Luis Fernando Gómez tiene 45 años y es ingeniero industrial. Consume libros por montones, ya que la lectura le da libertad y le ayuda a tomar distancia de la inmediatez de los hechos

 10 abril, 2016
"Hoy estoy más preocupado por la suerte de Ana Karenina que por lo que termine pasando en Liberación o el nuevo edificio de la Asamblea" Luis Fernando Gómez.

Voy a empezar descubriendo el agua caliente. Y es que no encuentro diferencia vital entre alguien leyendo en el parque, encerando el carro o corriendo un domingo por la mañana . En los tres escenarios hay ensimismamiento, placer y hasta obsesión. En mi caso leo porque ya no puedo bailar, al menos como lo hacía cuando tenía 15 y andaba con una grabadora en el hombro y cartones en el sobaco. La libertad que experimentaba entonces y la sensación de estar en algo, ahora me las transmite el lenguaje.

Hoy estoy más preocupado por la suerte de Ana Karenina que por lo que termine pasando en Liberación o el nuevo edificio de la Asamblea. Mientras que el exceso de realidad no sea declarada una patología por la OMS, necesitaremos de la literatura para filtrarla y tomar distancia de la inmediatez de los hechos. Lo que salga después dependerá de dónde hayamos puesto la mirada.

Nunca he leído por obligación. Por obligación hago las cosas que me impiden leer: lavar platos, nadar y, recientemente, escribir. Para qué añadir más caos al caos, dice el protagonista al final de la película 8 ½, de Fellini.

Marcos Ramírez , de Calufa, fue quizá el primer libro que me despertó algo. La posibilidad de vivir dos vidas, la mía y la de Marcos. Las travesuras que se merecía esa sociedad criolla y estrecha. Con El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios , de Rodolfo Arias, se reforzó una identidad a través de la forma. Toda esa horda de camaradas estándar que depositan la esperanza en una elección sindical. Ate vos. Y Tertu en su retahíla de plaza pública. No, si es para cambiarlo por el Ave María de las mañanas.

A Yolanda Oreamuno le debo terminar con un vegetarianismo extremo de año y medio. Me encontraba un domingo por la mañana de las fiestas patronales, en el parque de Ciudad Colón leyendo La ruta de su evasión cuando uno de los personajes comienza una diatriba contra su hermano mayor por el régimen alimentario que este quería implantar en la casa. Le reclamaba que por qué tenía que separar hasta dos horas el pan de la naranja; la fécula del ácido, y no simplemente ser un individuo normal que pueda comerse las dos cosas juntas. Antes, otro hermano le había dicho: para qué ese cuerpo, que tal vez no pueda ser abatido por un golpe, pero sí por un sándwich. Cerré el libro y me desayuné un vigorón.

Yolanda era consciente de que el principio de la salud es comer con apetito. Y puso su belleza como testigo.

Después del espanto que nos dejó un programa televisivo por tratar roles de la mujer, llegué al convencimiento de que nada de esto habría pasado si tuviéramos 50 años de estar leyendo Casa de muñecas , de Ibsen.

La última Premio Nobel, Svetlana Alexiévich, fue una sorpresa. Primero, porque no la conocía. Segundo, ¿cómo era posible? Esa forma casi inadjetivada de narrar, (como un cuento de Carver) el dolor más atroz de madres, esposas, hijas, en una época nada distante, da la sensación de que algo de lo que creíamos estar hechos, se perdió. Ahí, el periodismo y la fotografía tienen cátedra.

No fue mi intención abrir y cerrar con rusos.