Por: Víctor Hurtado Oviedo 29 marzo, 2015

Don Lee van Cleef fue tan buen actor de cine que hasta quienes lo veían por primera vez, juraban que había estado mejor que nunca. Lee fue el malo más elegante y deletéreo del cine del Oeste, y demostró así que había que ser muy bueno para ser tan malo. En otras palabras, Lee van Cleef fue el malo que todo lo hizo bien; fue el malo par excellence –cual decimos en español quienes hemos copiado esa frase del francés–. Un día, para aclamarlo, lo esperamos fuera del teatro donde lo habíamos visto en una película, hasta que alguien nos explicó qué es el cine.

Van Cleef dejó plateas de admiradores en el público y cementerios de muertos en la pantalla, pero, en la vida real –id est, el cine que nos pasan gratis y que también tiene sus rollos–, Lee era tan buena persona que no mataba una mosca ni en el trópico. Lee tenía el revólver hablador y los ojos tártaros. Aunque asaz facundo, su revólver solo conocía seis palabras; empero, cuando las decía, el otro se iba con pies de plomo.

El actor Lee Van Cleef (se pronuncia
El actor Lee Van Cleef (se pronuncia "Fan Cléef"), gran antihéroe del cine del Oeste (1925-1989).

Lee fue el malo de El bueno, el malo y el feo, la cinta de Sergio Leone que tornó el western spaghetti en banquete. En ella también vimos una batalla de la guerra civil estadounidense, que fue como un duelo al sol, pero con demasiada gente.

Astutos, silenciosos, los malos de Lee van Cleef fueron ángeles caídos caídos en el Lejano Oeste.

Antes de subir a la gloria de los malos, Lee fue uno de esos villanos que morían en el primer rollo; y algo de esto hubo en su papel de forajido segundón en aquella cinta fabulosamente realista que fue High Noon (o A la hora señalada, 1952), de Fred Zinnemann.

En esa cinta, Lee fue uno de los forajidos empeñados en matar al bueno, el comisario Gary Cooper, sin saber que los buenos nunca pierden (hablamos del cine).

Gary Cooper era entonces un astro de plata en la pantalla de cine –o viceversa–, y en alguna cinta de los años 40 lo había visto Rita Levi -Montalcini, gran neuróloga italiana, cuando creyó ha-llarlo en un encuentro científico en Chicago en 1949. Empero, no era Gary, sino Roger Sperry, científico que se le parecía mucho.

“Gary Cooper sueña con las praderas de su Lejano Oeste”, escribió Rita en sus memorias Elogio de la imperfección (III, 1).

Sperry estaba por entrar en su mejor momento pues demostraría que los nervios que salen de un órgano (brazo, ojo, etc.) lanzan nervios hacia puntos exactos del cerebro, previstos genéticamente, y no al azar, como había sostenido su maestro Paul Weiss.

Algunos creían entonces que la “plasticidad” del cerebro era absoluta, y que podrían modificarse la personalidad y la orientación sexual, “curarse” a los homosexuales, y dotarse de cualidades (ser músico, cirujano...) si se aplicaran ciertos métodos.

Sperry redujo aquella ilusión, hostigado por Weiss: este no perdonó a su alumno no haber sido más amigo de Platón; no obstante, Sperry ya estaba lejos, en sus praderas, con el horizonte de un Premio Nobel de 1981: como en el cine.