David Korish dirige una comedia en la que las apariencias engañan: la pulcritud de los estereotipos se ensucia con las emociones

Por: Natalia Díaz Zeledón 10 marzo
Cómplices, Matilde (Aysha Morales) y Virginia (Monserrat Montero) intercambian oficios. Rafael Pacheco.
Cómplices, Matilde (Aysha Morales) y Virginia (Monserrat Montero) intercambian oficios. Rafael Pacheco.

Una mujer profesional y su irreverente empleada doméstica. Un esposo que se enamora de su amante. Una cuñada recelosa. Una luminosa mujer que, trágicamente, batalla contra un cáncer.

En otro contexto, con una dramaturga diferente, con un director diferente y otro elenco, La casa limpia podría ser un melodrama de telenovela.

No obstante, el año pasado, Teatro Abya Yala estrenó el libreto de la estadounidense Sarah Ruhl como una comedia de múltiples talentos. Entre ellos, el de pescar risas en los resquicios del drama.

La puesta, dirigida por David Korish, repetirá funciones para el público del Teatro 1887 hasta el domingo 19 de marzo. Las funciones serán de jueves a domingo a las 8 p. m. Las entradas cuestan ¢5.000.

Mujeres complejas. Con humor, La casa limpia desarma una por una las expectativas de cuatro mujeres: la rígida doctora Lane (María Luisa Garita), la impecable ama de casa Virginia (Monserrat Montero), la atolondrada empleada brasileña Matilde (Aysha Morales) y la alegre Ana (Roxana Ávila).

Entre todas ellas, existe la figura de Carlos (Juan Carlos Calderón), un médico que renuncia a su matrimonio para, convivir con Ana mientras supera un cáncer.

Roxana Ávila y Juan Carlos Calderón interpretan al amor “sucio” e impulsivo y, también al amor más puro y honesto. Rafael Pacheco.
Roxana Ávila y Juan Carlos Calderón interpretan al amor “sucio” e impulsivo y, también al amor más puro y honesto. Rafael Pacheco.

“La obra plantea unas figuras más o menos estereotipadas, acartonadas, y entra una mujer que no entiende las reglas del juego entre ellas”, explica Ávila sobre Ana, quien detona, sin saberlo, el conflicto. “La obra juega una serie de clichés y, a la misma vez, los rompe. Sarah Ruhl es una mujer muy inteligente”, opina.

El humor estalla en esas pequeñas rupturas: por ejemplo, el momento en el que Virginia se convierte en la empleada doméstica para aliviar su ansiedad compulsiva.

“Yo no soy mórbida”, se repite cada vez que, agobiada por el tiempo libre como ama de casa adinerada, termina diciendo un chiste grotesco.

“En un ensayo David dijo que de nada servía que Lane se sienta como Lane si los otros no la empiezan a ver así. Nosotros construimos su personaje a partir de cómo reaccionamos con ella, cómo la vemos y cómo nos comportamos”, explica Montero sobre los contrastes entre la rigidez del temperamento de Lane y la fluidez compulsiva de Virginia, su hermana.

“El arquetipo sirve para desvelar otra cosa. Ése es un mérito de la autora”, precisa Calderón. “El teatro comercial utiliza el estereotipo para perpetuar el asunto. ¿Cómo entra uno a deconstruir eso? El acompañamiento de la dirección es fundamental para eso. (Los actores) no nos engolosinamos con los personajes. Este es un trabajo de contención”.

“Desde una lectura superficial fue complejo pensar si quería ser la empleada negra”, reflexiona Morales sobre su papel como Matilda, una empleada que ansía convertirse en comediante. “ Como mujer negra me importa entender en qué lugar me colocan Para mí, el personaje de Matilde es interesante de comprender: no es una empleada tonta . Fue un proceso de llegar a descubrir a esta mujer y toda su inteligencia”.

Para La casa limpia , no existe la pulcritud: ni la de una casa, ni la de las relaciones humanas. Cada una se ensucia de emociones. Esa evolución se explicita con gestos: como la ternura en el tacto que comparten Ana y Lane cuando superan las barreras del resentimiento.

“Lo más importante es la relación que se construye entre ellas. La transformación de Lane tiene que ver con cómo cambiamos las mujeres , cómo se va ensuciando la obra”, afirma Garita.

Código binario. Matilde revela en su verdadero oficio, la búsqueda del chiste perfecto, que la suciedad no es mala ni oscura: “El amor”, dice en la obra, “es sucio como un chiste”.

En los extremos , La casa limpia encuentra descripciones poéticas de sus temas más profundos.

“Están siempre presentes los binarios opuestos: el día, la noche; reír hacia adentro, reír hacia afuera; el amor y el desamor; la muerte y la vida; la suciedad y la limpieza”, asegura Calderón.

De los extremos también salen las carcajadas más sonoras. En plena revelación de su adulterio, Ana y Carlos revelan que quieren que todos festejen su amor. En plena lucha con la muerte, Ana declara que se quiere morir riendo.

“En algún momento yo le dije a David que era una comedia triste. Suena muy estúpido porque uno no va a ver una comedia triste. Pero es muy raro lo que pasa en la obra, cómo se mezclan los personajes y las sensaciones de cada quien”, dice Ávila de todo el montaje.

El montaje de La casa limpia es una coproducción de Teatro Abya Yala y la Compañía Nacional de Teatro. La puesta tendrá funciones en el Teatro 1887 hasta el 19 de marzo. Las funciones serán de jueves a domingo a las 8 p. m. Las entradas cuestan ¢5.000.