7 junio, 2015
Esta fotografía es parte de un foto-ensayo sobre la gente en Chacas
Esta fotografía es parte de un foto-ensayo sobre la gente en Chacas

Kevin Rodríguez keev.93@hotmail.com

La hospitalidad de un pueblo es el mejor regalo para la memoria de un viajero. Mi obsesión con Chacas se inició en el 2012, cuando mi abuelo materno me contó que él había nacido allí; cuando me narró cómo era la vida en el Perú.

Gracias al abuelo Lucho tomé la misión de fotografiar y grabar la vida cotidiana en Chacas para poder mostrarle como es todo ahora, 70 años después de su última visita.

Llegar a Chacas no es fácil: pocas personas conocen cuál es el recorrido que debe hacerse o cómo funciona el servicio de transporte. Desde Lima, el autobús que más se acerca a Chacas es el que llega a Huaraz, una ciudad situada a 420 km de la capital peruana.

En un par de blogs viejos encontré que en Caraz podía tomarse un único transporte a las 6:30 a. m. Dado que nadie pudo confirmar ese dato, me la jugué y salí de Lima hacia la ciudad de Huaraz a las 8 p. m., calculando que al amanecer estaría allí y tendría una hora para llegar a Caraz, que se encuentra a 67 km de distancia.

El recorrido hacia Chacas es una experiencia única: caminos retorcidos se abren paso montaña arriba; se deja a un lado el valle para adentrarse en los montes nevados de la sierra. En un bus viejo, lleno de chacasinos, a 3.499 metros sobre el nivel del mar, finalmente llegué a mi destino.

Tomé esta fotografía en febrero del 2015 en las afueras del mercado de Chacas, cuando empezaba a llover. Alguna vez escuché sobre lo mucho que llovía en el pueblo. Hace algún tiempo, viajar a Huaraz no era fácil, por lo que el comercio en Chacas era limitado. Las personas hacían sus propios productos a fin de abrigarse del frío y la lluvia.

Ahora, Chacas es una mezcla entre el comercio de importación y los productos hechos por sus artesanos locales. Los comerciantes viajan hasta Huaraz, la ciudad comercial más cercana, para adquirir productos y volver a Chacas a venderlos.

Cuando vi a esa mujer, supe qué debía retratar en la foto: lo autóctono y el sistema de comercio de los pequeños pueblos. Doña Alfonsina hizo el recorrido a Huaraz una semana antes de yo conocerla, justo para las fechas en las que las lluvias aumentan por las tardes.

El cielo nublado por la lluvia es la clave de la fotografía: no se marcan fuertes contrastes entre luz y sombra. Cuando se está en esas condiciones de luz, el trabajo se facilita: la luz es constante por periodos de al menos 15 minutos, por lo que se reduce el riesgo de tener fotografías subexpuestas o sobreexpuestas. Para tomar esta foto, utilicé un lente de 18-135 mm. Es un lente algo subestimado, pero resulta muy útil para tomar fotografías sin invadir el espacio del objeto y sin arruinar la naturalidad en dicho espacio.

Admiro al fotógrafo Steve McCurry, y aquí pueden verse marcas de dicha admiración, no solo en el estilo de fotografía: también en su edición y su colorización. Esta fotografía es parte de un foto-ensayo sobre la gente en Chacas, iniciativa que pretendo hacer más grande. Mi siguiente paso será ir a Europa oriental y retratar a su gente.