Célebre cantante. Alfredo Arnoldo Cocozza (1921-1959), tenor de Filadelfia, conquistó el cine y el canto lírico con una enorme pasión

 26 marzo
En los años 50. Una imagen de 1956. Mario Lanza en el papel de Otello, en la ópera homónima de Giuseppe Verdi.
En los años 50. Una imagen de 1956. Mario Lanza en el papel de Otello, en la ópera homónima de Giuseppe Verdi.

Quien esto escribe vio la luz del mundo cuando en San José se exhibía The Great Caruso , filme de 1951 que lanzó a la fama a un joven estadounidense, de orígenes italianos, y de nombre Mario Lanza. Contaba mi madre que, encontrándose en avanzada espera maternal, pidió a mi padre que la llevara al cine a ver aquella película de la que todo el mundo hablaba. Al regreso, caminando por las vecindades del puente de los Incurables, escuchó un raro sonido que venía de su vientre y que semejaba a un niño cantando una monodia simple y tierna. El miedo fue su primera reacción, ante lo que pudo ser una graciosa imitación, o un sollozo prematuro.

Al repetirse el episodio, instantes más tarde, mi madre rompió en llanto: “Este niño va a ser cantante de ópera”, dijo a mi padre. Pero la prudencia paterna pudo más: “Te llegó muy adentro la película”, fue la escéptica respuesta del progenitor.

Sea cierta o no la anécdota, y aceptando en ella un quantum sufficit de maternal exageración, la historia se asentó en la familia a la manera de una leyenda urbana. Se bromeaba con ella, se hacían juegos de palabras con el nombre del artista y, en un inocente coro, cantábamos: “¡Mario Lanza lanza la lanza!”.

¿Quién fue Mario Lanza?

Acaso las nuevas generaciones de cantantes soslayen olímpicamente al ítalo descendiente que triunfó en Hollywood, aunque no necesariamente en el mundo de la ópera. La discografía del tenor de Filadelfia fue inalcanzable durante la década de los años 50; pero Mario Lanza fue más allá: de los grandes tenores que sucumbieron a la tentación cinematográfica, Alfredo Kraus fue quien llenó las pantallas con su filme sobre Julián Gayarre, mítico tenor español, o con la sensiblera historia de El vagabundo y la estrella .

No obstante, Lanza tenía más magia para el cinematógrafo y superó ampliamente al tenor canario, tanto en filmografía como en respuesta del público. No era un buen actor, y me parece que era consciente de ello, pero cantaba con la pasión que su madre –de soltera, María Lanza– le había transmitido.

El apellido paterno del artista era Cocozza, pero, al iniciar su carrera, optó por utilizar artísticamente el nombre familiar materno. Al concluir el crudo episodio bélico de la Segunda Guerra –con las compañías de ópera en la quiebra y muchos teatros en la ruina–, su carrera tomó un insospechado impulso. Contribuyó a este el contrato que le ofreciera Louis B. Mayer (fundador de la MGM o Metro-Goldwyn-Mayer), luego de un concierto del tenor en el Hollywood Bowl, dirigido por el inmortal Eugene Ormandy.

Las primeras películas de Lanza gozaron de un éxito imprevisible. El hecho de interpretar inmortales canciones en inglés fue un indudable aliciente para el comportamiento taquillero de sus filmes. Midnight Kiss –historia de una compañía itinerante de ópera–, sirvió de pretexto para amalgamar la magia de Ethel Barrymore con la espléndida voz de Lanza. Lo siguió The Toast of New Orleans ( Las redes del amor ), que resume la simple historia de Suzette Micheline, una famosa cantante de ópera, que conoce a Pepe Abellard Duvalle, pescador con una voz de privilegio.

La hora del gran Caruso

Hacia 1951, Mario Lanza era un nombre célebre en los fastos del cine. Acaso el reconocimiento tardaba en llegar dentro del ambiente operístico, probablemente a causa de la escasa exposición del artista a la inmediatez de los escenarios. En todo caso, esta no le resultaba indispensable, puesto que el contrato con MGM y la venta de sus discos lo hacían un hombre solvente. Temas como With a Song in My Heart , Because , Arrivederci Roma o Be My Love , fueron sucesivamente éxitos de la voz de Lanza, sin contar los muchos títulos que difundió nuevamente a la palestra musical, y entre los que se puede citar la inolvidable versión de la Indian Song , de Nikolái Rimski-Korsakov.

La versión biográfica sobre Enrico Caruso aportó ciertamente un rumbo novelesco al célebre tenor napolitano.

El guion fue pródigo en elipsis y acronías, que modificaron el correcto discurrir histórico, pues –además de homenajear al genial cantante–, la producción quiso mostrar todas las posibilidades técnicas de su artista exclusivo, más allá de la duda.

Una triste serenata y una polémica muerte

El encuentro de Lanza con la vedette española Sarita Montiel, de intensa y gitana belleza, tuvo todas las evocaciones de un desencuentro. En 1956, ambos filmaron la cinta Serenade (Dos pasiones y un amor ), en asocio con Joan Fontaine y Vincent Price. El encuentro entre dos artistas tan disímiles no impidió a la Montiel intimar con el cantante y conceptuarlo como un individuo inseguro que llevaba a cuestas una enorme tristeza interior. Fue quizás esa dulce melancolía el motor de su apasionado arte, que brillaba no solamente por la belleza vocal, sino por la pasión que lo animaba.

Pocos días antes de su muerte, a la temprana edad de treinta y ocho años, Mario Lanza exteriorizaba su personal exultación a varios amigos. Había obtenido varios contratos que le permitirían dejar paulatinamente el mundo del cine (con el que tenía problemas por su tendencia a engordar), y adentrarse en los escenarios operísticos, obviamente más permisivos en cuanto a su apariencia.

La Ópera de Roma lo había contratado para cantar I Pagliacci y la Tosca , esta última con el concurso de la inmortal Renata Tebaldi.

Lanza, que se había hecho internar en la Clínica Valle Giulia de Roma, experimentaba un tratamiento para bajar de peso mediante inyecciones. Sin una explicación coherente de su muerte, la leyenda atestiguó la intervención de la tristemente célebre Cosa Nostra, cuyo capo Lucky Luciano no podía perdonar una negativa del cantante para participar en un evento en Nápoles.

Según algunas versiones aisladas, la muerte del tenor fue perpetrada mediante la inyección de aire en la vena, lo que produjo su muerte instantánea. Las versiones oficiales, empero, distaron mucho de la anterior.

Nemo propheta in tempi

Existe una opinión sobre la voz de Lanza, que se atribuye a Arturo Toscanini. De forma independiente a su credibilidad, se dice que el irascible director –el más grande de la centuria–, manifestó que “una voz como la de Lanza surge una vez cada 100 años”. Su criterio fue homologado por la propia Maria Callas, el inmortal Tito Schipa y el soberbio barítono canadiense George London.

Afortunadamente para la memoria lírica, el mito de Mario Lanza resurgió en los años 80, a partir de la iniciativa de varios tenores, entre ellos Plácido Domingo y José Carreras, quienes confesaron haber visto despertar su amor por la lírica a través de los filmes del italoestadounidense. Para reconstruir su leyenda ya no importaron los dramas personales, ni la dulce tristeza que lo hacía cantar en dimensiones abstraídas de lo humano. Pese a todo –diríamos entonces–, su vida valió la pena.