25 febrero, 2015
Una exposición en el museo Wellcome Collection en Londres acerca al público a la medicina forense.
Una exposición en el museo Wellcome Collection en Londres acerca al público a la medicina forense.

Londres

"Todo contacto deja un rastro", enseñaba Edmond Locard, uno de los padres de la medicina forense moderna, protagonista de una exposición llena de bisturís, mesas de disección y tomas de huellas en la Wellcome Collection de Londres.

La puerta de entrada está entreabierta, alguien dejó un periódico sobre el sillón. Y en un sofá, cerca de una estufa, yace un cadáver. ¿Qué pasó? ¿Quién es el asesino?

El realismo de la escena de crimen es inquietante, aunque sólo se trate de miniaturas instaladas en una gran casa de muñecas.

La maqueta realizada en los años 1940 por la estadounidense Frances Glessner Lee se utilizaba para "entrenar a los investigadores a ser más metódicos en la recolección de pruebas" y sigue sirviendo de ejemplo para la policía científica.

Esta obra está entre los cientos de objetos que se exhibirán, entre el 26 de febrero y el 21 de junio, en la Wellcome Collection, un museo londinense financiado por la Wellcome Trust, una de las principales fundaciones británicas.

Bajo el título de Medicina forense: anatomía del crimen, la exposición se propone "levantar el velo sobre las historias y los actores" de esta disciplina que cobró mucho protagonismo en los siglos XIX y XX, y que no deja de inspirar personajes de novelas y de cine.

La medicina forense siempre fascinó, asegura Lucy Shanahan, conservadora del museo, "quizá porque la gente necesita darle sentido a actos terribles" como los crímenes, hilo conductor de la exposición.

Este fragmento de un cerebro humano de una persona que se suicidó muestra los efectos y la trayectoria de la bala.
Este fragmento de un cerebro humano de una persona que se suicidó muestra los efectos y la trayectoria de la bala.

Esta comienza con un dibujo fechado en 1888, que muestra un plano de "Mitre Square", el lugar en el que Jack "El Destripador" asesinó a su cuarta víctima, Catherine Eddowes, en Londres.

Realizado por Frederick William Foster, un arquitecto contratado para la ocasión, el plano forma parte de una serie de documentos técnicos sobre el asesinato. También se puede ver el croquis de una silueta que detalla las múltiples cuchilladas que recibió la víctima en la cara, la garganta y el vientre.

Aunque la medicina legal no consiguió revelar la identidad del asesino en serie más célebre de la historia, fue decisiva 47 años después, en 1935, para desenmascarar a Buck Ruxton, culpable de asesinar a su mujer y su sirvienta. Un caso que tuvo una gran repercusión en Reino Unido.

Los visitantes pueden, por ejemplo, observar un frasquito de apenas unos centímetros donde se recogieron las larvas de mosca extraídas de los cadáveres de las víctimas de Ruxton, que permitieron fechar con precisión el día de su muerte.

La exposición sigue con una sala dedicada a la morgue, el lugar en el que "el examen post-mortem es la última oportunidad para interrogar el cuerpo del difunto", explica Shanahan, ante una larga mesa de disección en cerámica.

Más higiénica y sencilla de limpiar que los modelos anteriores de madera, estas mesas, utilizadas hasta 1944, se sustituyeron por estructuras de acero inoxidable.

La medicina forense debe mucho a los científicos que hicieron avanzar la disciplina, y la exposición le dedica un espacio importante al doctor Edmond Locard, un francés que creó el primer laboratorio europeo de policía científica en 1910.

"Superó a Sherlock Holmes", bromeaba en 1933 el Kansas City Journal-Post, en un artículo que también se puede ver en la Wellcome Collection.

La medicina forense no sólo permite detener a los criminales, sino que también ayuda a reparar errores judiciales.

La última parte de la exposición rinde homenaje, a través de una serie de fotografías sobrecogedoras, a las víctimas injustamente condenadas a las que el uso del ADN permitió declarar inocentes.