Por: Víctor Hurtado Oviedo 10 mayo, 2015

¿En qué piensan las moscas, que el tiempo se les va volando? Claro, podemos criticarlas, pero eso de ser mosca no es fácil, y la prueba es que aún nadie lo ha sido. Es verdad: hay hombres-mosca que se dedican a escalar paredes, pero esto no sorprende mucho porque el arribismo se inventó antes. El arribista es el atleta del oportunismo que corre hacia arriba.

Empero, por atavismo imaginario, ciertas analogías son posibles. Las moscas giran en busca de la miel y desaparecen cuando hay problemas; tal vez, algún día, se dediquen a la política.

La filosofía no se ha ocupado mucho de las moscas; es decir, se las ha tomado a la ligera, pero esto es un error pues ciertas moscas han ayudado a clarificar el todavía obscuro caso del tiempo.

El tiempo es un tema de la filosofía que sigue nublado.

Para la física, el espacio y el tiempo empezaron y han crecido juntos, como niños que se encontraron en el explosivo Kinder del Big Bang. Luego, el universo ha crecido, se expande; o sea, es como los ministros que siempre están de viaje. La expansión del universo prueba que, para que exista inflación, no es necesario que haya política económica. El espacio crece en el tiempo; el tiempo es la pecera en la que nada el espacio.

El paso del tiempo y la fugacidad de la vida han sido también loci (lugares) de la literatura. De tal modo, en la novela Cocorí, de Joaquín Gutiérrez, un viejo sabio resuelve una duda del niño Cocorí : vivimos y morimos en el tiempo, mas lo que importa es aprovecharlo; una vida útil pero breve es mejor que una extensa y fútil.

Ya hace mucho, según un mito, el sanguinario Aquiles prefiere vivir pocos años siempre que sean famosos, y así fue. Obviamente, si Homero se hubiera dedicado a otras cosas –el comercio de pieles iba muy bien en el Helesponto–, Aquiles se habría quedado con la vida breve y el anonimato. A veces, la eternidad no está en el personaje, sino en la poesía.

En El principito y en Cocorí , la rosa es el símbolo de la aparente fugacidad de la vida. “El tiempo que pasaste con tu rosa es lo que la hace importante”, le dice el zorro al principito; id est , nos encontramos en la gente y en las cosas que hemos amado. Sí, podemos perderlas, pero nos han enriquecido, de modo que el negocio de la vida ha resultado muy bueno.

De las moscas, una, ínfima, es la Drosophila melanogaster (= la amante del rocío y de vientre negro). Es la mosca del vino y de la fruta, así que parece un microepodo del gozoso Horacio, de cuando Roma saboreaba días de invasión a otros: días de vino y rosas.

Aunque sufra crisis de identidad, la Drosophila es una mosca que sirve de conejillo de Indias. Así, Thomas Morgan le aplicó rayos X y probó que los genes residen en los cromosomas. Seymour Benzer y Ron Konopka le alteraron otros genes, le cambiaron el “reloj biológico” y probaron que este tiene base genética. La Drosophila también es de vida breve: no solo la rosa enseña verdades.

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