El escritor salvadoreño, de 59 años, conversa acerca de algunas claves de su literatura, su relación con su país y su visión del mundo.

Por: Doriam Díaz 3 septiembre
 A Horacio Castellanos Moya lo atrae la nueva generación de narradores jóvenes en la literatura de Centroamérica.
A Horacio Castellanos Moya lo atrae la nueva generación de narradores jóvenes en la literatura de Centroamérica.

A Horacio Castellanos Moya insistimos en etiquetarlo como un escritor de la posguerra en Centroamérica, como aquel que revela y hurga en la violencia, que muestra en su obra “la estética del cinismo”, que desenmascara la impunidad. Claro, hay algo de esto, pero es insuficiente para entender su obra. Este escritor de 59 años tiene más de tres décadas de explorar las pulsiones humanas por medio de su propia marca de Caín: un empecinamiento por su país, El Salvador.

Este destacado autor salvadoreño, nacido en Honduras, es uno de los invitados de la Feria Internacional del Libro y estará a cargo de la conferencia de clausura este domingo.

Esta conversación arroja algunas luces sobre su literatura, su visión de El Salvador y el mundo, su proceso y sus obsesiones y conceptos.

–Usted dijo que escribe desde la rabia. ¿Sigue escribiendo desde esa emoción? ¿Qué la impulsa en la actualidad?

–Uno de los impulsos es cierta rabia hacia el mundo, hacia mí mismo, hacia el hecho de ser un miembro de la especie humana abandonada en el universo; es rabia en todos los niveles… La rabia es una emoción que por sí misma no genera literatura, debe estar acompañada de otra serie de emociones. En mi caso, las que han generado varios de los libros y mi trabajo han sido las cosas que más me han afectado más profundamente, percepciones que han herido mi aparato psíquico y emocional…

”Es una serie de factores, de emociones, que va conformando al ser humano, va haciendo como un pozo, que es donde se está fermentando la literatura. Esto le sucede a uno y, a partir de esto, salen historias, salen ficciones. El hecho de tener una experiencia tampoco es suficiente para escribir un relato. Yo, sobre todo, necesito tiempo para escribir, que pase el tiempo; me refiero al tiempo de fermentación, de añejamiento de todo lo que está en el pozo.

”Por ejemplo, el terror es una emoción muy fuerte. Recuerdo el terror del que fui testigo en San Salvador, durante unos meses en 1980, cuando comenzaba la guerra civil. Pero a mí me tomó exactamente 30 años escribir una novela de eso. Lo viví en 1980 y está más reflejado en una novela que titula La serpiente y el luchador (2011). Los procesos de fermentación, añejamiento, de las experiencias personales y de cómo se convierten en historias no están dentro de la voluntad del escritor . Esta voluntad trabaja de distinta manera; de pronto empiezan a asomar, a salir, comienza uno a sentir que esa historia toma forma, que hay personajes que pueden encarnar historias que tienen lugar en esas situaciones ”.

–La literatura ayuda a a exorcizar esos temas que se han ido fermentando en ese pozo…

–Sí, la literatura tiene mucho de exorcismo para el autor, una especie de catarsis porque uno queda libre de algo que le estaba pisando dentro, de algo de lo que uno no tiene mucha consciencia. Hay cosas que son muy evidentes sobre las cuales uno se propone escribir y no lo hace porque quizá son demasiado evidentes. En mi caso funciona mucho lo de que las experiencias se van convirtiendo en historias en el inconsciente.

–¿Qué pasa después con ese recuerdo, esa emoción que desencadenó la novela?

-Queda allí. Uno se libera de la necesidad de tener que expresarlo, pero eso no significa que uno se libere de lo que causó en la mente de uno. Nada más ya no lo tiene trabajo trabado entre pecho y espalda; ha logrado salir. Sin embargo, uno no se deshace de sus consecuencias.

–Conceptos como violencia, terror, crueldad, desarraigo, odio y nostalgia son constantes en su trabajo, dejan huella en su literatura. ¿Cómo lo han marcado a usted y a sus ficciones?

–He llevado una vida muy particular. Me fui de El Salvador muy joven, cuando apenas comenzaba la guerra civil; regresé y estuve unos años, luego me volví a ir en 1997 y ya tengo 20 años de vivir fuera. Voy (a El Salvador) , visito a los amigos, pero tengo una sensación de desarraigo acumulado; entonces, eso ha marcado mi literatura.

” La violencia y los otros conceptos que menciona alrededor también han dejado huella. ¿Por qué? Crecí en una sociedad que estaba marcada por la violencia, las reacciones extremas ante los conflictos, y sigue marcada por ello. La guerra solo sirvió para cambiar la violencia política por la violencia criminal. Entonces, es inevitable que una literatura escrita por alguien que viene de esa atmósfera, de ese ambiente, no esté marcado por estos conceptos”.

–A diferencia de otros autores, en sus libros hay mucha violencia, pero usted no se regodea en ella, sino que surge de otras motivaciones, tal de las imposibilidades del mundo que le tocó vivir y de la paz…

–No me interesa la violencia como violencia en sí ni los conflictos sociales como conflictos sociales. Lo que me interesa es, a través de mi personaje, ir a la historia y a sucesos que le acaecen a ese personaje y tratar de profundizar lo más posible en la condición humana. Regodearse en la violencia o en alguna emoción, simplemente por el efecto que pueda causar, no es algo que me interese. Mis personajes viven en situaciones o en contextos donde hay un paisaje de violencia fuerte ; ellos viven las pasiones humanas como cualquier otra persona . La literatura está hecha de las pasiones humanas; son los celos, la ambición, el odio lo que lleva a la violencia, pero la violencia en sí misma es efecto siempre de algo.

–Para usted, ser realista es tener una visión bastante pesimista de la realidad. ¿A esto se debe ese tono desencantado que encuentra uno en sus textos?

–La literatura la escribo desde la infelicidad. El ser humano tiene momentos de felicidad, de realización y tiene momentos, que son la mayoría, de infelicidad, de insatisfacción, de sufrimiento; entonces, en mi caso, la literatura sale de lo que tiene que ver con el dolor, la inconformidad, la falta de equilibrio y no de esos momentos felices que se viven, pero no me permiten generar historias. Desde ese punto de vista, sí hay una visión pesimista y, en términos generales, se puede decir que yo tengo una visión un poco pesimista del género humano, de lo que pasa en el planeta, y más de lo que pasa en nuestros países y más, más, más de lo que ocurre en El Salvador. Es una visión que expresa una tristeza también, así como una sensación de que no hay salida para esto.

–Y el odio no acaba, sigue constante con otras caretas. ¿Cómo lo percibe en Estados Unidos, su residencia actual?

-Las pasiones del ser humano son las mismas; cambia la ciencia, cambia la tecnología, pero los celos que sentía un griego de la época de los trágicos son los mismos celos que puede sentir un contemporáneo. Igual pasa con los odios raciales o nacionalismos. No veo la novedad. La gran ilusión del ser humano es que con el mejoramiento del conocimiento, relacionado con la ciencia, la tecnología y el manejo de los materiales, es mejor internamente; eso yo no lo comparto. Internamente, somos parecidos a nuestros antepasados. El odio racial siempre ha existido, pero hay momentos en que se convierte en una bandera y hay momentos en que pasa por abajo; sin embargo, no es que el ser humano lo haya perdido o superado porque, de pronto, vuelve a surgir. Hay una cosa que no cambia: ¿cuántos siglos tenemos sobre este planeta y en lo que estamos casi siempre es en la guerra?

–Sus novelas son sumamente políticas. ¿Cuál es su visión sobre la política?

–Mis novelas tienen un trasfondo político, en el sentido de que suceden en coyunturas políticas, en países donde la política tiene mucha intensidad como El Salvador, Guatemala, México y, a veces, Honduras. Sin embargo, no son novelas políticas. La política es parte de la vida cotidiana de los personajes y determina muchos de sus movimientos.

”La política es tan vieja como el ser humano; no nos podemos pelear con la política. A veces tenemos más consciencia de ella, a veces hay gente que participa en ella; algunos la vemos desde el ruedo, desde gradería; algunas ocasiones se hace desde una visión de mundo en que rigen valores de servicio, de altruismo. Y hay momentos, como el que vivimos ahora, en que la política se hace desde la corrupción y desde el crimen, sin importar las ideologías; privan son los intereses particulares y el afán de robo y de lucro”.

”Personajes como el de mi última novela, El sueño del retorno, en que la política lo ha determinado, lo ha vuelto un manojo de nervios, pero, al mismo tiempo, él tiene una idea crítica de ella o el personaje de Insensatez que dice que no le interesa la política y está haciendo un informe de derechos humanos nada más por el dinero. Usualmente, estos personajes son víctimas de un ambiente más grande que los determina”.

–Es apátrida y su literatura se instala en el territorio de la memoria, donde ha logrado no repetirse. ¿Cómo evoluciona una literatura anclada en la memoria? ¿Cómo volver de otra forma estos temas?

–A mí me fastidia repetirme. Una de los aspectos que puede ayudar a explicar lo que usted dice es que yo solo escribo por necesidad, no me impongo un tema, sino que es una necesidad, algo que se va formando dentro de mí. Por eso, la producción de mis novelas es tan irregular: pueden salir varias juntas y pueden pasar varios años en que nada sale.

”Con los personaje pasa de igual manera; tengo un ciclo sobre la familia Aragón, pero es muy caprichoso. No puedo garantizar que voy a escribir sobre eso. De pronto es como que algo se me enciende: veo un personaje y una historia que está allí, no la he desarrollado y me lanzo a ello; además, encuentro la voz para contarlo.

”El territorio de la memoria es como el coto privado del escritor, es un gran baúl del que uno va sacando cosas que están allí. No creo que suceda escribir sobre la corrupción en la izquierda, una mara o algo así porque los tiempos de maduración me llevaran rato; si logro entrar en ese mundo e imaginarme ese mundo, me llevará tiempo. A veces la repetición tiene que ver con un escritor que tiene un programa y, allí, se nota lo que va repitiendo. No tengo un programa; me siento bastante libre”.

–¿Sigue siendo la memoria una tirana implacable, como decía uno de sus personajes?

–Hay personajes que hacen esas críticas sobre la memoria porque nos pesa tanto. Sin embargo, en mi última novela (El sueño del retorno), el personaje empieza a dudar de su memoria; tenemos una situación en que la memoria es tiránica, pero, al mismo tiempo, es una construcción. Hay partes de nuestra memoria que son falsas, que son producto de la repetición, de la insistencia en un recuerdo que ni siquiera es nuestro…

–Sus personajes son contradictorios; no son blanco o negro, sino que transitan por los grises...

–Sí y eso no solo es válido para los personajes. El ser humano es un animal muy complejo; no es bueno o malo: es las dos cosas, y depende de las circunstancias, de la educación, de las condiciones precisas en las que se mueve para que ciertas actitudes prevalezcan sobre otras. Me gusta explorar ese terreno de las contradicciones. El ser humano es esencialmente contradictorio: odiamos lo que amamos y amamos lo que odiamos. Nuestra vida es un permanente tratar de solucionar esas contradicciones y tratar de imponer un lado de nuestro ser sobre el lado más oscuro.

”Mis personajes responden a esa idea del mundo, aunque ellos no lo sepan. Los personajes creen que ellos no son contradictorios; creen que son totalmente coherentes”.

–Ha descrito que cuando vuelve a casa afronta un mundo diferente desconocido, difícil de codificar. ¿Qué pasa cuando regresa a El Salvador?

–Los países y las realidades se mueven con mucha velocidad. Es importante para un escritor tener alguna claridad acerca de qué es lo inmanente, lo permanente, y qué es lo que cambia. Por ejemplo, cuando vuelva a El Salvador desde hace varios años si hay un terreno que me desencanta absolutamente, que me produce tristeza, es el de lo político porque siento que el país dejó pasar la oportunidad de la paz, del fin de la guerra, y la clase política se convirtió en una cosa muy cutre. En mi juventud todavía había una ilusión sobre la mejoría del país; ahora yo creo que no.

”Otra cosa que me sorprende es el hecho de que la única salida que queda para el país es viajar, caminar, hacia al norte. Es un país que no puede hacerse cargo de su población, y eso es algo muy triste. Es un país que expulsa a su población porque no puede hacerse cargo de ella; es un país que mata a su población: ahora son las pandillas, antes fue la guerra.

–Fuera de El Salvador ha sido un tratamundos que ha hecho varias largas estancias. ¿Qué le ha dejado esto a usted y a su obra?

–No tengo mucha consciencia sobre qué le ha hecho a mi obra. Siempre repito algo que se considera un cliché: vivir fuera del país de uno le da uno perspectiva y la posibilidad de tratar los temas con mayor distancia, con mayor globalidad. ”No soy muy consciente de cómo se mete eso en mi literatura, sé como se mete en mi vida y en mi idea del mundo. El conocimiento de otros continentes, de otras realidades, de otras sociedad, me permite tener un mayor conocimiento del ser humano en el planeta”.

–Cuaderno de Tokio es una serie de apuntes sobre su experiencia en Japón. ¿Qué deja para ese tipo de textos? ¿Qué encontraremos en su cajón?

–Cada experiencia puede generar un material literario distinto. La distancia que yo sentí entre la cultura latinoamericana y la japonesa fue muy grande, así que mi extrañeza y asombro fue mucho. Durante los seis meses que yo viví en Japón yo no escribí ficción, sino que escribí apuntes y un ensayo largo sobre el autor Kenzaburo Oé. ”En mi caso, las tres vertientes en las que me muevo son: una vertiente dominante, que es donde está mi obra casi en su totalidad, que es la ficción (la narrativa); las otras son los ensayos, que salen con menos regularidad y responden a otras condiciones –muchas veces a solicitudes o estímulos externos–, y los apuntes como ese Cuaderno de Tokio. No tengo muchos, tendré otros cuadernitos por allí, pero ni siquiera responde al concepto de diario, que es mucho más anecdótico. Son apuntes que uno va tomando de la vida, de lo que le pasa, de lo que se imagina...”

–Usted dijo que Japón tiene una relación diferente con el silencio. ¿Cuál es su relación con el silencio?

–Para mi el silencio es una aspiración, pero como toda aspiración es algo a lo que no he llegado. Es una aspiración en el sentido de querer la suficiente quietud en la mente, que permita un cierto vacío para percibir al mundo de una manera un poco distinta. En nuestros tiempos lo que carece el mundo actual es de silencio. Entre más tecnología tenemos, hay menos silencio. Ahora no podemos estar sin las pantallas. ”Aspiro al silencio interno, al de adentro, al que me permita otro grado de comprensión sobre la vida. No obstante, a mí mi mente no me deja en paz”.

–¿En qué trabaja actualmente?

–Acabé una novela de la que no puedo hablar.

–Tras décadas de dar rienda a la pulsión de escribir, ¿cómo ha cambiado como escritor?

–Otro lugar común que se menciona es el miedo frente a la página en blanco –o el comenzar siempre de cero–, yo lo sigo teniendo, como con todos los libros anteriores. No sé si estoy comenzando un libro o estoy en un intento infructuoso. La emoción inicial no cambia, como tampoco la de llevar 20 páginas y descubrir que es falso o, al contrario, darse cuenta de que “aquí voy en la senda”. Lo que uno gana después de tantos libros es el manejo de la técnica, un impulso más firme para la corrección, para detectar dónde están las cosas que sobran, para quitar las frases que no suenan y hacen bulto. Están las dos caras: con cada nuevo libro, yo me siento como si fuera un principiante en cuanto a las incertidumbres de si la historia va a funcionar, si la voz es la correcta; por otro lado están las certidumbres en cuanto a el manejo del oficio que uno va afinándolo: afina el oído, el pulso, la vista.

–La oralidad es muy importante en su obra y se ha definido como un escritor auditivo; de hecho, ha logrado consolidar una voz...

–Sí, en ese sentido es una literatura que está más cercana a la música que a la pintura. El escritor que tiene más desarrollado el sentido de la vista hace una literatura más cercana a la pintura, con más descripciones, más atmósferas. A los escritores que estamos más cercanos a la música, al sentido del oído, nos preocupa mucho más el ritmo, la melodía, que se expresan en la voz narrativa. Tiene que haber una música, una velocidad, una pulsación. La magia de la creación es construir esa voz; no siempre se logra. He tenido muchas circunstancias en que he tenido historias estupendas, personajes, una trama que me parece buena, pero una vez que me siento y quiero hablar en tercera persona o en la voz de alguno de los personajes se me derrumba porque no logro el tono. Quizá eso está relacionado con el hecho de que no me sale de adentro, no toca una cuerda interna mía.

–Escribe a tiendas. Al volver a ver atrás y analizar el conjunto de su obra, ¿qué luces nota?

–Para mí es muy difícil hablar de las luces en mi obra. Hay escritores que dicen: ‘yo nunca vuelvo a leer mi obra’, pues yo sí porque hay traducciones y me escriben los traductores que que quiero decir con esto, que qué quiero decir con aquello; entonces, vuelvo al libro. Es un ejercicio que no es muy grato porque una vez que ya uno lo publicó, ya salió del libro, siente que después de que ya ha ha logrado sacar la piedra, volver a ella, pues no. ”Lo que yo veo en lo que he producido en ficción –y también en ensayo– es un empecinamiento con el país. Es decir, los seres humanos somos hijos de nuestras circunstancias; que yo creciera, me formara e hiciera mi vida en El Salvador tuvo que ser muy importante para que yo haya construido esta obra siempre refiriéndome a ello; tuvo que haberme marcado muchísimo. Viví 13 años en México, llevo 10 años en Estados Unidos, he vivido en Alemania y en todos lados, e incluso las novelas que transcurren en México son salvadoreñas. Entonces, lo que veo es la marca de Caín”.

–¿En qué tipo de sobreviviente se ha convertido?

–En lo único que me he convertido es en un viejo. Soy un sobreviviente que mira al mundo con asombro y espanto. Siempre me llamará la atención la belleza del mundo, que es impresionante, pero también me sorprende la capacidad de destrucción del mundo. Con las noticias tan malas que hay en todo lado, lo único que me relaja es ver documentales de la naturaleza.

¿Quién es?

Horacio Castellanos Moya es una de las voces más importantes de la literatura latinoamericana. Este salvadoreño ha escrito 11 novelas, gran cantidad de cuentos, algunos ensayos, así como un cuaderno de apuntes sobre Tokio. Entre sus novelas se destacan El asco (1997), una incisiva crítica a El Salvador; Insensatez (2004), en que se evidencia la violencia y horror en Centroamérica, y El sueño del retorno (2013), acerca la complejidad del ser humano, el dolor y la capacidad para sobreponerse al pasado.

En el cierre de la Feria del Libro

-Conversatorio con Horacio Castellanos Moya (Honduras / El Salvador) sobre el poder de la literatura. Estará el autor y presenta Alexandra Ortiz Wallner. Hoy, domingo 3, a las 3 p. m. en la Casa del Cuño.

-Clausura de la Feria Internacional del Libro de Costa Rica. Acto protocolario y una conversación con Horacio Castellanos Moya. Hoy, a las 5 p. m., en el Teatro de la Aduana.