaz novedosos.

Ya desprovista de gravedad la Tierra, la Luna se robaría el agua de nuestro amado planeta pues a Selene le falta el agua hasta para sus necesidades básicas.

Sin nada de agua, sería muy probable que desapareciesen los océanos y los ríos. De este modo, nos quedaríamos sin playas; por tanto, quebrarían los gimnasios porque ya no habría a dónde salir para lucirnos en verano, y el ganado aviar (valga este imposible) crecería impávidamente pues ya no tendríamos a dónde viajar con la familia a comer huevos duros.

Empero, no todas serían desgracias pues la cuenca del Caribe nos brindaría megalíticas graderías para levantar hacia abajo el estadio más colosal de Centroamérica y paraíso de las barras bravas. Podrían allí jugar más equipos a la vez, como Trinidad y Tobago contra Antigua y Barbuda: 44 jugadores en la cancha.

Obviamente, los mencionados son simples delirios sin grandeza: la ley de la gravitación universal seguirá vigente pues es más fácil derogarla que cambiar un solo artículo de la Constitución.

Sin embargo, algunas cosas sí suben y no bajan, como la savia que recorre los árboles tratando a la ley de la gravedad como si fuese un semáforo.

Repuesto del golpe de manzana, Isaac Newton formuló la ley de la gravitación en los Principios matemáticos de la filosofía natural, su celebérrimo libro de 1687; pero, veinte años antes, en unos escritos recién hallados, explicó por qué asciende la savia.

Según Newton y la naturaleza, el calor hace transpirar a las plantas, y el agua de la savia se evapora a través de las hojas, que están por encima de las raíces.

Al salir, una molécula de agua “jala” a la que va debajo pues están unidas magnéticamente, como imanes. A su modo, la savia está fuera de la ley de Newton.

De tal manera, Sir Isaac descubrió la excepción antes de descubrir la regla. El genio consiste en encontrar el orden en un mundo que a veces camina hacia arriba.

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