Por: Víctor Hurtado Oviedo 1 marzo, 2015
Esopo según una ilustración medieval. Wikicommons.
Esopo según una ilustración medieval. Wikicommons.

El mouse es el superhéroe del ratón. Por supuesto, este avance de la tecnociencia solo fue posible en el siglo XX, “problemático y febril”, cual diagnostica un tango. Ya que nos hemos salido del tema, aprovechemos la coyuntura para manifestar que es bueno hacer caso de las letras de los tangos pues son como las tragedias griegas, pero con la ventaja de que duran solo cuatro minutos. Además, los tangos son tragedias que se bailan, lo que –por definición– las hace más llevaderas.

Hasta que llegaron aquellos tiempos –los del siglo XX–, junto a su entrega a la degustación del queso, los ratones habían trabajado mayormente en las fábulas de Esopo para enseñar, a los seres humanos, los horrendos castigos que nos caerán encima cuando nos arrastre la locura de una ambición desmedida; es decir, cuando deseemos lo que otros tienen.

Fue fantasiosa fábula famosa la del león y el ratón: este roe una red que ha atrapado al rey de la selva, y el poderoso queda en deuda con el débil. La útil moraleja es doble: 1) no despreciemos a los débiles; 2) en tiempos de Esopo no se había inventado la geopolítica.

En las culturas ánglicas se habla de la rat race (carrera de ratas) para designar la competencia enloquecida por conseguir una alta posición cual si fuera el último queso. Felizmente, esto solo ocurre en las culturas ánglicas: nosotros preferimos los tamales.

Los ratones, las ratas y los conejos son roedores que, a su pesar, ayudan en la investigación científica; pero ¿estarán acaso todos los científicos exentos de ambiciones desquiciadas? No, aunque un investigador científico nos parezca tan neutral como un árbitro suizo en un partido de la antigua Asiria contra las islas Molucas.

Algo nos cuenta el gran inmunólogo británico Peter Medawar, premio Nobel de Medicina de 1960, en su libro La amenaza y la gloria (cap. VIII). Sir Peter recuerda la estafa cometida en 1974 por el dermatólogo William Summerlin en un laboratorio de investigación neoyorquino.

Summerlin pretendía transplantar exitosamente trozos de piel entre conejos que no eran parientes. Al parecer, lo consiguió en algunos casos, pero, como no pudo repetirlo, pintó un conejo con tinta que semejase un “trasplante” y lo presentó ante un consejo científico. Pronto se descubrió la estafa, y Summerlin partió hacia un manicomio.

Son pocos los casos de estafas cometidas por científicos; como fuere, siempre se las descubre pues la comunidad científica aplica el escepticismo organizado , definido por el gran sociólogo estadounidense Robert K. Merton.

Summerlin cometió un delito moral: dañó la confianza de la gente en la única forma de alcanzar verdades: la ciencia. Puso “el saber al servicio de la ignorancia”, como escribe el físico-filósofo Mario Bunge ( Ética, ciencia y técnica, cap. V ). La mentira tiene patas cortas; los ratones las tienen más breves, pero nunca harían cualquier cosa por un queso.