Por: Víctor Hurtado Oviedo 1 junio, 2014

Uno sabe que está completamente solo cuando lo abandonan hasta sus enemigos. Uno entiende que ya no existe cuando ni el correo spam se acuerda de él. Es muy desalentador eso de abrir el correo y no hallar ni sensacionales ofertas para invertir los ahorros propios más los de nuestra familia más las monedas de los rosados chanchitos de nuestros nietos en el Banco Nacional de Inversiones Consolidadas del Imperio Austrohúngaro, Inc.

magen mural de un dios de la cultura moche o mochica (Perú).
magen mural de un dios de la cultura moche o mochica (Perú).

Cuando ya no existimos, solamente nos queda ponernos a escribir nuestras memorias, que nadie leerá: ni el corrector; y esto nunca lo sabremos pues él nos retornará el texto igual a como salió de nuestras irresponsables manos; y nunca lo sabremos pues entre las demasiadas cosas que ignoramos está la ortografía, siempre más esquiva y complicada que las chicas de 1968.

Las chicas del 68 se parecían a la ortografía en que nos encontraban todos nuestros errores, mas sin mirarse en el espejo porque mirarse en el espejo era burgués.

Así, escribiremos y tal vez publicaremos nuestras memorias, que no nos sacarán del anonimato pues siempre fuimos tan insignificantes que ni siquiera entramos en él.

Comprenderemos, pues, entonces, ¡oh!, demasiado tarde –o sea, como siempre– que, cuando oíamos decir: “¿Qué significa eso?”, “eso” habíamos sido nosotros.

Nunca le perdonaremos su modestia a nuestro superyó. Fallidos en la música, nunca aprendimos a tocar las puertas de la fama . Estuvimos en el lugar erróneo en el momento equivocado, o quizá al revés, mas esto tampoco lo sabremos.

Ahora, cuando pensamos en nosotros mismos –ajenos a las mínimas distracciones de la nada–, descubrimos que sabíamos tan pocas cosas, que la patria se perdió, en nosotros, a los más enterados ministros de Información.

“Los bienes y las glorias de la vida / o nunca llegan o nos llegan tarde”, escribió el poeta modernista Manuel González Prada hace más de cien años, y tal, su desestimulante aserto, puede encajar en héroes y en superhéroes de todas las épocas y todos los lugares. Ignoramos cuáles fueron los héroes de la mayoría de las sociedades pues fueron ágrafas, y sus voces, que fueron aire, retornaron al viento.

¿Quiénes fueron las heroínas y los héroes en la guerra o en la paz de los pueblos mochicas, huetares o caribes antes de que las piedras volantes de las letras llegasen a América para construirnos la memoria? Existieron miles de héroes y heroínas; y, así, en todo el mundo.

Algunos personajes se salvaron del olvido por el mejor negocio de sus vidas y sus muertes: tornarse dioses. El dios es el superyó del superyó de los héroes. Algunos son perfectos, pero otros permanecen aún defectuosamente humanos (el Olimpo es un mentidero impresentable). Solo la literatura los mantiene vivos, humanos, demasiado humanos, cual dijo alguien que hizo mejor literatura que filosofía.

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