Franklin Chang Díaz

 8 junio, 2014

“No es la fuerza, sino la perseverancia de los altos sentimientos la que hace a los hombres superiores”. Esta sentencia de Friedrich Nietzsche podría aplicarse al dedillo a la historia del astronauta costarricense Franklin Chang Díaz, quien, en los 19 capítulos de prosa amena y sencilla de su libro Los primeros años , relata el lapso de su vida comprendido entre 1954 y 1968.

Imagen sin titulo - GN
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La clandestina escalada al tejado de una casa para contemplar en la alta noche, en compañía de su hermana María Eugenia, el firmamento estrellado de Altagracia de Orituco (Venezuela), es la pincelada con la que el autor cautiva desde el principio a los lectores.

Lo demás es un ordenado y sensible ejercicio de memoria que culmina el 23 de agosto de 1968, cuando el protagonista viaja a la ciudad de Hartford (Conneticut) con el propósito de realizar su sueño de ser astronauta.

La circunstancia de haber heredado el nombre de su hermano mayor fallecido a los dos meses de vida, el crecimiento infantil en la grata compañía y la complicidad de su hermana mayor, el nacimiento de sus hermanas menores, los años de escolaridad afectados por los constantes cambios de domicilio y de país, la convivencia con los abuelos en el vecindario de la plaza González Víquez (San José), la inicial admiración por la personalidad de su padre y la certeza del abrigo protector de su madre, son los iniciales acontecimientos que van engranando una causalidad vital en la que el universo se devela ante los ojos del niño que más tarde elegirá la dimensión de su vuelo.

Para los lectores que conocen los logros del astronauta, científico y humanista, resulta premonitoria la pormenorizada narración de las experiencias de crecimiento que tuvo en San Juan de los Morros (estado de Guárico, Venezuela).

Franklin aprendió a leer solo y con dificultad, aunque, en un vago recuerdo, la presencia de su madre se asoma a ese trascendental proceso.

De otro lado, la tranquilidad y la seguridad de ese entorno le permitieron gozar de las primeras experiencias de una libertad que es hoy inconcebible para un infante. Las aventuras imaginarias ocurridas en el patio casero colmado de árboles de mango fueron la puerta que se empezó a abrir a su sueño espacial.

La publicación de estas memorias evidencia con creces algunos rasgos particulares de la forma de ser del autor, que cobran importancia pues calzan en debida forma con la construcción real de un personaje que se ha convertido en un referente de superación en Costa Rica y que pasará a la historia por esta y otras causas.

En primer lugar, en forma a todas luces reverencial, Chang Díaz enseña gratitud y respeto por su gran familia, a la cual menciona en su totalidad. Al ingresar en ese aspecto no deja de señalar con elegancia, pero con firmeza, su rechazo a la discriminación racial, problema que lamentablemente tiene vigencia aún y que él vivió en carne propia.

De otro lado, el autor parece rendir un homenaje a la amistad, consignando el nombre completo de aquellos seres que merecieron el apelativo de amigos , no sólo propios, sino de sus hermanas y de sus padres.

Además, sin rubor y con encomiable sinceridad, Franklin Chang cuenta defectos, carencias, equivocaciones y frustraciones durante las etapas de su niñez, adolescencia y juventud.

Sin embargo, Chang no se queda en la simple mención de esas particulares confesiones inherentes a la condición humana, sino que cada una de ellas da pie a una suerte de reflexión vivencial que termina por generar, a veces pronto, a veces más tarde, las respectivas y necesarias acciones de superación.

En tal sentido, esta obra podría convertirse en lectura obligada de personas que pretenden estimular el alcance de sus ideales mediante la constancia y el esfuerzo.

Empero, no se emparienta ello a una actitud presuntuosa e impostada en el autor; más bien, en las 210 páginas se respira una sobria y pertinente humildad.

Sus vivencias de entre los cuatro y los dieciocho años están debidamente acompañadas por noticias de costumbres, hechos políticos, avances científicos y hasta temas de moda, música y actualidad.

En la última línea, los lectores sienten que Franklin Chang Díaz queda debiendo en la escritura, no por inconsistencia, sino porque se desea inmediatamente comenzar a leer una necesaria y urgente segunda parte, igual de motivadora y emocionante.